«El lustre la perla», de Sarah Waters

6–10 minutos

Siguiendo la estela de las buenas novelas lésbicas realistas tras mi lectura el año pasado de Carol, continué ahora con El lustre de la perla, primera obra de una autora insigne en estas ligas: Sarah Waters. Este título puede leerse como una intersección entre novela histórico-realista (ambientada a fines de la era victoria e inicios de la eduardiana), novela de formación, novela sáfica (“Dickens para lesbianas”, como se la describe graciosamente a veces) y novela erótica explícita.

Seguimos así el recorrido de los albores de la adultez de Nancy Astley, una muchacha que se cría en una familia sencilla que administra un restaurante de ostras (muchas metáforas del libro van en esa línea de sutileza) y que se ve intensamente prendada por Kitty, una joven que actúa como hombre travestido en un popular número del music-hall local. Esta fascinación correspondida adentra a Nancy a una exploración de su vida romántica y (sobre todo) sexual que, a causa de la mojigatería y homofobia de la sociedad victoriana (y de su propia e ingente estupidez; ya hablaré de ello), la orillan a experiencias cada vez más turbias, precarizadas y tristes.

Uno de los elementos más interesantes de la novela, que lamentablemente no se abordó tanto como hubiera deseado, es la inquietud por los códigos de género y las identidades disidentes. Las primeras partes de la novela, con su foco en las representaciones musicales y teatrales, surgen como un excelente escenario físico y simbólico para poner en juego las construcciones de lo “femenino” y “masculino” y las atracciones que ambos, en su parcelación o hibridez, suscitan. Algunos pensamientos posteriores de Nancy en el cuestionamiento de su identidad, sobre todo en sus “aventuras” nocturnas, son dolorosamente elocuentes, aunque no consiguen brillar mucho por más por el perfil del personaje.

Aclaro que me ha encantado la narración en primera persona de Nancy: es íntima, dramática y aun graciosa cuando la situación lo amerita. Ella es un personaje muy patético, y si eres o has sido una mujer patética, más o menos maricona, también conectarás, seguro. Algunos de sus requiebros ante la angustia de haber sido traicionada o la ansiedad de no tener onda con quien le atrae me resultaron muy cercanos y me hicieron recordar los de mi propia juventud. Muy buena recreación del mundo interior de una chica perdida y maltratada, sin nadie (al principio) a quien acudir para un amor honesto e incondicional, en una sociedad presa de las apariencias e inmisericorde ante la diferencia.

Pero ella en sí misma es tontísima, a veces bordeando la inverosimilitud. Acaso se expliquen algunas de sus decisiones o negligencias insólitas por su naturaleza hipersexualizada y la falta absoluta de guía moral y de autoestima en sus primeros pasos en los entornos sombríos en los que acaba moviéndose, pero aun así generan extrañeza a veces. En ocasiones, parecen más excusas para mover al personaje a las peripecias, y si bien a mí me encantan las artificialidades narrativas (sobre todo las de una obra que dialoga con las representaciones teatrales), creo que algunas salidas de Nancy podrían haber sido algo más coherentes.

Sí quisiera destacar un arco que, dentro de su aparente ilogicidad, tiene mucho sentido desde la caracterización volátil, estúpida y sensual de la protagonista: cuando se vuelve una suerte de esclava sexual de Diana, una viuda cuasi cuarentona, adinerada y desagradable (personaje muy bien escrito desde esas claves, por lo demás, e intrigante a su manera). Este episodio le permite además a la obra introducir un discurso crítico: el abuso que otras mujeres, también sáficas, pueden ejercer entre ellas. En esta etapa, Nancy es apenas un muchacho travestido, pero ahora fuera del escenario, de manera permanente: un objeto de deseo para un club de señoras degeneradas de clase alta, que replican la exclusión y humillación de las suyas a mujeres de clase trabajadora, como la propia Nancy o la sirvienta Zena. Me gustó esta sórdida sección del libro porque demuestra muchas cosas a la vez: la hipocresía de la sociedad victoriana, los abusos de poder y clase, la miseria interior de una Nancy saturada de placeres mundanos y carente de amor y la crueldad de otras mujeres (de “comunidad lésbica”, aquí, nada).

