Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Gran clásico de la literatura infantil inglesa, esta novela narra las aparentemente inocentes correrías de cuatro amigos animales en la zona de la Orilla del Río: el Topo, el Ratón, el Tejón y el Sapo. Cada uno de ellos posee su propia personalidad, de manera que se sugiere un equilibrio de temples y un sentido de regulación mutua cuando algunos desbordan las lindes, tanto físicas como espirituales, de la comarca que habitan. Esto se aprecia principalmente en las travesuras del Sapo, el personaje más hiperactivo, intrépido y gracioso del cuarteto, quien siempre está a merced de la locura más atractiva en captar su atención, generalmente asociada a vehículos, acciones que transgreden la ley (humana) y escapadas dramáticas. Así, aunque la novela transmite una sensación mayormente episódica, es en las progresivas aventuras del Sapo y los intentos de sus amigos por contenerlo donde la historia adopta algo parecido a un argumento.
Esta obra me ha sorprendido bastante, aunque no por las razones que cabría esperar, ni siquiera por las que yo misma elucubré antes de comenzar con la lectura. Desde luego, encontré mucho de lo que anticipé, como es el caso de las poéticas y vívidas descripciones del entorno natural donde viven los protagonistas, la deliciosa atmósfera de idilio pastoral y de comodidad (la famosa cozyness que ahora están reflotando los gringos) y aun la ternura de los animalitos, tanto en sí misma, como personajes, como entre ellos. Sin embargo, también me topé con elementos insospechados, como un espíritu antifantasía homólogo al que siempre he sentido en las historias de Alicia de Lewis Carroll.
Con esto me refiero a que casi todo lo que huela a aventura y maravilla es sistemáticamente reprimido por los personajes. Por supuesto, en el caso de los episodios del Sapo, esto tiene un efecto tragicómico muy bien logrado, pero no deja de ser interesante esta ideología subterránea en una novela que, por contar con animales de características antropomórficas (y, para peor, esbozadas a partir del ciudadano victoriano/eduardiano), se cataloga como fantasía infantil. De alguna forma, la obra se las arregla para que los animales se contengan mutuamente dentro de los límites de su comarca y que no pueda haber más aventura que las pequeñas cotidianidades que ocurren de tanto en tanto. Esto no es en sí mismo malo, pero a mí me resulta curiosísimo como impulso castrador.
Acaso por eso, como no podía ser de otra manera, mi episodio favorito de la novela es “The Piper at the Gates of Dawn”, porque es el único en el que se asoma con fuerza la Fantasía, con todos sus códigos estético-discursivos a plenitud, y que felizmente no vuelve a ser explicado ni referido por el resto de la historia. En este episodio, el Topo y el Ratón emprenden una excursión en el río para encontrar a un bebé nutria perdido, y en el camino terminan encontrándoselo a los pies de… EL MISMÍSIMO DIOS PAN. Una locura de capítulo pero, ante todo, una completa belleza.
Creo que este episodio ilustra muy bien una de las fortalezas de la novela: su ambigüedad. En general, odio las cosas y la gente ambiguas, pero en este caso creo que esta característica le da muchos pliegues de sentido, a veces hasta contradictorios, a una historia tan engañosamente simple como esta. Si los animales son aparentemente chiquitos, ¿por qué interactúan directamente con humanos? Si son derechamente animales, ¿por qué las más de las veces parecen británicos en miniatura? Y esta pregunta, que me causa mucha gracia: si se celebra la Navidad (¿?), ¿por qué existe Pan como guardián animal?
Sería tentador apuntar a que estas discrepancias no son más que meros errores de composición, como en su momento identificaron algunos tempranos detractores de la obra, pero lo cierto es que sí se perciben orgánicas en la narración. Y, más importante aún, funcionan, son divertidas y entrañables a su manera.
Nos entusiasma el peligro que corre el Topo en el Bosque Salvaje, pero nos alivia ver que todo se soluciona de la manera más pedestre, entre la comida y el refugio de la acogedora casa del Tejón. Nos entristece la renuncia que hace el Ratón de la aventura, pero nos alegramos de que eso permita que siga compartiendo con sus amigos de siempre. Compadecemos al pobre Sapo reprimido, pero qué chistoso es leer sus estupideces y el pánico de sus amigos, y cuán reconfortante es asistir como lectores a la recuperación de su mansión y su fiesta de celebración.
Y sin embargo, con todo… Ahí está Pan, tocando su flauta, y el eco de su canción, aunque difuso, nos acompañará por siempre, a diferencia de aquellos dulces animalitos:
“Mis manos curarán… a todos los heridos… ¡y todos olvidarán!”
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 14 de enero de 2025, en el siguiente enlace.