Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Virginia Woolf era una escritora tremenda, tanto en su técnica literaria como en la hondura y elegancia de sus reflexiones eruditas y cotidianas. En esta compilación de la editorial chilena Alquimia, se reúnen un conjunto de textos diversos dedicados a explorar los vericuetos de la relación entre los elementos del título, así como lo que implica la política en general en las prácticas artístico-culturales. Junto a este libro tuve acceso a otra compilación homóloga, de la argentina La bestia equilátera, y las leí casi en paralelo. Salvando por el hecho de que algunos textos se repiten y de que hay algunas divergencias naturales en la traducción, me pareció más interesante el foco de la edición chilena. Me alegra mucho que, desde hace ya unos años, las editoriales independientes locales estén fortaleciendo su catálogo de traducciones y estén haciendo circular desde sus propios sellos a autores canónicos. Quienes refieren a la presunta colonización de pegarse al canon eurocéntrico siendo latinoamericano parecen olvidar que leer esas obras y esos autores desde aquí, desde ahora, puede ser también una forma de reaparopiarse de aquellos escritos y escritores.
Como no soy de Letras Inglesas (:’c) y nunca tuve oportunidad de hablar de autores angloparlantes en Letras Hispánicas, me declaro más bien ignorante en cuanto a la apreciación contemporánea de Woolf, fuera del emblemático ensayo feminista Un cuarto propio. Al margen de ello, creo que esta selección de ensayos pueden leerse tan contingentes y relevantes en su esencia como aquel otro, pese a los matices contextuales. En lo personal, me sorprendió descubrir a una Woolf sumamente comprometida con su posición como intelectual pública; tenía el prejuicio que era más bien una señora snob (no en un sentido negativo para mí), y lo era hasta cierto punto, claro, pero no era solo eso. Junto a la ya conocida reflexión sobre la mujer como artista, Woolf piensa en el potencial político y liberador de la palabra en sí, en las siempre contingentes tensiones entre pasado y presente (ahora que ella misma es parte de nuestro propio pasado, en cierto modo), en los privilegios de los que depende el artista y los privilegios que derivan de la obra artística, entre otros asuntos afines. También destacan sus pensamientos expresados ya no solo desde las formas más convencionales de la conferencia o el ensayo, sino también desde las cartas enviadas a editores u otros escritores, en donde se aprecia también un componente algo más irónico.
En cuanto a aspectos formales, siempre es una delicia perderse en la prosa de la autora. Empiezas en una parte y terminas en otra muy distinta, o derechamente no terminas y continúas con sus palabras resonando en tu cabeza o continuando nuevos senderos de pensamiento. Y eso considerando además de que los textos antologados no son particularmente extensos, algo que me sorprendió y despertó mucha admiración debido a mi incontinencia verbal habitual. Desde luego, me gustaría aprender mucho más de Woolf, considerando también su sorprendente obra ficcional, pero creo que leer este compendio de reflexiones me ha ayudado a recalibrar mi mirada inicial al trabajo de la autora.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 3 de enero de 2022, en el siguiente enlace.