«Ferales», de Donald McLeod

3–4 minutos

​​Ferales es una colección de cuentos enmarcables en una subcategoría que podríamos denominar “fantasía de animales”, más cerca de la tradición de novelas como La colina de Watership que de El viento en los sauces (ambas reseñadas en mi recuento lector pasado). Es decir, más cerca de una especulación (odio esta palabra, la odiooo, pero creo que en este contexto es pertinente) de la siquis y destinos de las bestias, con toda su cruel otredad, que de una humanización de animalitos con ropa y maneras señoriales.

Previamente, ya había leído y reseñado el bello cuento “Lo que cuentan las nubes”, publicado originalmente como plaquette (también en el recuento pasado), que fungió como anticipo de esta antología. En efecto, casi todos los cuentos de la compilación siguen directrices similares: a través de una narración introspectiva, focalizada en una criatura diferente, y descriptiva tanto del entorno como de la comunidad animal, el autor nos presenta tragedias, desafíos y vicisitudes a las que se enfrentan estos personajes. Por supuesto, en ello media una distancia insalvable: no podemos saber en realidad cómo es el mundo interior, o la delicada estructura social, ni de una especie ni de determinado animal. Pero estos cuentos aprovechan esa brecha para explorar e imaginar, y terminan planteando existencias complicadas, ásperas, que sin embargo no están carentes de una belleza y un sentido vitales, trascendentes.

Un aspecto que me llamó la atención de estos cuentos es que curiosamente, de una u otra forma, todos presentan protagonistas descolocados de sus roles socioculturales o fatídicos. Los animales que abren el espacio de narración suelen mostrarse inseguros, insuficientes, confundidos, tristes. Con todo, se esfuerzan en calzar o en cumplir el destino que llevan encajado en su especie, con variopintos resultados.

Me ha gustado mucho ese enfoque porque, paradójicamente, me ha parecido cercano. Cuando vemos a los animales (salvajes) desde nuestra mirada antropocéntrica, los legos en zoología solemos pensar que son todos más o menos iguales, o que su instinto los lleva a actuar de las maneras esperadas. Si no logran, pues la ley del más fuerte o adaptable se impone, y la muerte viene como resultado. Pero estos otros animales, los de la ficción de Doni, no tienen certezas. ¡Como nosotros! Ese trabajo de individuación se me ha hecho bello porque es una operación de la fantasía: ayudarnos a renovar nuestro mundo primario. Así, cada animal protagonista es entrañable a su manera, por su subjetividad, sus fallos y la manera en la que intentan sobreponerse a estos.

Considerando el referente anterior, el de la obra de Richard Addams, destaco también la presencia de una visión proto mitopoética en varios cuentos. Esta busca crear, a una escala diminuta, una conciencia mitológica para las respectivas especies, lo que también ayuda a caracterizar este trabajo como una obra de fantasía. Al respecto, creo que el cuento más interesante en esa parada es el último, pues es el que más escapa de los confines formales que se habían presentado en los anteriores desde una línea narrativa mitológico-legendaria que irrumpe caóticamente en la premisa del texto. Dentro de su cualidad levemente experimental, me gustó recordar en esta lectura que las fuentes preliterarias pueden bien desmontar la prolijidad contemporánea de los estándares de un “cuento redondo”.

Con todo, este cuento cierra de manera bastante armónica una colección muy bien armada en torno a una propuesta que, si bien posee añosas tradiciones, resulta fresca de leer en el contexto de fantasía nacional.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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