Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Uno de mis grandes pendientes dentro de la fantasía contemporánea que ya tiene unas décadas, y que me resistía a leer en ebook. Por fortuna, hace poco Océano lo reeditó por su sello Gran Travesía, en lugar de Minotauro/Planeta, y tuve la oportunidad de comprarme el libro físico por importación para leerlo por primera vez. Ahora bien, no entré a ciegas en la historia: hace varios años, había visto la bella película animada y retenía aún la melancolía de algunos de sus pasajes. Cuando me adentré a la lectura literaria, me pregunté si iría a sentir una sensación parecida a aquel visionado… y felizmente así fue.
El último unicornio es un libro extraño, en el mejor del sentidos posibles desde la fantasía. Porque la fantasía es rara, desde luego; si la hemos terminado percibiendo como un refugio cada vez más comodificado, eso se debe a razones externas a la naturaleza textual e imaginativa que le es propia.
El último unicornio se alza tonalmente desde la modalidad más intrigante, nostálgica y onírica de ciertos cuentos de hadas. Desde lo más concreto, apreciamos comparaciones y metáforas raras, que en un autor menos visionario que Beagle habrían salido fallidas (aunque algunos lectores así las estiman igualmente…).
Desde lo más general, hay un peregrinaje y una búsqueda tradicionales, desde luego, y ambos se desarrollan narrativamente de una manera progresiva. Pero algo hay en la forma en la que se presentan en los pasajes y las interacciones de los personajes que resulta anómalo, y no sé cómo precisarlo. Voy a usar ahora una comparación extraña también, para arreglármelas de alguna forma: leer esta historia es como si te sumergieras en una pintura de acuarela de un cuento de hadas y pudieras avanzar libremente por ella, recreando desde tu imaginación aquello que se escapa del marco y del propio medio acuarelado. Así, todo tiene sentido en la obra, claro, pero al mismo tiempo hay un velo húmedo en cada palabra, difuminando los contornos de ese sentido.
Otro aspecto relevante de esta obra es su componente metaficcional, sobre el peso de las ficciones en nuestra vida, y de metafantasía, sobre el peso particular de las historias que beben de la imaginación superior. Notables son, en ese sentido, los pasajes sobre la aparición de Robin Hood, y esta estupenda reflexión: ante la nitidez y rotundidad de los mitos o las leyendas, lo que es verdaderamente ilusorio somos nosotros, nuestra cotidianidad burda, nuestra carencia de sentido último. La unicornio misma empieza a entender progresivamente su posición de mito en la visión de los otros seres, sobre todo en los humanos, y la forma en la que esta cualidad se expresa en el deslumbre de todos ellos ante su figura es desgarradoramente conmovedora.
Respecto a este personaje, me parece un hermoso ejemplo del fenómeno de la contaminación en la fantasía, entrelazado con los procesos interiores de sus coprotagonistas, el mago Schmendrick y la bandida Molly. Si bien resulta lógico que ambos se vean a sí mismos transformados tanto por el influjo de la unicornio como por el propio viaje que emprenden juntos, no lo es tanto que la unicornio cambie tanto. En su encarnación como Lady Amalthea, el unicornio se humaniza de formas igualmente peculiares, y su regreso a sus formas bestiales es tan trágico como cabría esperar. Escribía C.S. Lewis que, una vez que eres rey o reina de Narnia, siempre lo serías. Parafraseando esta bella cita, podría decir que, una vez que conoces desde adentro lo que implica ser un ser humano, siempre serás humano de una forma u otra, aunque tus formas y tu mente cambien.
Al humanizarse, el unicornio se vuelve una forma de vida única en el mundo, lo que ata su renovada belleza a una soledad sempiterna.
Aunque parezca extraño este alcance, este proceso de transfiguración/encarnación me ha remitido al de Jesús, casi como desde una lectura medio herética y feérica. La unicornio despierta sensaciones prácticamente numinosas en todos los demás, se comunica con ellos de formas cada vez más sacras, y cuando su camino se aparta del de sus compañeros, hacia el final de la historia, la escena está narrada con la belleza de una ruptura y despedidas inmensas, de esas que solo puedes tener en un sueño.
Me pregunto si esta dimensión ¿involuntariamente? crística habrá influido en la ambigua percepción general de la novela: hay lectores que la aman y lectores que se muestran indiferentes ante ella.
Como sea, en el vasto (¡y también basto!) panorama de la fantasía contemporánea, siempre es bueno volver sobre estas obras “viejas” medio descolgadas. Obras que ni son epígonos mediocres de Tolkien ni respuestas comerciales de su tiempo, sino propuestas que tributan a los textos de raíz primaria que sostienen a la fantasía, y a la vez que resultan experiencias de lectura tan singulares e irrepetibles como la propia unicornio.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 1 de enero de 2026, en el siguiente enlace.