Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
No recuerdo en qué contexto descubrí esta obra, solo que su sinopsis me llamó la atención y que finalmente me animé a leerla tras realizar la única prueba legítima para validar la apuesta por un trabajo literario: hojear su prosa en la vista previa. En este caso, la narración tenía la dificultad añadida de procurar emular la voz interior de una niña preadolescente que vive exactamente bajo el peso del título de la novela. Por supuesto, imagino que no faltarán lectores que piensen que quizá esta voz narrativa es demasiado sofisticada para una chica de esta edad, pero a mí me pareció estupenda como construcción, tanto por las “licencias” introspectivas que se toma como por aquellos aspectos propiamente púberes que sí logra captar.
Mala estrella va de las múltiples desventuras de la pobre Vera, una chiquilla que siempre está en problemas y que debe vivirlos casi siempre a solas, pues está rodeada de gente negligente. Una cosa que desarrolla y transmite muy bien esta novela es la visión de la inutilidad general del mundo adulto. Más allá de la esperable disfuncionalidad de su familia, destaca esa obsesión de los adultos por no explicar absolutamente nada, ni de la vida ni de los pesos genealógicos que cargan, y esperar que los niños y jóvenes unan los puntos por su cuenta en algún momento (y que, además, resulten personas sin traumas tras hacerlo, claro…). Aquí, es el lector (adulto también) quien va realizando el mismo procedimiento que Vera, a través de lo que ella va compartiendo de su presente y de los recuerdos de su pasado.
En este camino, es imposible no sentir simpatía por Vera, cuyos percances van desde reiterados episodios de acoso sexual a accidentes varios, pasando por todo tipo de situaciones humillantes. Aun así, la niña narra muchas de estas desgracias con gran aplomo, y en ocasiones con un estupendo sentido de humor negro, quizá nutrido por la inocencia que aún persiste en ella, incluso desde su incipiente despertar sexual y su tendencia a actitudes pendencieras.
Como sea, la protagonista es, en esencia, una niña desamparada por todos los que la rodean, salvo por ocasionales muestras de afecto que no parecen hechas para preservarse. Destacan aquí la curiosa relación que la protagonista establece con dos hermanos de su edad, un “peor es nada” muy inepto y una chica popular, o con la pareja de Harriet y Ana, un par de sáficas encantadoras que ofrecen lo más parecido a una contención a Vera.
Pero nadie destaca más que León, un misterioso hombre vestido de monja cuya naturaleza y origen jamás se explican y que podrían explicarse como producto de la desolación de Vera: un extraño amigo imaginario. León aparece en lugares y momentos inverosímiles, se comporta más como niño que como adulto y Vera confía en él como no parece confiar en nadie más. Es un personaje simpático pese a sus anomalías, sobre todo al leerlo como un recurso de consuelo de la protagonista.
En lo que Vera se hunde en su mala estrella, la narración trata de presentar una suerte de enigma en torno al pasado de su familia, lo que crea la ilusión de que, al destaparse todo, podremos entender por qué todos son tan disfuncionales. Sin embargo, nunca se revela nada explícito, y lo que se logra colegir no justifica los padecimientos de la niña.
Adultos inútiles e miserables: nada más que eso, como siempre. Una historia (una realidad) vieja como el hilo negro.
Devenida en una suerte de Huckleberry Finn contemporánea, española, Vera me ha parecido un personaje entrañable en todo el dolor abierto de sus trece años (¿es posible ser una niña de 13 años sin sufrir?), escrito desde una prosa muy contundente y despierta.
Le seguiré la pista a Julia Viejo.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 1 de enero de 2026, en el siguiente enlace.