Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Siempre es una alegría cuando una persona que es además una compañera contingente en las sendas de la Fantasía publica una nueva obra. En este caso, es el turno de esta novela de Carmen Romero, tuitamiga y joven autora española que se estrena en una editorial transnacional con una historia que se escapa del perfil habitual de la Fantasía comercial que abunda en este tipo de sellos, tanto por el preciosismo explícito y no culposo de su prosa como por la naturaleza del conflicto narrado.
Ritos de primavera (2023) es una historia de fés enfrentadas, de mujeres, de peregrinajes y, obviamente, de magia. Seguimos, bajo la voz de una primera persona bastante sobria (dicho como elogio), el propio rito de paso de Delia, una muchacha mestiza noble que, tras una infancia y juventud vacías, termina eligiendo el camino de la abjurada fe pagana de su madre muerta. El grueso de la novela corresponde al camino, interior y exterior, que emprende Delia junto a su gruñona maestra Enara, mientras ambas buscan reclutar otras mujeres sabias para fortalecer su castigada religión con un rito consagrado a sus diosas.
Últimamente he estado pensando mucho en el peso de la ausencia de la espiritualidad (bien escrita, no la mera mención de un panteón de dioses) en cierta Fantasía contemporánea, y lo mucho que he disfrutado de este tema en novelas en las que por fin lo he encontrado. En este caso, se aprecia una visión un tanto maniqueísta entre la fe pagana y el Credo, que asumo inspirado en ciertas preconcepciones del catolicismo. Sin embargo, el buen hacer de Carmen permite introducir algunos matices y sincretismos bastante interesantes en esta pugna, entre los que destaco la idea, que he podido articular a partir de algunas reflexiones por la propia Delia, de que el mundo se abre a una libertad de culto; solo debiera estar penalizada la agresión o destrucción del otro en su nombre. Que es justo lo que hace el Credo con las mujeres a las que tilda de brujas, y que es lo que instiga a Delia a continuar su difícil camino.
El foco de esta tensión, en la escala más pequeña de la obra, se presenta a través de una adversaria femenina que encarna mucho de lo que la gente suele odiar del cristianismo desaforado: enajenación, intolerancia e inmisericordia. Por fortuna, la narración permite construirla como un personaje más allá de la caricatura, sobre todo gracias a la forma en la que Delia se relaciona con esta muchacha y que se abre a la lectura arquetípica de una suerte de sombra de la protagonista.
Fuera de ello, disfruté mucho de la manera pausada en la que la narración desplegó este conflicto de cultos y la forma en la que este permeaba las vidas de las personas, así fuesen plebeyos o nobles. Igualmente, me pareció muy agradable la forma en se reapropió de pasajes y personajes de la Materia Artúrica para esta historia. En una nota también más personal, debido a mi afición a las figuras maternas “problemáticas” en la literatura, me encantó el tratamiento de Devana, la madre de Delia, y cómo su presencia fallecida está constantemente presente en toda la novela, como un enigma hecho de retazos de recuerdos. He dicho antes que esta es una novela de mujeres, en muchos sentidos, y Devana no es sino una expresión de una galería de curiosos personajes femeninos muy diversos entre sí, con complejas interacciones entre ellos.
Como soy metiche a veces, he curioseado la recepción de esta obra en RRSS, y me ha causado gracia ver el tipo de reparos habituales de algunas lectoras, que parecen sentirse un poco desconcertadas al verse frente a una novela que ha desafiado sus expectativas comerciales. A mí eso me parece estupendo. Ojalá hubiera más novelas “desconcertadoras” en estos sellos de Fantasía contemporánea.
Fantasistas sub 40: a reventar el dragón desde adentro, como Santa Margarita.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 8 de enero de 2024, en el siguiente enlace.