Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Esta es una novela de amor y de muerte, desde ópticas mucho más intimistas y pequeñas a las que estos grandes temas literarios y existenciales nos tienen (¿mal?)acostumbrados. Y ahí, quizá, entre otras cosas, reside su potencia y belleza.
Llegué a ella por unos fragmentos dispersos por Internet. Algo me cautivó en su prosa: una mirada atenta a lo nimio, una dulzura rabiosamente honesta en la contemplación y descripción del personaje del título, Cristina la Rubia, esposa del narrador poeta (y, por la referencia autoficcional y el nombre compartido, asumo que también del propio escritor).
La obra es esencialmente un fresco de la vida cotidiana de esta pareja de más 30 años de convivencia, enmarcada explícitamente en la comuna santiaguina de San Bernardo, desde su adolescencia en dictadura al pasado más cercano, el pandémico. El narrador despliega en primera persona esta cotidianidad amorosa y periférica, con los ojos del verbo y del adjetivo enfocados en Cristina, en toda ella, y en su discurrir aventurero y curiosamente divergente, a pesar de que muy poco en ella es del todo extravagante de una forma convencional.
Como se lo describe en la contraportada, el narrador es un sujeto complaciente, medio apocado acaso, aparentemente siempre un par de pasos más atrás del deslumbre de Cristina. Pero es también un sujeto amoroso y devoto. Por sus palabras, algo tan trivial como la insistencia en el color natural del pelo de la mujer (aún una marca aspiracional en Chile) se vuelve un símbolo casi inocente de la luminosidad interior de Cristina y que, como puede apreciarse, es también un faro para el narrador.
Porque Cristina, desde esta narración, acaso desde el amor que debe haber motivado esta narración, me ha parecido un personaje sumamente tierno, aunque me resulta difícil explicar por qué. Es una mujer curiosa, animada, inquieta. Sencilla, pero muy honda a la vez. Por esas cosas bellas y extrañas de la literatura, desde la novela sientes que puedes conocerla, y quizá aun quererla también, desde la distancia del armazón de la lengua.
A Cristina le gusta ver CSI en la tele, escuchar canciones cebollas, tomar mucha (demasiada) Coca Cola y conversar de todo y de nada con el narrador. Es también una mujer profundamente católica, desde ese catolicismo medio primigenio que siente particular inclinación por lo sobrenatural y que no suele verse ya mucho en su culto de clase media o alta, ni en las instituciones. Es este marco de fe lo que, tal vez, inspira el único discurrir narrativo de esta colección de estampas y recuerdos: el peregrinaje que propone Cristina al narrador para pasear las ánforas de sus respectivas madres por diferentes lugares de San Bernardo, para conversarles sobre lo que estos han significado para ellos como pareja. Un viaje épico urbano.
La omnipresencia de las ánforas en la historia, que con el avance de las páginas llega a ser la de las propias madres en todo su espíritu, ofrece reflexiones dulces y tristes sobre la experiencia de la muerte. Una muerte que, en su tremendismo espiritual, es también sorprendentemente cotidiana. Puesto que la relación cultural de Chile con la muerte no es nítida ni festiva, el argumento de la peregrinación de ánforas me haya parecido muy idiosincrático y adecuado al temple de la obra, sobre todo cuando interpretas qué fue lo que motivó su existencia.
Porque esta es también una historia de despedida. Un puñado de palabras para recordar y celebrar una vida desde lo también importante, transfigurado hasta alcanzar una forma de sacralidad: compartir cositas ricas para comer, caminar por la ciudad-lar cargando muertes y vidas que inexorablemente se acercan a ese mismo estado, ayudar a quien amas a peinarse o ponerse el piyama.
El realismo contemporáneo (y la realidad misma, ya que estamos) debería parecerse más a esto y menos a todo lo demás que suele ser.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 1 de enero de 2026, en el siguiente enlace.