«Medievalario: un bestiario medieval», de Fran Zabaleta

3–5 minutos

​​​Esta obra, contrario a lo que sugiere el título, es más bien un retrato de diferentes estamentos de la sociedad medieval, deconstruidos desde la tragedia histórica. Así, cada relato está protagonizado por una figura emblemática de cada uno: el santo (el mundo religioso en un mundo materialista e hipócrita), el caballero (el mundo heroico en un mundo deshonrado), el niño «raro» (el mundo divergente en un mundo normativo) y el rey (el mundo de la nobleza en un mundo de poderes transables).

Lo primero que quiero destacar de este trabajo es que me parece un soberbio ejemplo de lo que puede llegar a ser una obra autopublicada. La prosa es excelente, con muchos fraseos de agradable cadencia española añeja (en el mejor sentido) y de léxico tan concreto como específico. Se aprecia también un gran trabajo investigativo en lo que corresponde a la dimensión más historia que envuelve cada uno de los universos ficcionales recreados. Las historias son a igual parte cautivantes y muy duras, como dura debe haber sido la Edad Media en muchos aspectos. Con todo, creo que la narración ofrece sus más memorables momentos cuando se aparta de la ironía o la rabia que se refleja en algunos pasajes o personajes, sin que por ello abandone la aspereza de otros relatos. 

Un ejemplo: la repulsión narrativa (y del propio autor) hacia el clero y la religión católica son evidentes, tanto en el cuento correspondiente, «De correctione rusticorum», como en el posfacio que entrega más detalles para cada historia. De alguna forma, esa virulencia (con «dios» en minúscula incluido, por supuesto, jajaja) se me hizo innecesaria, pero no porque yo misma sea católica (no se crea que yo defiendo las atrocidades de la institución eclesiástica), obviamente, sino porque siento que recarga excesivamente tintas que ya quedaban claras en la narración misma, desde su repulsivo protagonista. Entiendo que una de las intenciones era denunciar el fanatismo como pulsión destructora, pero pienso que eso es algo que podría alentar tanto un ateo como un católico con consciencia crítica. Esta es además la única explicación del posfacio en la que el autor abandona el temple instructivo de su registro, así que se nota mucho el contraste.

Mi relato favorito fue «El bando perdedor», una magnífica historia de heroísmo trizado y trágico, casi un modelo del que deberían beber las fantasías oscuras que pululan por nuestro campo imaginativo. En ella, seguimos las desventuras de Lopo Feixoo, un veterano irmandiño gallego caído en desgracia que se ve envuelto en una seguidilla de complots políticos que solo le enrostran la miseria moral de los guerreros y hasta de sus antiguos compañeros, hasta que se ve forzado entre continuar en un abúlico camino de estabilidad o perseguir el honor hasta sus últimas consecuencias

Otro relato que valoré mucho fue «El husmo de la tierra», por su protagonismo infantil en el niño Roi. El autor identifica a este personaje con el estamento del campesinado, pero siento que además se puede leer en él al sujeto diferente a la norma: el niño es pelirrojo, y eso supone que una ristra de supersticiones crueles caigan sobre él y condicionen su destino. Es, además, un relato de maltrato y desamparo infantiles, con muchas escenas muy desagradables y apenas unas pocas de cobijo.

Un detalle que me quedó pendiente de esta obra fue la presencia de la mujer. No hay protagonistas femeninas, y los pocos personajes femeninos suelen ser abusadas por hombres o seres negligentes (la madre de Roi). Confieso que me hubiese gustado leer un cuento con una mujer protagónica, quizá una monja, quizá incluso por el reto que hubiera supuesto construir una historia probablemente más «claustrofóbica», introspectiva y quizá de muchas pasiones apenas contenidas entre otras hermanas. Eso habría supuesto un interesante contraste con otros relatos, más centrados en la acción o el desplazamiento.

Con todo, recomiendo echarle un vistazo a esta interesante obra, por su altísima calidad general y el valor de su propuesta. No suelo leer narraciones históricas, pero la vara ha quedado bastante alta con esta aproximación.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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