«Babel», de R.F. Kuang

8–12 minutos

Es esperable que la ficción nos produzca respuestas emocionales intensas, aunque no me esperé llegar a sentir enojo ante una obra como Babel. Las razones más pormenorizadas de esto se enraízan en motivos muy personales, que tendría que explorar por escrito con una minuciosidad y extensión que no son pertinentes en este tipo de entradas, así que omitiré su desarrollo por ahora y abordaré aspectos más generales.

Babel es una novela de tesis que bordea el panfleto. La obra nos narra una forma invertida de Bildunsroman para presentarnos la historia del protagonista Robin Swift, un mestizo arrancado de China para convertirse en un estudiante modelo del Instituto de Traducción de Babel, en Oxford, que termina volviéndose en su contra tras descubrir los horrores que sostienen sus privilegios. La novela pretende disertarnos sobre los males del colonialismo, el clasismo, el imperialismo y el racismo, entre otras atrocidades afines a la Inglaterra de la primera mitad de 1800 (y que se extienden, de diversas maneras, hasta hoy).

Por supuesto, el discurso de fondo es doloroso y certero en la muestra de estos horrores, pero carece de un tratamiento matizado que hubiera podido aumentar la desesperación de su lectura. Gran parte de los personajes ingleses son seres abyectos, que tratan a sus pares no blancos con un desprecio más o menos soterrado según las circunstancias, y cuya valoración de estos es más funcional, como si solo fuesen recursos útiles para el Imperio. Esto predispone al lector a odiarlos y justificar como víctimas heroicas a los personajes de orígenes no caucásicos, a pesar de que algunos de ellos perpetren acciones criminales (o derechamente atroces) a lo largo de la novela.

Si bien la historia intenta presentar otro tipo de discursos, y hace esfuerzos particulares para transmitir la ambigüedad ideológica inicial en Robin, enfrentado entre su original China ruinosa y el esplendor de su Oxford académica, lustrado de sangre, la narración parece incluir estas miradas divergentes solo por protocolo, para insistir en la que se refuerza en la obra y que ya está apuntada en el subtítulo: la necesidad de la violencia como única vía efectiva para poner en jaque al poder hegemónico.

Esta mirada en sí es muy delicada de discutir, pero quiero detenerme ante todo aquí en la forma en la que se despliega en la obra. Robin experimenta una dura radicalización en la historia. Es verdad: la novela es bastante extensa y se toma su tiempo para crear esa sensación de que este proceso es paulatino, forjado a partir de eventos específicos. Pero tanto el protagonista como otros personajes toman ciertas decisiones terribles que parecen muy precipitadas, y más aún sus consecuencias éticas, morales y emocionales. Leemos el dolor de Robin ante todo esto, claro, pero la narración parece presentárnoslo como el sacrificio de un mártir, sin que se aprecie con la nitidez suficiente la posibilidad de que se trate también de una obcecación que ha errado su camino, o que al menos pueda ofrecer un retrato con más claroscuros, como correspondería a un personaje en un contexto así de fascinante y doloroso. La narración aparenta tratar de realizar diversas piruetas argumentales para forzar el sendero de la violencia, sin agotar otras opciones alternativas o adoptar una visión más atípica.

Otro personaje importante (omitiré su revelación, porque forma parte de un giro de trama) experimenta una transformación homóloga a Robin, aunque contraria ideológicamente, pero se aborda de una manera tan pedestre que a mí me pareció más una instrumentalización para probar el argumento de que los blancos nunca podrán entender el drama del «racializado», que en el mejor de los casos serán aliados, y que en realidad esto siempre esconderá la posibilidad de las más horrible traición.

Aunque en este personaje esto se ve de manera explícita, da la impresión de que casi todo el elenco de este libro tiene una dimensión más funcional (en el sentido, quizá, de las funciones de Vladimir Propp del cuento maravilloso) que de figuras humanas propiamente tales. De ahí que incluso organizaciones, ya sea el cuerpo docente de Babel o la propia célula revolucionaria de la Sociedad Hermes, parezcan a veces caricaturas en la exposición de sus ideales.

Estas miradas parecen afines a la discursividad de nuestra generación (millenial) en redes sociales, crítica que ha sido habitual en la valoración de esta novela. No ahondaré aquí respecto a eso en particular. Sí diré que el problema narrativo que me sugiere este tratamiento es que se produce un extraño efecto de anacronismo en la textualidad ideológica de la obra, que dentro de todo se presenta como una suerte de Fantasía histórica-ucrónica ambientada en unas coordenadas espaciotemporales (y culturales) bastante precisas.

La autora confiesa haberse permitido algunas licencias históricas, pero esta quizá es la más complicada, junto con la inefable decisión narrativa de que la presencia de la magia en esta otra Inglaterra no haya alterado significativamente el curso de la Historia universal. Es decir, leemos casi la misma historia de nuestro mundo, solo que con la inclusión de las barras de plata que encierran y proyectan su magia a partir del significado perdido en la traducción de dos o más vocablos. Esta concepción mágica lingüística es fascinante, de lo más fascinante de la novela, pero se ve mínimamente aprovechada. Esto no solo porque haya lagunas argumentales en el uso y alcances de estas barras (un fallo menor para aquellos a los que no nos interesa mayormente el worldbuiling), sino porque no se ahonda en su sustrato ontológico-epistemológico como elemento propio de la estética de la Fantasía.

