Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Este es el contexto de Cuando ellas fueron dragones (2022): Estados Unidos, años 50. En este mundo paralelo, existe la “dragonización”: un fenómeno en el que algunas mujeres, sin que se entienda aún cómo o por qué, se transforman en dragonas. Esto ha supuesto un tabú social y se ha empezado a silenciar estas transformaciones y sus ¿responsables?, ¿víctimas? como se ha hecho también con el lesbianismo, la menstruación y otros tópicos “difíciles” afines, vinculados a la experiencia femenina.
Alex es una niña que crece en una familia tradicional llena de sexismos y silencios, salvo por la díscola tía Marla, que obviamente termina dragonizada. La madre es una mujer sometida a su contexto, alguien que sin embargo lleva todo un mundo interior secreto y que resulta un enigma para Alex, hasta mucho más allá de su fatídica muerte por cáncer. El padre es un hombre ramplón y básico que no tardará en revelar la crueldad de su indiferencia al armar otra familia y abandona en el proceso a la protagonista y su hermana Beatrice. Y esta se vuelve, con el tiempo, en el gran sostén de Alex, quien acaba volviéndose su única figura tutelar.
Con el tiempo, y gracias tanto a sus propias experiencias de vida como a las de la más rebelde Beatrice, Alex comprende el daño de la falta de comunicación, sus propias pulsiones y la fascinación prohibida por las dragonas.
Esta es una novela curiosa, dura y tierna. Se ha presentado también como feminista y alegórica, lo que despertó mi suspicacia. Una de las flaquezas que evidencié, desde mi mirada, es que muchos hombres del libro sobre todo el padre de Alex, son unos miserables. No creo que, para resaltar el feminismo y la sororidad, debamos hacer de los personajes masculinos unos malos de cartón. Los hombres patriarcales de la época eran mucho más ambiguos y complejos, incluso si eran objetivamente unos desgraciados: eran humanos. Creo que eso aportó un drama innecesario a la relación entre Alex y su padre, que de tan odiable me dio lástima como estereotipo.
Otra de las flaquezas, esta vez más literaria que ideológica (no, esto es mentira: verán enseguida que también es ideológica), es la naturaleza y desarrollo de las mujeres dragonizadas. De presentarse primero como seres más allá de la sociedad, hacia el último tercio se muestra a algunas (al menos, no todas) regresando y buscando reintegrarse, cotidiana y políticamente, a sus comunidades. Eso me alejó de la belleza inherente de una transformación semejante. Quiero decir: si pudieras convertirte en un dragón… ¿de verdad querrías regresar a, no sé, tu trabajo de oficina? ¿Hablarías en una… conferencia mundial? Ja, ja, ja, ¿en serio?
¿Se podría hablar de una vocación política-feminista en un ser que ya no es humano, y que a lo mejor ni siquiera es ya biológicamente hembra como tal? En cualquier caso, sería otra política u otra cosmovisión, unas incognoscibles para nosotros.
Si la obra plantea que el problema es la constricción patriarcal de la sociedad y propone la dragonización femenina como solución, ¿no tendría que suponer eso entonces no solo trascender tal constricción, sino el concepto mismo de sociedad humana? No necesitas una respuesta tan fuerte para una pregunta tan mundana, aunque sea importante. Si eres un dragón, no tiene sentido arrasar solo con los hombres machistas: ¡arrasa con el mundo entero! ¡Crea tu propio mundo en tu fuego!
De ahí el peligro de la alegoría que subyace a esta obra y a cualquier historia que emplee este tipo de símbolos tan fuertes de estas maneras tan inanes.
El verdadero enemigo no es el patriarcado. Una dragona no es una mujer poderosa. Por favor: hay que leer y pensar más Fantasía. Y hay que ser menos secular.
Ahora bien, tratando de mitigar la decepción que me supuso este enfoque, debo conceder que la novela aborda muchos temas que me tocan el corazón: la relación tensa entre madre e hija y la protectora entre hermanas, las bibliotecas y el conocimiento como lucha política, la necesidad de tomar decisiones y dejar ir lo que amamos, las relaciones románticas entre mujeres… y dragones, obviamente. Dragonas. Bellas y titánicas dragonas de ojos hermosos y escamas relucientes.
Por supuesto, en principio me ha parecido genial el tratamiento de una sociedad reprimida y la seriedad con la que se plantea la dragonización como un símbolo de protesta contra las injusticias históricas de las mujeres. Es una lástima que la propuesta se haya orillado hacia estos derroteros que al menos a mí me parecen desconcertantes. Pero el buen oficio narrador de Kelly Barnhill, que además tiene una prosa elegantísima y una pasión desbordante en la construcción de su historia, ayuda a compensar estos problemas.
Al menos acompañé a Alex en todo su viaje, y el desenlace de este me llenó de dulce melancolía. Al menos eso sí es un efecto de Fantasía.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 8 de enero de 2024, en el siguiente enlace.