«Tiempos difíciles», de Charles Dickens

3–4 minutos

​He leído poco de Dickens, pero lo poco y nada que he explorado de su autoría me ha gustado bastante. Ahora bien, esta en particular es una novela muy extraña, al menos dentro de la producción de Dickens que conocía. No sé si habrá influido en algo mi edición específica, de Espuela de Plata, una editorial independiente española, que además traducía los nombres propios de los personajes. Le perdoné esa práctica que detesto porque tradujeron Coketown como Villahulla y amé ese topónimo. También me gustó que Sissy fuese aquí Celia. Lo que no les perdono es que la edición tenga tantas erratas: faltan numerosos guiones de diálogo y signos de puntuación, lo que fastidia la lectura.

Como sea, traducciones y erratas aparte, esta novela ofrece un elocuente caso de un fenómeno al que me he referido otras veces (de hecho, en el comentario de los ensayos anteriores; escribí este texto mucho antes, y ya saben que repito mis ideas principales una y otra vez): narraciones de pretensiones miméticas que sin embargo expresan con mayor nitidez y honestidad un espíritu de fantasía que varias populares novelas de fantasía comercial. 

En este caso, la voz narrativa se plasma explícitamente a favor de la imaginación y la maravilla para la educación intelectual de los niños, relatando las nefastas consecuencias en la adultez de quienes se ven criados desprovistos de este légamo formativo: los malogrados hermanos Louisa, emocionalmente anulada, y Tom, devenido en farsante. Ambos jóvenes son producto de las enseñanzas utilitarias de su padre, Thomas Gradgrind, cuya presunta efectividad se ve resquebrajada a medida que el argumento se desenvuelve a la Dickens: con mucho melodrama, conversaciones intensas y las vidas de muy diversos habitantes de Villahulla (burgueses, circenses, obreros) entrelazadas por una narración maestra, que retoma todo cabo suelto hacia el final.

Junto con las vívidas descripciones de la ciudad, el tratamiento de los personajes es una de las grandes bazas de esta obra. Dickens consigue articular unos magníficos antagonistas, tan insoportables y despreciables que llegas a desearles el mal a través de las páginas. Por contraste, claro, hay personajes que son pura bondad y tragedia, pero también otros con más matices e incluso amagos de arcos de crecimiento.

Mi personaje favorito resultó ser uno que aparece muy poco: Sissy/Celia Jupe. La clave del espíritu de Fantasía de la obra, para mí, reside en ella. Inmune a la formación utilitaria por su trasfondo circense (excelente elección de imaginario, por otro lado: el caos estilizado del espectáculo como reverso del orden artificial), la niña reaparece en la historia como joven para proteger y auxiliar a los hermanos Gradgrind (y a otros personajes aledaños) de diversas maneras. Ella es la gran esperanza de Louisa: un hada madrina en un mundo sin magia.

Tiempos difíciles desemboca en un final agridulce. Como es de esperar en una novela de Dickens, los malos sufren su merecido y los entuertos se enderezan, pero muchos buenos quedan rotos más allá de la restauración. Hay cosas que el realismo en sí mismo (y, por extensión, la propia realidad) no puede intervenir. Pero ahí están los párrafos finales de la novela, que retoman la celebración de los cuentos de hadas, la imaginación y todo lo que es hermoso, aunque esa belleza persista solo en Sissy y no ya en quienes más la necesitarían.

Cuánto hubiera podido hacer Dickens en Fantasía. Y cuánto, pese a todo, ha hecho por ella sin escribir desde ella, sin recurrir a sus textualidades propias.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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