Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Desconcertantemente, Lady Hotspur (2019) fue mi lectura favorita del año 2023. Aluciné tanto con esta historia que hubo momentos en que se volvió casi insoportable aparentar aplomo en mi vida cotidiana cuando mi mente estaba explotando en fuegos de colores. Con decir que originalmente había empezado a leerla en un ebook pirata y, llegado hasta cierto punto, hacia la página +400, colapsé y me compré el ejemplar físico aprovechando un descuento generoso de Buscalibre (es un libro enorme, de más de 700 páginas en mi edición, y está carísimo en el comercio formal), lo que me movió a empezarla a leer de nuevo.
Las razones de mi vergonzoso entusiasmo son múltiples, y no todas estrictamente literarias (aunque, en realidad, ¿por qué digo eso? Todo lo no literario se teje también en el texto, ¿no?), pero como este pretende ser un blog más o menos compuesto, me centraré aquí en lo que corresponde: su sustrato como obra de Fantasía, y cómo sus elementos narrativos centrales se encargan de expresarlo.
En principio, es importante consignar el contexto. Esta es la segunda parte de un proyecto que la autora, Tessa Gratton, ha dedicado a reescrituras de obras menos conocidas de William Shakespeare, desde la Fantasía. La primera obra de esta serie es Las reinas de Innis Lear, basada obviamente en El rey Lear. Leí esta novela hace unos años, creo que en pandemia, y me dejó un poco fría en su momento. Hubo muchos cosas que me gustaron de ella, y hoy puedo aquilatar de mejor manera su trabajo prosístico y la hondura mágica de su universo ficcional, pero la distancia del tiempo me ha hecho pensar que quizá no me gustó tanto con el corazón porque muchos de sus personajes me cayeron mal, y hubo muchos desastres y muertes al final.
Lady Hotspur arranca bastante tiempo después de los sucesos de Las reinas de Innis Lear, en el mismo universo ficcional, de modo que algunos protagónicos de esta última historia adquieren aquí matices legendarios. Lady Hotspur se puede leer de manera autónoma, pero creo que eso podría hacer un poco más áspera la experiencia de inmersión, que ya es algo dificultosa al inicio por la profusión de personajes secundarios y la madeja política introductoria. Creo que ayuda mucho tener el marco de la obra anterior, tanto para fines de la ubicación de las naciones en tensión (esto para la dimensión política) como para la comprensión de la vívida concepción de la magia trabajada por la autora (esto para la dimensión de Fantasía). Lo señalo sobre todo porque la obra está llena de interludios que aluden a sucesos y personajes de Las reinas de Innis Lear, muchas veces sin identificación explícita (hasta muy tarde), y eso podría hacer que todo parezca aún más críptico de lo que ya es.
Pero las relaciones entre estas dos novelas trascienden estos nexos narrativos. Creo que Lady Hotspur potencia todos los aspectos que me habían atraído de su precursora, añadiendo otros que fueron de mi plenísimo agrado. Intentaré comentar algunos y vadear el territorio de los spoilers.
Como el título sugiere, Lady Hotspur es una reescritura de Enrique IV, y se sostiene en un molde de genderbending queer. Es decir, tanto los personajes de Hal como Hotspur, originalmente varones, son aquí mujeres, y sáficas. Su intenso romance está al centro de una confluencia de aristas diversas que se intersectan en el corazón de Fantasía de la obra, desde el conflicto político más mundano a la metafísica de las reinos mágicamente tensionados de Innis Lear y Aremoria, con una retahíla de terrosidades, profecías estelares y símbolos arquetípicos que signan a sus tres principales protagonistas y que las entroncan con el destino de su mundo: Hal como el león, Hotspur como el lobo y Banna Mora como el dragón. Algunas vez todas amigas, se crea entre ellas un confuso triángulo afectivo, en el sentido más general y dramático del término. Las relaciones de las tres, entre cada una de ellas con otra, y entre todas juntas, están salpimentadas de muchas ambigüedades, algunas tan luminosas como otras sombrías.
Por otro lado, me encanta cómo la obra presenta la magia: como una fuerza viva, orgánica y siempre presente, con su propia voluntad delineando los destinos humanos. Las voces del viento, la muerte en la cicuta y la resurrección en el agua de raíz de Innis Lear; los santos terrenales, los árboles reverentes y la Fiesta del Revés de Aremoria: todo es muy evocador y agradable de leer, en descripciones físicas y atmosféricas sorprendentemente contundentes para la abulia generalizada de la prosa de novelas gringa de Fantasía contemporáneas. Me encanta, también, la insistencia cansina de las profecías sobre nuestras protagonistas, y cómo ellas y casi todos los personajes se desesperan ante su recurrencia e ilegibilidad, hasta que se entregan a su incertidumbre. Eso es lo que, creo yo, debe hacer la dimensión de Fantasía en una obra que tiene tantos elementos y que a veces parece querer dispararse inexplicablemente por otros lados, mucho más insípidos (cof, cof, Martin): recordarnos que estamos en un mundo encantado, y que aquí la magia y lo humano tienen que caminar juntos.
