«Dura la lluvia que cae», de Don Carpenter

3–4 minutos

​​Una novela de realismo naturalista, tan dura en su desarrollo y conclusión como lo que sugiere el título traducido de manera literal del original (en la más reciente reedición de Trota Libros, se llama ahora Caía una lluvia intensa).

La obra nos cuenta sobre la difícil vida del huérfano Jack Levitt, primero desde la disfuncionalidad de la vida de sus padres (a los que no llega a conocer), luego desde una juventud delincuente que lo orilla a una adultez precarizada y, al menos inicialmente, vaciada de propósito. En medio de sus felonías, también conocemos otros personajes tan extraviados en la corriente de la vida de los desposeídos, como Billy, un talentoso jugador afroamericano de billar que sin embargo nunca logra hacerse una vida desde este campo y que termina tan entrampado (literalmente) como Jack.

Ambientada entre las décadas de 1930 y 1960 de Estados Unidos, la obra ofrece un feroz retrato de una juventud precarizada y abandonada por todos los sistemas (escolar, estatal, familiar), sin oportunidades claras de reinserción o redención social, y cuyo destino, ya sea temporal o definitivo, es el encarcelamiento, el punitivismo y/o la desesperanza existencial. Jack comienza como un chico pendenciero que se mete en más de un apuro, lo que lo arrastra a una correccional con métodos muy crudos de disciplina. Ya mayor, se reúne con otros y otras parias, y entonces termina ya en la cárcel. A su salida, el personaje intentará al fin reformar su vida a través de la conformación de una familia con una casquivana también cansada de sus propias correrías, pero el determinismo se impondrá de las más desalentadoras formas hacia el último tercio de la novela.

Esta es una historia que me ha sorprendido mucho tanto por su crudeza interior, muy esperable, como por la inesperada delicadeza de algunos pasajes, sin recurrir jamás a sensiblerías prosística. La amistad (y ese algo más) entre Jack y Billy, sobre todo en el contexto carcelario, es entrañable y depara diálogos sumamente potentes. Los sucesivos intentos frustrados del Jack adulto por enrielar el camino de su vida te hacen empatizar con su coraje. Sobre todo, me ha gustado mucho el meticuloso trabajo introspectivo que la narración le dispensa a sus pensamientos, cavilaciones y reflexiones claramente existencialistas ante su condición marginal.

En una reseña de Goodreads, un lector comentaba que esto le parecía artificioso considerando el perfil de truhan del personaje, sin educación. Pero ¿no está para eso, también, la literatura? Me parece que esta idea supone creer, de una manera un tanto condescendiente, que solo las personas formalmente instruidas son capaces de tener pensamientos complejos o introspecciones profundas sobre su propia vida. Aunque por cierto que el dominio más elaborado del lenguaje permite mayores exploraciones interiores, no creo que esta facultad humana solo esté restringida a una elite educada. Por algo la considero una facultad humana.

Lo que yo interpreto en este tipo de ejercicios estilísticos de “sofisticar” la narración del mundo interior de un delincuente de mente en apariencia básica es, justamente, darle una ventana artística a este tipo de personajes para expresar lo que sienten y piensan. Todo ese horror casi inefable de sentirse una bestia apaleada sin razón por el mundo, esa esperanza desgarrada de procurar enmendarse a sí mismos, el peso de un sino al que solo puede tratar de ganársele una que otra partida con una carta marcada…

Eso he leído yo en la vida de Jack. Y ha sido fenomenal, y doloroso, poder lograr empatizar con un personaje así, lo que también sugiere una forma de empatía con personas que vivieron o están viviendo aún sus requiebros.

En suma, una gran novela realista que retrata una expresión de vida que, contextos, décadas y naciones aparte, sigue muy vigente en diferentes partes de nuestro mundo.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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