«La princesa y los trasgos» / «La princesa y Curdie», de George MacDonald

2–3 minutos

​Este libro reúne en un solo volumen dos novelas centradas en las aventuras de la pequeña princesa Irene y, en mayor medida, del joven minero Curdie. En la primera, conocemos el ingenioso enfrentamiento conjunto entre ambos chicos contra una amenazante comunidad subterránea de trasgos; en la segunda, acompañamos a Curdie y a Lina, su bestial pero fiel compañera, en la resolución de un complot palaciego que mantiene al rey, padre de Irene, en un estado de lamentable sometimiento a la horrible población de Gwyntystorm.

En estas obras, se aprecian nítidamente algunos temas y motivos característicos de la obra de fantasía feérica del autor, principalmente la unión entre personajes masculinos y femeninos por un propósito en común, la presencia del misterioso arquetipo de la vieja sabia y el trabajo de los espacios narrativos como símbolos del crecimiento interior. Sin embargo, y al igual como ocurre con su novela Más allá del Viento del Norte (1868), el formato más extenso de la novela dilata la experiencia de lectura y crea una sensación menos compacta, intensa o estéticamente acabada. Aunque ambas historias tienen líneas narrativas claras, ciertas divagaciones o una resolución ambigua de algunos cabos (o derechamente, la ausencia de resolución de otros) vuelven un tanto desconcertante su acercamiento a ellas, sobre todo si forzamos una mirada contemporánea.

Con todo, La princesa y los tragos se deja leer de manera fluida como una aventura pausada y muy encantadora, que hubiera sido una estupenda base para una película animada del Disney de antaño. Llena de magia y peligros, discurriremos junto a los protagonistas entre dos planos: el de la superficie, sublimado en el cuarto en altura donde mora una enigmática bisabuela, quien actúa como la hechicera sabia de la historia (y cuya naturaleza nunca se esclarece del todo), y el de las profundidades de la tierra, encarnado en los túneles subterráneos donde moran los trasgos.

Sin embargo, en La princesa y Curdie nos adentramos en un terreno muy diferente al que hoy en día esperaríamos para una continuación al uso: Irene casi no aparece, y lo que antes era aventura ahora se asienta desde las reflexiones éticas en torno a aquel complot palaciego ya descrito, instigado por gente despreciable. Su inicio también desconcierta fuera de contexto, aunque es también brillante y muy coherente con la propuesta estética de MacDonald: en lugar del valeroso e íntegro Curdie niño, nos encontramos con un muchacho mundanizado, que debe recuperar su espíritu infantil inicial antes de emprender su nueva misión. El final, que se siente un tanto apresurado y desalentador en sus párrafos finales, escamotea un poco la sensación de consuelo y satisfacción de este tipo de historias, e incluso relativiza el esforzado triunfo de los héroes.

Pese a lo anterior, con sus luces y sombras, la conjunción de ambas narraciones en un solo libro ayuda a perfilar la peculiaridad de MacDonald como novelista de fantasía, en tiempos en los que esta estética no estaba tiranizada aún por fórmulas ni expectativas rígidas de un mercado millonario.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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