«La hija del rey del País de los Elfos», de Lord Dunsany

2–3 minutos

La obra de Lord Dunsany era uno de mis pendientes más graves en Fantasía canónica, y por fin este año pude comenzar a saldar esa deuda. Desde luego, la experiencia fue magnífica, aun cuando leí esta novela en una precaria edición española (les sugiero esta otra, de la Perla Ediciones de México, cuya portada ilustra este comentario), con numerosas erratas y aparentes problemas de traducción. 

La hija del rey del País de los Elfos cumplió todas mis expectativas y a la vez me propuso una belleza que no habría podido imaginarme. Quizá suene extraño de plantarlo así, pero siento que esta novela de Dunsany contiene y refina buena parte de mucho de lo que amamos de Faërie, de modo que es sencillo distinguir en la novela ciertos aires que luego reconoceremos en tantas historias queridas, incluso contemporáneas, incluso aquellas que en principio no tuvieron una influencia directa o reconocida del autor. Dunsany es como un maestro común, o un archimaestro, término menos gratuito de lo que parece cuando recordamos que Ursula K. Le Guin lo reconocía como uno de sus tutores estilistas. Desde luego, como lo leí en español, tengo el sesgo de la traducción encima, pero aun así la prosa de Dunsany es bellísima; diría incluso que es el lenguaje de Faërie, o quizá al menos una de las expresiones estéticas mejor conseguidas para acercarse a ella.

Como la experiencia de Faërie suele quedar contenida en atisbos, quisiera consignar aquí algunos pasajes particulares que me emocionaron profundamente: el magistral trabajo descriptivo para dar cuenta de Faërie como reino crepuscular, suspendido en el tiempo, silencioso, irisado de cautivantes colores; el trasgo que llegaba al mundo de los campos conocidos y que se asombraba ante el hallazgo del paso del paso del tiempo; la comitiva de marginados de la que se proveía Alveric (porque solo los raros tenemos el coraje suficiente como para ir tras el Reino Peligroso), la idea de una Faërie móvil, no circunscrita necesariamente a un espacio físico concreto; o el encuentro de Alveric con sus juguetes rotos en la búsqueda de este Otro Mundo, que nos recuerda que ese nexo entre Fantasía e infancia, pese a los reparos de Tolkien, puede ser más vívido de lo que quisiéramos creer ahora, desde nuestra adultez.

Incluí muchos de estos fragmentos en las dos versiones de este año de mi curso de introducción a la literatura de Fantasía y los alumnos lo recibieron estupendamente, a pesar de mis temores de que el estilo más denso del autor espantara a alguno. Estoy muy, muy contenta de haber podido descubrir esta novela y de haberla descubierto a otros.
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En fin, solo resta decir que, si te interesa mínimamente la Fantasía como arte literario, esta novela es tan ineludible y básica en tu recorrido como Fantasista como El Señor de los Anillos o Historias de Terramar.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.