«El mar de hierro», de China Miéville

3–5 minutos

​Miéville era uno de los grandes autores de fantasía contemporánea de perfil no comercial que me faltaba por conocer. En realidad, cabría describirlo más bien como un autor no mimético en general, pues en sus trabajos literarios parecen cruzarse diversas estéticas imaginativas con estilos y propuestas muy singulares. Me ha recordado a la obra de David Mitchell, otro estilista que entrega experiencias de lectura muy, muy diferentes en cada publicación, pero cada una, a su manera, fascinante y compleja.

En esta oportunidad, comencé a adentrarme en el corpus de Miéville a través de esta novela, híbrido de steampunk, fantasía y, quizá, ciencia ficción, que ofrece un universo ficcional muy cautivante. No suelo centrarme en la apreciación de los mundos secundarios en la fantasía contemporánea porque, en principio, no me suelen llamar mucho la atención. No me importa que sean derivativos o excesivamente neomedievalizados; lo que me resulta un tanto cansino es la insistencia en el worldbuliding como concepto mercantil, tanto de parte de las apreciaciones lectoras como de las expectativas creadoras.

En el caso del mundo de El mar de hierro, feliz e inesperadamente para mí, me encontré con un universo de encantamiento orgánico, en el que los elementos más pintorescos (¡y muy originales!) se presentan al lector desde un gran trabajo literario y estilístico. Así, el mundo entero de esta obra está enmarcado en el “mar” del título, compuesto por una madeja casi infinita de rieles y vías de tren por las que ha crecido la naturaleza y que son habitadas por todo tipo de criaturas feroces. Las poblaciones humanas, por su parte, emprenden sus propios viajes ferroviarios desde distintos oficios, como cazatopos, cazatesoros, o piratería.

Es un ecosistema y organización social fascinantes, y que se le van mostrando progresivamente al lector a través de la historia del joven Sham, un mediocre e inconforme aprendiz de médico que forma parte de la tripulación del tren Medos. La narración se abre a su intriga cuando el muchacho, en una excursión de pellejería rutinaria con sus compañeros, encuentra una tarjeta de almacenamiento llena de unas misteriosas fotografías, que podrían comprobar la existencia de un lugar casi mítico para su entorno: uno en donde solo exista una única vía ferroviaria, presumiblemente conducente al Fin del Mundo… Naturalmente, este descubrimiento deslumbrará a Sham, pero también lo embarcará en un viaje muy extraño.

Esta aventura tradicional, llena de peligros varios, se ve potenciada por una narración contundente y de muy elegante tratamiento, con numerosos giros metafaccionales y reflexiones de diversa índole. Desde decisiones estéticas tan específicas como el uso de & en lugar de “and” en la obra original en inglés para reflejar la sinuosidad de las vías (que en esta edición en español se reemplazó por un “y” con mucha filigrana), hasta el brillante comentario crítico al concepto de “filosofía” que desarrollan los capitanes mutilados por las criaturas, en un émulo a la vez paródico y de homenaje a las múltiples interpretaciones existencialistas sobre el capitán Ahab y su relación con Moby Dick, esta novela parece estar tan lleva de recovecos y rincones literarios por explorar como el propio mar de hierro. Por supuesto, al ser esta una obra de Miéville, apreciamos también una nítida dimensión política. En este caso, la encontramos ante todo en el sorprendente desenlace, que explica de una manera bastante desacralizada algunos de los enigmas de la aventura, sin que por ello, gracias al buen oficio literario del autor, perdamos el sentido de maravilla ante un nuevo hallazgo.

Una cosa importante que mencionar sobre la lectura de esta obra, sobre todo considerando todo lo anterior, es que al menos a mí me ha parecido muy entretenida de leer. El maridaje entre una historia sencilla pero bien contada, con un mundo secundario cautivante y salpimentada de profundidades interpretativas diversas, le funciona muy bien a Miéville. No sé si esta novela se podrá considerar formalmente “juvenil” para el mercado contemporáneo, pero claramente ha sentado una nueva base para mí al momento de recordar/descubrir/comprender que estas historias de aventuras clásicas con enjundia y sin un ápice de amor romántico o sexo aún son posibles de escribir hoy en día, y que vale muchísimo la pena intentar crearlas.

En fin: he quedado gratamente sorprendida con esta obra, y por supuesto que continuaré leyendo todo lo que el autor pueda ofrecerme cercano a la fantasía.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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