Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Una historia de amor entre dos mujeres, una que redescubre su sexualidad y otra que termina asumiéndola: nada más simple y complicado que eso, sobre todo si consideramos que está ambientada en los años 50. En los paratextos que acompañan ediciones posteriores de la obra, Highsmith, reconocida autora de thriller, explica por qué inicialmente publicó la novela bajo seudónimo, a fin de no ser rotulada como “escritora lésbica”, y del positivo revuelo que causó esta publicación en la comunidad queer. De hecho, se reconoce a esta narración como una de las primeras en presentar una relación homosexual que logra eludir la fatalidad en los amantes.
Pero en realidad hay muchísimo más que se puede comentar de este libro. En principio, me ha parecido una novela realista muy bien escrita, ante todo un soberbio estudio de personajes ambiguos, la mayoría un tanto indeseables (incluyendo en algunas ocasiones, por cierto, a las protagonistas). La prosa es riquísima en sugerir mucho a partir de detalles cotidianos en principio triviales, un interesante reflejo de las constricciones culturales de la época y cómo se expresaba tanto a partir del silencio o los entredichos. Esto es especialmente notorio y valioso en la forma progresiva en la que se va construyendo la extraña relación entre la joven huérfana e introvertida Therese y la elegante y adinerada Carol, hasta desembocar en un vínculo sexoafectivo más o menos secreto que naturalmente es cuestionado y perseguido de maneras humillantes e injustas.
Al respecto, mi parte favorita de la novela es la primera, pues corresponde al precario trasfondo social y sicológico de Therese y a sus primeros encuentros con Carol y lo que Carol le hace sentir. En la segunda parte acompañamos a ambas mujeres en una suerte de road trip, en el que por fin las vemos acercarse un poco más, en paralelo a la persecución de la que son víctimas. Sucede que Carol se encuentra en medio de un complicado proceso de divorcio y de juicio por la tuición de su hija pequeña, y naturalmente no ayuda mucho en la causa que se descubra que tiene un amorío con otra mujer, para peor bastante joven. Es en esta segunda parte donde la novela adquiere la textura del suspenso por laque es conocida la obra de Highsmith, y si bien está llena de estupendos momentos narrativos (partiendo por la elegantísima narración del primer encuentro sexual entre Therese y Carol, siguiendo con las emotivas cartas finales de Carol y terminando por la sorprendente resolución final de Therese ante su situación), todo se vuelve mucho más ágil y menos nebuloso.
En cuanto a otros aspectos específicos que quisiera destacar de mi lectura de la obra, quisiera empezar con lo que abre la novela: el retrato del trabajo de retail o de una gran tienda. No recuerdo haber leído pasajes así de crudos en el realismo contemporáneo, y me encantaron.
Curiosamente, las incómodas escenas entre Therese y Richard, su soso novio, me gustaron bastante. Richard está caracterizado como un personaje odioso, que sin embargo siente un estupor que podríamos considerar válido y entendible al ver que el objeto de deseo de Therese no es ya otro hombre, sino una mujer magnífica. Es interesante cómo la novela explora el deterioro progresivo de esta relación inane, sostenida en principio más por costumbre y conveniencia que por afecto o entrega real entre ambos. En ese sentido, la carta que finalmente envía a Therese para reprocharle su “inmadura” decisión y amenazarle con la desgracia y el arrepentimiento es muy elocuente respecto a un contexto social que Carol también explicita más adelante: la molestia de muchos hombres de entonces que, sin amar realmente a las mujeres que eran sus parejas, no podían concebir que estas pudieran sentirse legítimamente atraídas por otras mujeres.
También me gustaron mucho, por supuesto, los primeros encuentros ambiguos entre Therese y Carol y los cuestionamientos de la joven ante sus sentimientos. En eso es crucial el punto de vista focalizado en Therese, que contribuye a mostrarnos a Carol como una mujer tan enigmática como fascinante, claramente idealizada, cuya verdadera interioridad apenas alcanzamos a entrever en las páginas.
Es intrigante ver cómo la diferencia de contextos, edades y experiencias de vida entre ambas crea unas dinámicas muy extrañas, en las que Carol expresa ver a Therese como una “niña” o una “huerfanita”, y a la vez comprender más tarde que eso está entremezclado con su propia atracción hacia ella. Por el lado de Therese, se nota mucho que su juventud le impide aquilatar la hondura de las luchas legales de Carol, así como lo que podría implicar ser madre divorciada en esa época (ahora, también es cierto que no logramos ver mucho de esa dimensión en Carol). Al respecto, creo que la idea de que esta es una novela con “final feliz” sugerido es quizá tan ambigua como la relación entre sus protagonistas, pues finalmente Carol pierde muchísimo en su apuesta, bastante más que Therese. Creo que el título original, El precio de la sal, también puede apuntar a Carol: es el precio que debe pagar por asumir su sexualidad, concebida como “desviada” en su sociedad.
Por supuesto, la relación entre Therese y Carol podría considerarse “problemática” hoy en día, pues sus diferencias etarias y experienciales la vuelve asimétrica. En ocasiones, Therese parece desesperantemente pasiva e insensible ante las necesidades de Carol como mujer adulta, con una familia trizándose; en otras, Carol surge como una figura de autoridad innecesariamente condescendiente o cruel con Therese. Tras leer la novela, resulta difícil dar con aquello que finalmente las unió, por encima de tantas adversidades (¡y tantas pérdidas!), y más allá del flechazo inicial. Pero creo que también eso es parte del encanto de esta obra: nos está mostrando una experiencia particular de relación lésbica (iniciática para una y consagratoria para la otra), con toda su dramática intensidad remarcada por las dificultades de la época, no discurseando sobre cómo debería ser un vínculo de pareja no tóxico según estándares contemporáneos.
Y bueno: creo que precisamente porque se desarrolla como tal, como una historia de exploración, descubrimiento y crecimiento mutuos, con todos sus baches a cuestas, la ambigüedad del final adquiere matices tan bellos de redención. Como en todo vínculo valioso y a la vez frágil con otro ser humano, solo podemos esperar a que dure, haciendo el esfuerzo correspondiente, y disfrutar de los buenos momentos. Hay esperanza en este desenlace de reencuentro, y está bien que no sepamos más de lo que ocurre después, aunque pueda venir con más baches aún. Porque supongo que esa esperanza es la que todos hemos acarreado, con más o menos personas valiosas, sea cual sea nuestra orientación, durante algún momento de nuestra vida.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 14 de enero de 2025, en el siguiente enlace.