Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Cuando comencé a leer (y a obsesionarme) con la literatura de Yukio Mishima, a partir de los 18 años, no tenía fácil acceso a sus libros. Fuera de unos pocos volúmenes que estaban en la sección oriental de la biblioteca de la universidad donde estudié el pregrado, apenas podía recurrir a incipientes webs piratas que solo disponían de formatos DOC o PDF. Así, tenía muchas colecciones virtuales de sus trabajos, pero en formatos que me resultaban muy incómodos de leer y, que en última instancia, nunca leí.
Por fortuna, la pérdida de la juventud me vino también con la pérdida de la precariedad (o al menos en sus expresiones más intensas de mi vida), así que hoy me encuentro en posición de comprar algunas obras del autor. Never kill yourself, etcétera. La lectura de esta novela en particular, uno de sus trabajos esenciales, supuso al fin saldar esa deuda que tenía pendiente con mi yo del pasado.
A diferencia de otras propuestas más extensas del autor, El marino que perdió la gracia del mar es una novela breve, sostenida a partir de elementos mínimos llevados a su máxima potencia dramática y estilística. El principal conflicto surge de la tensión entre Fusako, una adinerada y joven viuda, su hijo Noboru, de tendencias medio sociópatas, y Ryuji, un marino que entra en contacto con ambos. Sería fácil predecir por dónde podrían ir los tiros: Fusako y Ryuji establecen una relación, Noboru estorba en medio, todo se precipita hacia una eventual tragedia. Y es así, pero a la vez es mucho, muchísimo más.
Como otras propuestas más extensas del autor, El marino que perdió la gracia del mar es una novela es una novela trufada de existencialismo y ambigüedad poética. Hace un tiempo que no releía una buena traducción al español de Mishima, y las imágenes, comparaciones y descripciones de esta narración me parecieron de una belleza y precisión demenciales. Por un lado, tenemos el ineludible imaginario marino, pero también la minuciosa observación de los espacios cerrados, correlato de la elaborada introspección que recae principalmente en Noboru y Ryuji. Incluso episodios de franca repulsión, como la escena en la que el chico y sus amigos torturan a un gato, está narrada con un aplomo que revela una aproximación esteticista consciente.
Como sabemos, Mishima mismo no andaba muy bien de la cabeza. Sin embargo, en muchas de sus obras sobre adolescentes medio trastornados se crea esta ambivalente sensación de respeto hacia las elucubraciones filosóficas con las que estos tratan de justificar sus atrocidades o estupideces, y a la vez, desde cierta distancia narrativa, de revelación de su estulticia o inmadurez. En este caso ocurre lo mismo. Noboru es parte de un grupo de chicos que enarbolan una moralidad sociopática, de profunda sospecha y desdén hacia el mundo adulto, y que recuerda a la espiral descendente con la que tantos jóvenes se han hundido en sus entendimientos descontextualizados del nihilismo. Si bien es evidente que estos chicos son apenas una panda de ociosos concupiscentes, la peor expresión del ennui de los que tienen tanta plata y poder y seguridad que no saben qué hacer con su vida además de arruinar la de otros, la narración logra recrearnos el armazón de sus ideologías con una claridad y coherencia estremecedoras, curiosamente contemporáneas.
Noboru mismo, pese a ser bastante insufrible, es muy interesante desde su propia ambivalencia: su lealtad acrítica a su grupo y su propio interés inicial en Ryuji como ejemplo de virilidad. El juicio que recae sobre este hombre y sus decisiones, desde la despiadada moralidad extremista de un muchacho, es muy verosímil y trágica. En el caso del propio Ryuji, vemos también una tensión entre sus deseos de grandeza personales, ya en el declive de su primera juventud, y la posibilidad de una vida estable, obviamente lejos de la gracia del mar, con una mujer que cumple solo parcialmente su sueño de plenitud.
En retrospectiva, y habiendo leído previamente la tetralogía de El mar de la fertilidad, me es posible reconocer algunos temas, conflictos y preocupaciones existenciales e ideológicas que signaron la obra del autor en esta breve novela, de maneras muy condensadas y particularmente estilizadas. Por ello, creo que puede ser un buen punto de partida para adentrarse en la línea más oscura de su narrativa novelesca y, a la vez, tener una muy buena impresión de los dones de Mishima con la palabra.
Una novela cruda y hermosa para quienes puedan lidiar con ella, como el propio mar.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 1 de enero de 2026, en el siguiente enlace.