«El rey de Varsovia», de Szczepan Twardoch

3–4 minutos

​​A medio camino entre el realismo, la novela histórica y la novela negra, esta cruda narración se ambienta en Varsovia, Polonia, en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, y en particular en las ambiguas comunidades judías de la época ante el auge sostenido de ideas fascistas.

Estas coordenadas podrían orientar las expectativas lectoras hacia ciertos derroteros acaso más heroicos o de resistencia política, pero en realidad se obra se centra en la manera en la que el núcleo del mundo criminal judío se enfrenta a este auge nazi. En ese sentido, la novela me recordó las narrativas sobre la mafia italiana, con el titánico Mario Puzo al frente, en su intento por delinear los claroscuros existenciales y morales de un grupo de hombres misóginos, violentos, crueles, hedonistas y, acaso, esencialmente tristes y patéticos.

La figura destacada de esta obra es Jakub Szapiro, boxeador, matón y mano derecha del padrino Kaplica. Szapiro es un hombre bruto fascinante, de gran magnetismo tanto con mujeres como con hombres (por razones diferentes, como cabríamos de esperar en una historia heterosexual). Pero en principio lo conocemos ante todo filtrado por la mirada obsesionada e idealizada de un joven Mojżesz Bernsztajn, el narrador de la novela, quien nos trasmite sus memorias de juventud desde su vejez. Así empieza, de hecho, el texto: Bernsztajn se focaliza en Szapiro y lo identifica como el asesino de su padre, un judío devoto adeudado con el Padrino.

Más importante aún de este inicio es el borrado que Bernsztajn hace de sí mismo, toda una declaración de principios que nos revela la ambigua posición del narrador respecto a los sucesos que narra y que recuerda difusamente. En efecto, una vez que Szapiro adopta al chico, lo vemos muchas veces acompañando a los matones en diversas pellejerías, pero siempre tras bambalinas. A medida que la narración avanza y comienzan a surgir ciertas discrepancias, notamos también que el viejo Bernsztajn vacila cada vez más en la fijación de sus recuerdos, y que los sucesos del presente son cada vez más intrigantes, lo que podría deberse a una complicación mayor en su vida. Pero ¿cuál? Esta cualidad de narrador no fiable es un aspecto muy bien logrado de la novela y que depara un giro narrativo fácilmente identificable si tienes algunas lecturas literarias en el cuerpo (o si jugaste Final Fantasy VII, jajaja), pero aun así muy satisfactorio y bastante elocuente respecto al mundo retratado en estas páginas.

Por alguna razón, me suelen disgustar las historias muy crudas en la ficción imaginativa comercial, pero esta novela me gustó muchísimo. ¿Por qué será? ¿Será que en este tipo de narraciones no miméticas hay más oficio literario? No lo sé aún. Por lo pronto, también me he dejado encantar por el matón Szapiro; me han gustado en particular los esbozos más melancólicos de su personalidad, sus recelos ante la posibilidad de un cambio de vida con su familia en la oportunidad de viaje a Palestina y su relación con Rizka, antigua prostituta.

En una entrevista o nota, creo haber leído que el autor no pretendía tanto crear un fresco histórico de aquella época en Polonia como (parafraseo de memoria) dar cuenta de las diversas formas en las que los humanos podemos hacernos daño a nosotros mismos, y creo que esa es una estupenda forma de describir la sensación que me ha dejado esta novela, llena al final de gente tan horrible como irreparablemente rota.

Como es de esperar, aquella crudeza que enuncié se expresa en la novela a través de las sombras habituales de la sociedad humana: violencia física (desde golpes a torturas), misoginia (prostitutas maltratadas, pederastía), extorsión o corrupción política, entre otras inmundas perlas. Esto la hace una novela mayormente incómoda de leer, pero muy atrapante desde esta oscuridad.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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