En cuanto a los personajes, me permitiré ahondar en lo más personal y diré que amé a la príncipe Hal, caballero de Aremoria. Me fascinó su presentación inicial como una mujer romántica (en el sentido “artístico” del término): una bohemia, lujuriosa y borracha, pero también una amante del poder transformativo de las historias y una líder carismática, que comparte directamente con su pueblo. Y, por supuesto, alguien con sus propias sombras, expresadas en una ansiedad desbordante, su conflictiva relación con una madre ausente que espera de ella cosas que no puede entregar, una vulnerabilidad que muchos ven al principio como un yerro y una tendencia a la ideación suicida o catastrofista desde pensamientos intrusivos. Por supuesto, Hal experimenta un arco de decadencia y crecimiento interesante en la obra, a la par que el Hal de Shakespeare, y vibré con cada una de sus muestras de contención y madurez posteriores, sobre todo las más sutiles.
No suelen caerme bien los personajes vividores, pero con ella conecté de una forma sorpresiva y la quise mucho. No sé, la ficción es extraña en sí misma y a veces nos golpea de formas más raras aún. No hay que meterle mucha cabeza, supongo. Como a la magia misma.
Hotspur corresponde al arquetipo de la mujer caballero estándar: fiera, temperamental y leal, pero la obra también se permite escarbar en variados matices emocionales, y otros hasta insospechados, algunos con los que también conecté desde un lugar íntimo. Revelar más sobre las líneas de su arco de personaje sería quizá spoiler, pero me permitiré apuntar que, como toda mujer caballero desde este molde que se precie, es también tributaria de Éowyn, lo que probablemente igual influyó en mi amor por ella, a pesar de mi reproche personal hacia algunas de sus (absurdas) decisiones y acciones.
Banna Mora es la que me ha dejado más indiferente, y quizá la clave sea un comentario de la propia autora sobre su desarrollo: es un personaje que está muy enojado, incluso cuando ya no vale la pena estarlo. Yo ya no estoy tan enojada (creo); probablemente haya visto un reflejo de mi ser pasado en ella. Quizá también influye en que es bastante adusta, desagradable hasta con la mejor versión de Hal, y que más adelante se vincula con otro personaje que me pareció muy insufrible. Como sea, ella se lleva uno de los episodios más bellos de la novela, al final de la primera parte (no en vano su símbolo es el dragón), y conecto también con su búsqueda: dejar de estar escindida, ser íntegra.
Por supuesto, la obra también tiene sus fallos. No está exenta de algunos gazapos estilísticos un poco extraños, casi siempre asociados a elementos cotidianos o sexuales, que yo al menos percibí casi como leves caídas de frame: algo molesto, pero que no arruinó mi inmersión, a diferencia de lo que me pasó con Alas de sangre. También es importante advertir que hay muchos pasajes y diálogos excesivos y medio ridículos, por su dramatismo. Ahora, para fortuna mía, fueron justo del tipo de excesos y ridiculeces que disfruto. Por último, siento que hay una curiosa disonancia entre la ideología de este universo ficcional y parte de los conflictos mundanos de la historia. Sintetizo: si en este universo las mujeres pueden ser tan fuertes físicamente como los hombres, y si en general no son (tan) cuestionadas en sus méritos por razones sexistas, ¿por qué no pueden casarse entre sí? El problema de la descendencia directa se discute en algunos personajes desde alternativas razonables, pero las barreras sociales que les abruman se imponen en principio desde bases que no termino de entender, lo que deriva en diversos matrimonios forzados con dinámicas perturbadoras o incómodas, que se sienten como un añadido intenso (pero acaso innecesario) al drama preexistente, sobre todo por la forma en la que se resuelve todo este lío al final de la historia. Personalmente creo que los diversos perfiles de los personajes ya permitían hacer crecer los roces y las distancias desde sus propias personalidades antes que desde hechos externos impuestos, pero bueno.
Una última nota pertinente: estaba histérica cuando entré en el tramo final. La razón es obvia: Enrique IV es una tragedia, y la forma en la que presenta eso se volvería especialmente atroz en una reescritura en la que Hal y Hotspur estuviesen enamoradas. Estuve rabiando sola porque estoy muy cansada de que la Fantasía se pegue tantos rodeos para evitar la eucatástrofe, cuando esa es su (fíjense bien en la palabra que voy a usar) GRACIA. Es una mácula estructural, podríamos decir incluso.
En 1992, Brian Attebery planteó que la Fantasía solía tener una resolución propia de la comedia, en la medida en que las cosas efectivamente se resolvían de maneras positivas y liberadoras (eucatástrofe), en lugar de los horrores propios de la tragedia, que en su catarsis no alcanza del todo una redención profunda del espíritu (ese es un pensamiento mío, no de Attebery, creo). Entonces, me enojaba mucho pensar que alguien cogiese una historia originalmente trágica, la recontase desde la Fantasía… ¡y siguiese cerrándola de manera trágica! Un sinsentido, a mi sensible juicio. Si vas a comprometerte con la Fantasía, salva al mundo, a los personajes. Salva lo que tenga que ser salvado, por Dios. La realidad ya es bastante horrible por tantas cosas. Dejémosle el derrotismo al realismo contemporáneo.
Mientras pensaba cómo terminaría Lady Hotspur, cuando se presentaba al fin el gran conflicto metafísico, se me ocurrió un giro desde la Fantasía que efectivamente se anunció en la obra, en el momento más crítico… Pero después cambió. Y fui inmensamente feliz, porque no lo hubiese esperado, y porque fue Hal quien dijo algunas palabras clave en relación con esa resolución.
En fin: la quiero mucho a Hal.
Estoy contenta de haber conocido esta historia, estos personajes y esta magia, y haber encontrado en todos ellos lo que siempre busco en la Fantasía, pero que en realidad no sabía que buscaba desde estas formas específicas.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 8 de enero de 2024, en el siguiente enlace.