Para el caso, las barras funcionan y se conciben como mera tecnología, no como magia. No hay presencia alguna de lo numinoso, la maravilla o la sacralidad en este acercamiento, salvo el deslumbre intelectual inicial y reverente de los chicos al descubrir el efecto de las barras. Y esto me ha parecido espeluznante.

Desde luego, se entiende hacia dónde quería ir la autora: hacia una dirección probablemente más cercana a la alegoría para denunciar esa otra cosa espeluznante que es el abuso de los poderosos. La novela es sumamente secular desacralizada en este aspecto, lo que en sí mismo está bien en la medida en que parece una opción consciente. Pero eso me conflictuó más de lo que esperaba, por mis propias visiones ante la Fantasía. ¿Cuál es la razón entonces de que Kuang haya elegido contar su obra desde la Fantasía? Me pregunté además si esa falta de espiritualidad, ese ateísmo simbólico, no afectará también el desarrollo de las atrocidades de ciertos personajes y su limitado tratamiento en cuanto a consecuencias trascendentalistas, más allá del desarrollo del argumento.
En fin: podría seguir y seguir en esta línea.

Ahora, si critico tanto esta obra, ¿por qué la incluyo aquí? Porque también me gustó. Disfruté y sufrí la lectura. Me hizo sentir cosas, me hizo pensar en mí misma y en mi relación con la Fantasía. Y ese tipo de cosas es lo que pido a una obra de esta estética, por más reproches que me despierte su ejecución desde esa dimensión.

En sí, Babel está muy bien escrita. Su prosa es sorprendentemente ágil, pero no superficial. Hay quienes dicen que tiene problemas de ritmo; yo nunca lo sentí así. Hay partes más lentas, claro, pero estaba tan horrorizada con lo que pasaba en ellas que debía seguir leyendo. En lo personal, me suelen molestar las historias oscuras que elijen una prosa llana y rápida para contarse, pero creo que en este caso funcionó de acuerdo con los propósitos discursivos de la novela. La densa información contextual y política es muy digerible. Sin embargo, aunque su transmisión no deja de percibirse como un gesto medio teatral cuando viene de los personajes, e insustancial cuando viene de las innecesarias notas al pie de página, esto no me pareció un problema. Quizá algún lector más joven que no haya pensado en este tipo de asuntos por falta de estímulos encuentre en esta lectura una primera aproximación a estos temas.

Por otro lado, aunque el cuarteto protagonista sea poco profundo y esquemático, me gustó mucho que la obra insistiera tempranamente en el tono de edad de oro que no está destinada a durar, que más bien habrá de corromperse de alguna manera. Me encanta este tópico en particular, aunque me resulta muy doloroso por experiencias personales. Si bien hubo una decisión específica de la autora para quebrar esta amistad que me enojó muchísimo, es evidente su trabajo previo en la exposición y desarrollo de sus grietas, en contraste con esos pequeños momentos de calma que cada vez se iban difuminando más y más.

Por último, la concepción de la magia de las barras de plata es bellísima. Como dije, detesto que Kuang haya decidido no transformar el mundo de arriba abajo con su inclusión, no lo entiendo, pero bueno: es su historia, no la mía. La constante exposición etimológica que ronda la presencia de las barras también me gustó mucho; me pareció bella, legible y hogareña, como supongo que debería parecerle a cualquier persona humanista con sensibilidad filológica. Está muy bien presentada la tensión en Robin entre el cariño por su estudio y el horror ante el mundo que, a fin de cuentas, lo permite. Y, claro está, destaca también la atrocidad general del mundo académico formal, que es lo que ha llevado a muchos lectores a catalogar esta obra dentro del subgénero dark academia.

Por otro lado, incluso cuando estas explicaciones empiezan a aparecer en momentos cada vez más turbios de la historia, lo que alguien podría considerar como un problema de tono, para mí crea un contraste interesante: así piensa una mente formada en la intelectualidad. De hecho, el pensamiento y el conocimiento ayudan a lidiar con los horrores circundantes. O bien, desde una mirada más desencantada, reflejan la degradación de un personaje que, aun luchando contra el elitismo del Imperio, no puede evitar pensar en lo que este le ha enseñado, porque se ha formado en él.

Uno de mis momentos favoritos de la obra fue el desenlace, pese a su horror, porque siento que ahí Kuang logró rescatar parte del sustrato estético de la Fantasía para crear un final dicatastrófico que, en el fondo, siempre rondó el tejido de la novela. Ese tipo de momentos en las novelas ajenas de Fantasía me entibian por dentro: sean dichosos o trágicos, me hacen sentir menos sola; me recuerdan que hay otras personas que entienden lo importante de la Fantasía, lo que solo ella puede ofrecer.

No diré que mi enojo, mi tristeza y mis reparos íntimos ante Babel se vean del todo redimidos ante lo que muestra su desenlace. Pero sí me da esperanzas hacia el futuro de la escritura de Fantasía de R.F. Kuang, que ha escrito esta novela siendo una mujer muy joven, cuando su premisa y honduras apuntaban a que debía ser escrita con una mano más madura.

Ojalá en su futuro como escritora Kuang descubra que el marco ético-estético Fantasía en la ficción permite, precisamente, a diferencia quizá de nuestro mundo real, explorar alternativas salvíficas a la violencia.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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