«Tren a Samarcanda», de Guzel Yájina

7–11 minutos

​​Mi gran lectura revelación del año fue, curiosamente, una que terminé junto con los últimos días de 2024, concretamente en Navidad.

Llegué a ella ante todo por su premisa: en el contexto de la Guerra Civil rusa pos Revolución (inicios de los años 20), al veinteañero comandante Déjev, en compañía de Bélaya, Comisaria de la Infancia, se le encarga la misión de liderar la evacuación en tren de quinientos huérfanos de Kazán a Samarcanda. Un viaje de 4000 kilómetros y seis semanas. Una odisea en toda regla, al considerar, además, que el enorme territorio soviético se encuentra asolado por la hambruna y la devastación social y económica.

Evidentemente, me esperaba una novela cruda, realista, con un escabroso retrato social e histórico (de hecho, la autora declara al final de la obra su gran trabajo de investigación). En fin: una novela de realismo ruso, aunque en este caso se trate de una bastante contemporánea, al margen de que su escenario corresponda a conflictos de inicios del siglo XX. Pero me encontré con eso y muchísimo más.

Es difícil hablar de la belleza de una obra como esta, tan difícil de leer en algunos de sus tramos más crueles. El sufrimiento, maltrato y necesidades no cubiertas de los niños, tanto físicas como sicológicas, se recrea con lujo de detalles en la narración.

La aproximación, además, no es solo naturalista, pues también hay pasajes que recurren a la exploración imaginaria y al artificio literario para darle voz a los que explícitamente no tienen voz, por lo que además tal sufrimiento se amplía metafísicamente. Tal es el caso de uno de los capítulos más destacados de la novela, que presenta el monólogo interior de Calenturas, un niño autista no hablante que termina siendo acogido en el convoy de huérfanos y que se apega a Déjev, con consecuencias que posteriormente descubrimos como espeluznantes.

El enfoque de la autora con Calenturas es muy complejo, porque aúna una recreación valiente de una voz y una conciencia posibles del niño con el retrato más patologizante y externo de la mirada alista, como confiesa en su nota final a la obra, en la que revela que recogió la idea de la guerra interior que plantea el chico de un estudio sobre el autismo de la época. El destino de Calenturas, aunque sobrevive el viaje (spoiler necesario), puede ser particularmente atroz de procesar para un lector también autista, o al menos así fue para mí. Consigno aquí esta advertencia para otros compañeros de neurodivergencia.

Por otro lado, tenemos el sufrimiento de los personajes adultos, claramente sobrepasados por las titánicas labores a las que se ven enfrentados dentro de su contexto. La autora realizó un trabajo excelente al crear un par protagónico tan distinto que se vuelve complementario, al menos en los primeros capítulos de la obra.

Déjev es un hombre compasivo y sensible, con una entrega casi martírica a su causa, aunque no tardamos en advertir que este celo no es tanto a la misión en sí como al resguardo general de la niñez, pues a lo largo del viaje toma diversas elecciones cuestionables que casi hacen fracasar su propósito original. En el tramo final de la narración, conocemos un pasaje del pasado inmediato del personaje que nos explica parte del origen de esta devoción casi lunática, y que ayuda también a recontextualizar el aparente heroísmo de Déjev, o al menos a situarlo desde un claroscuro muy interesante.

Bélaya, por su parte, parece su reverso: una mujer inflexible y totalmente entregada a la causa en sí. Es ella quien sienta las normas e impone autoridad inicialmente en La Guirnalda y ante los niños. En su propio pasado, y sobre todo en un pasaje inspirado en un suceso histórico particular, Bélaya redescubre la miseria del hambre, el abandono y la pobreza en los niños, y eso la lleva a asegurar que su propio trabajo como Comisaria de la Infancia sea tan riguroso como las condiciones lo requieren. Si para Déjev al final lo que importa es acoger a cada niño sufriente en el camino, para Bélaya es asegurar que al menos dos tercios de los niños originalmente a bordo lleguen vivos a destino, porque asume que no se puede hacer más.

Por supuesto, las discusiones y cesiones mutuas entre ambos personajes ayudan a crear conflictos y a la vez resolver diversas fricciones a lo largo del viaje. Sumados a ellos, también tenemos otros personajes adultos destacados, principalmente el observador doctor Bug y a la enigmática Fátima, que termina operando como una figura maternal ya no solo para los niños, sino también para Bug y el propio Déjev.

Como el lector intuirá, es imposible darle espacio y voz a cada uno de los más de quinientos niños que aparecen a lo largo de estas 600 páginas. Si bien algunos son destacados de manera individual, como el propio Calenturas o Senia el Chuvasio, y en general por razones dolorosas, prevalece una mirada colectivista que los acoge a todos como la gran voz de la niñez herida de la época. Los primeros capítulos exploran con gran sensibilidad la comunidad y cultura que se establece entre los niños, desde la forma en la que sus motes signan su identidad mejor que sus nombres, la mitología interna que se desarrolla en el tiempo y los “oficios” que cada uno se asigna según su personalidad.

