Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Conocí este cuento de Liliana Bodoc en un trabajo editorial, hace ya varios años. Estaba explorando los catálogos en línea de los planes lectores internacionales cuando di con una antología colectiva que, para mi alegría, incluía un relato inédito de la autora argentina. No parecía en principio un relato de fantasía, ni por el título ni por la premisa general: un entusiasta profesor se afana en trabajar lectura extensiva con sus únicos tres estudiantes, en el contexto de una humilde escuela de una precarizada zona de Argentina. Sin embargo, como puede apreciarse, el cuento ofrecía otra de las aristas esenciales de la poética de Bodoc: la importancia de las historias y la imaginación para transformar la realidad presente.
Sonreí al ver que el libro que el profesor leía junto a los muchachos era, nada más ni nada menos, que El Hobbit de J.R.R. Tolkien. ¡Tanto que la propia Bodoc había insistido en sus ensayos y entrevistas sobre su propia tensión con el autor inglés, y toparse con un homenaje tan bello como este…! Me sentí contenta porque entendí tempranamente entonces, como Fantasista, que podemos tener una relación complicada con algunos de nuestros referentes, pero que en última instancia siempre nos une una relación de admiración y agradecimiento.
Es difícil explicar con palabras concretas y desafectadas por qué adoro este cuento y por qué, incluso, podría considerarlo mi obra favorita de Bodoc, una suerte de homólogo del mismísimo “El herrero de Wotton Mayor” del propio Tolkien. Como este, narra también sobre cómo el encuentro con Faërie (en este caso, de manera vicaria a través de la ficción de fantasía) va transformando el interior de los adolescentes protagonistas, en medio de difíciles experiencias asociadas a la desesperanza que se porta cuando se pertenece a una clase socioeconómica empobrecida y abandonada.
Una curiosa crítica implícita que enarbolan los literatos latinoamericanos cobardes que desprecian la fantasía sin conocerla es que esta no “sirve” en contextos de desamparo sociocultural, o que se presenta como un lujo escapista que el proletariado o los excluidos de la sociedad normativa no podrían permitirse (como si imaginar fuese algo que hiciese o necesitase la clase alta, que ya lo tiene [casi] todo en su realidad inmediata…). Cualquier persona que ame la fantasía, o que al menos se haya atrevido a leerla desde la buena fe, sabe que estas son visiones reduccionistas, por no decir estúpidas o insidiosas. Una de las maravillas del cuento de Bodoc es que desmonta, desde formas muy sencillas, estos prejuicios.
Desde luego, la lectura de El Hobbit no mejora la situación socioeconómica de ninguno de estos chicos. No vemos tampoco en el cuento que esta experiencia los haya vuelto super lectores, ni que los haya reingresado a un sistema educativo normativo que pudiera convertirlos en ciudadanos de bien. Lo que “El Hobbit” hace en los chicos es mucho más sutil y más importante, algo que muchos sabemos que hace la buena fantasía: les renueva la mirada y, con ello, les enriela los cauces más profundos de sus vidas. Las cadenas del destino marginalizado se extienden hacia todos ellos, y en cada uno de los momentos en que parece que van a caer en ellas, como tantos otros de sus pares, las aventuras de Bilbo vienen a sus memorias para ayudarles a repensar su presente desde un discernimiento imaginativo.
No es el profesor el que intercede directamente en sus vidas, desde el aleccionamiento o el modelo ejemplar mismo que promueven los docentes influencers, egocéntricos, no: él apenas abre el portal, y son ellos los que, medio titubeantes, se animan a cruzarlo, y luego a traer lo que en él vieron a sus realidades. Así, son ellos los que se salvan a sí mismos, desde la fantasía. Como yo, quizá como tú también.
Más que ser un cuento de fantasía al uso, este pertenece a esa ilustre tradición de historias miméticas que resultan de metafantasía en su tratamiento discursivo y reflexivo sobre la propia fantasía y la imaginación en la vida cotidiana, y que he decidido llamar provisoriamente «realismo encantado». He ahí su doloroso genio: lo que tiene de realista es, como podría esperarse, triste, trágico. Su eucatástrofe en el final, por gracia, es tan hermosa como ajustada a los límites de nuestro propio mundo: suficiente, y a la vez rebosante.
El día que descubrí este cuento en ese catálogo virtual, le saqué pantallazos a las páginas del visor y lo convertí a PDF. No podía concebir que un cuento tan bello como este estuviese atrapado en una antología local. Se lo mandé por email a mi amiga española Mariela González, llena de entusiasmo, el día anterior de que se difundiera la muerte de Liliana Bodoc. La sincronía me llenó de tristeza y perplejidad: de pronto me vi a mí misma mirando el cielo, intentando distinguir algo entre las nubes.
Tiempo después, lo incluiría como corpus a mi curso de fantasía Rumbo al Reino Peligroso. Mis estudiantes, de manera prácticamente unánime, lo amaron. Me alegré de poder mostrarles este cuento desconocido, como quizá el profesor se alegró de poder traerles a los chicos El Hobbit, muy conocido, pero no lo suficiente en los lugares en los que realmente se necesitan aventuras.
Como todo es cíclico, un día vi en Instagram que un ex alumno de este curso compartía esta obra, y así me enteré que, dichosamente, se había publicado como libro independiente, ilustrado. Otra sincronía: ya en mi primer semestre del doctorado, que decidí dedicar al estudio de la obra de fantasía de Liliana Bodoc, lo compré por importación desde Argentina.
Estoy muy contenta de que este cuento exista como libro, porque nunca lo imaginé como posibilidad, lo mismo que mi doctorado y, en última instancia, como el hecho mismo de haber sobrevivido lo suficiente como para haber llegado a la edad adulta y haber conocido así alegrías insospechadas.
Siempre he sentido atravesada la sentencia del poeta Paul Éluard: “Hay otros mundos, pero están en este”. Me molestaba porque sentía que, como prácticamente todo el medio literario normativo, excluía la imaginación secundaria. Hoy pienso que no es así: el subcreador es lo que es porque está aquí. Subcreamos, también, porque nuestro mundo está caído y resulta insuficiente (siempre será así).
En el duro contexto de este cuento, y en particular en su escena final, con los chicos mirando el cielo, esta sentencia se hace relevante con solo eliminar ese chirriante conector y reformular la cláusula. Y de sentencia se vuelve así desafío contra todos los cobardes, pero, ante todo, esperanza para los valientes: “Hay otros mundos, y pueden estar en este”.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 1 de enero de 2026, en el siguiente enlace.