Por lo anterior, me gustó que la redención de la protagonista viniera desde la posibilidad de una relación sexoafectiva menos turbulenta, y que la idea de “amor” implícitamente abordada sea una de construcción paciente y cariñosa en el tiempo, en lugar de una mera explosión hormonal. Quizá para algunos lectores este sea un enfoque excesivamente moralista, pero dentro de la novela me pareció consecuente con el desarrollo interior (leeento) de Nancy, que no ha dejado de sufrir por su entrega a la lascivia y los vínculos falsos o utilitarios.

En esta sección del libro, curiosamente, emerge un tema que por desgracia tampoco está bien aprovechado: ¡el socialismo! Es aquí cuando Nancy, de ser una joven más bien “apolítica” (sic) o centrada en sí misma, empieza a fijarse en las condiciones precarizadas de las personas con las que vive y que ella misma soportó antes. Pero este descubrimiento no tiene mucho espacio ya para profundizarse en su interior, y la forma en la que este marco cierra la novela me pareció un tanto desconcertante, aunque narrativamente satisfactorio.

Sin entrar en detalles, me dio la impresión de que la narración buscaba insistir que la interseccionalidad sociopolítica podía cruzar a todo tipo de mujeres, y si bien esto es parcialmente cierto en nuestra sociedad y en la de la novela, me pareció una forma un tanto extraña de reducir el impacto de las decisiones éticas individuales. Personajes que hicieron mucho daño a Nancy, por abiertamente lesbiana y vulnerable, aparecen pavoneándose en tal entorno de esperanza política, y eso me molestó: el socialismo en sí mismo no te hará una buena persona. Personalmente no creo que sea muy alentador pensar en la defensa de una abstracción del trabajador si te da igual maltratar a tu prójimo inmediato. Personalmente, yo no marcharía al lado de la mujer que me maltrató, aunque compartamos en principio, en teoría, la misma lucha.

¿O seré yo muy ramplona por proyectar en todas partes al niño de Omelas?

Ahora, puede ser también que la obra haya presentado esta situación con algo de ironía, para destacar justamente que aquello que une también, desde otro prisma, separa. No lo sé. Solo quería apuntar esa observación.

Ah, sí: acabo de advertir que olvidé comentar el aspecto más notorio de este libro para algunas. Sí, hay unas cuantas escenas sexuales totalmente explícitas, sobre todo entre mujeres. No me parecieron mal narradas (es importante recordar que están desde la óptica de Nancy, que siempre parece estar en celo), pero algunas igual me dieron un poco de risa, aunque no para mal. El libro es mucho más que eso, obviamente. Y obviamente que tenían que estar presentes dado el tipo de historia que se está contando. Pero me parecieron mucho más interesantes los juegos sensuales y de atracción que permean buena parte de la narración, antes que su concreción misma. La posibilidad es siempre más sugerente que la realización.

Pese a todos estos reparos, que parecen tan determinantes en la apreciación literaria, debo insistir en que disfruté mucho la novela, que me pareció además narrada con gran fluidez y sentido estructural. En particular, disfruté mucho de sus capítulos larguísimos, pues cada uno contenía una unidad cerrada de sentido que no perdía nunca el atractivo de la lectura. A su vez, desde la macroestructura, cada sección corresponde a un arco de Nancy, que empieza promisorio y que termina en diversos estados funestos, ya sea por mala suerte o mal discernimiento de la joven (¡salvo el último! Esto es importante de spoilear, porque ya sabemos lo recurrente que son los finales infaustos en las novelas queer). Las diversas anticipaciones de la propia protagonista, quien narra estos eventos desde el futuro, ayudan a estar a la espera de alguna nueva desgracia o aventura.

Por otro lado, Nancy habrá sido estúpida la mayor parte del tiempo, pero bueno, yo también lo fui a su edad. Leer su historia de caída y ascenso sexoafectivo me resultó muy reconfortante, a pesar de todas las rabias que pasé en el proceso. Hubo un diálogo al final del libro que me hizo clic con una parte muy específica de mi pasado y que me hizo anhelar haber leído esta obra hace muchos años atrás. Yo no pude tener un diálogo semejante, y es muy probable que no llegue a tenerlo nunca, o no con la orientación que debería haber tenido en mi juventud, pero siento que leerlo inesperadamente en estas páginas, de todos los libros posibles, y en todos los tiempos posibles, restauró un poco parte de ese vacío forzado en mi vida.

La literatura también sirve para esto.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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