Al final de la obra, hay un pasaje espectacular y a la vez muy sencillo, que solo habría podido pensar una estilista, en el que sin embargo sí llegamos a tener un panorama individualizado desde la palabra literaria de cada niño. Es uno de mis pasajes favoritos de la obra, y recomendaría su lectura solo por el enorme efecto catártico (en el sentido más griego posible) que crea en el lector luego del viaje que él mismo ha recorrido en tantas páginas junto a estos pequeños.

Esto me lleva a abordar los aspectos más técnicos de la novela. La narración es sumamente fluida, pero de una manera en la que consigue armonizar la atención captada del lector a pesar de los horrores detallados y de algunas escenas más descriptivos. Creo que en parte este efecto se logra porque se concilia de manera descollante la crudeza inherente a una historia como esta con un inesperado componente de ternura y esperanza en diversos adultos que aportan a su manera, y desde sus propios frentes, para la salvación última de todos los niños que puedan. Esto se aprecia sobre todo en los demenciales intentos de Déjev para aprovisionarse o para darle un hogar temporal a cada niño encontrado, pero también puede identificarse en los usos de otros personajes, incluso la comprometida Bélaya. Igualmente, se aprecia en las mismas intervenciones de los niños y sus interacciones, tanto entre ellos mismos como con los adultos.

Creo que esto también se debe a que la novela se distancia un tanto del enfoque narrativo de literatura social tradicional, en el que obviamente todo es horrible, y se abre a otras estructuras, cercanas a la aventura o al mito, que brindan pausas de respiro (la bellísima escena de la llegada al mar, por ejemplo) y que crean una sensación de avance y horizonte de esperanzas a pesar de las múltiples desgracias. El marco mismo del viaje está pensado así: ir de una parte a otra. Movimiento, crecimiento, cambio. La búsqueda de una paradójica Tierra Prometida, al menos desde la fabulación y la esperanza, en donde habrá comida y refugio.

Si tuviera que quedarme con un concepto único para describir la experiencia de esta novela y que no resultara tan obvio y simplón como “atrocidad”, “historia” u “horrores de la burocracia”, sería “humanidad”, que considero que los puede englobar a todos. La humanidad tiene mucho de atrocidad y de horrores, de crueldad innecesaria y víctimas indefensas por causa de decisiones de altas esferas que terminan devastando a las más pequeñas. En este caso, lo vemos ante todo en el desgarro de los cuerpos y mentes de los niños eslavos.

Pero, a la vez, la humanidad tiene un revés de esperanza, de cuidado y de bondad. Más allá de las decisiones del aparato burocrático del emergente Estado soviético, los personajes adultos de la obra insisten o terminan descubriendo que hay un valor intrínseco en la salvación de los niños por su propia naturaleza humana, no solo por su existencia en función de la causa de la nación soviética. Más carne (flesh) que discursos, podríamos decir. Elocuente resulta al respecto, para no cargarle solo la mano a lo político, la durísima escena que contrasta las frases de homilía de una misa cristiana ortodoxa en el convoy con la intercalación narrativa del sufrimiento de los niños enfermos, condesando en oraciones breves.

Ahora bien, como esta galería de personajes está compuesta ante todo por una seguidilla de adultos ya rotos y quizá más allá de la redención terrenal, sus esfuerzos muchas veces están torcidos, pero es en esta entrega absolutamente imperfecta en la que reside lo que yo puedo entender como coraje y nobleza ante un mundo hecho trizas.

Cuando comento que no me gusta la literatura realista, en realidad estoy diciendo que no me gusta cuando lo que se denomina o identifica como “realismo” no tiene nada que ver con la intensidad de una novela como Tren a Samarcanda. Esta obra refleja lo que debería ser el realismo contemporáneo, para mí, o al menos el único realismo contemporáneo que me parece verdaderamente valioso, porque algo en sus líneas evoca la redención de la fantasía. Y, a su modo, la fantasía por la que he estado dispuesta a vivir tiene algo de este corazón de realismo, solo que con una esperanza realizada ya.

Una famosa cita de Kafka versa: “Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Quizá la verdadera diferencia epistemológica entre la fantasía y el realismo sea lo que nos mueva a hacer con los pedazos de mar que nos quedan rotos adentro. Imposible explorar más esta idea de momento, pero por lo pronto me basta con cerrar este comentario diciendo que sí, Tren a Samarcanda es un libro rompemares internos y cuya lectura recomiendo encarecidamente a los corazones que puedan soportarla.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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