Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Probablemente una de las mejores novelas contemporáneas de Fantasía de los últimos años. Puede sonar muy estirado comenzar así cuando yo misma he eludido leer o seguir leyendo a algunos de los autores cuyos nombres más tañen en el medio y que cada vez me interesan menos: Brandon Sanderson, Patrick Rothfuss o N.K Jemisin, por ejemplo, pero no me importa. Considerando mi aparataje de prejuicios hacia lo contemporáneo, que esta haya sido la mejor lectura del año ya dice bastante. Al menos parte de la crítica respalda este juicio, si bien creo que esta valoración no ha venido acompañada por una rotunda recepción de la comunidad lectora, al menos no en ámbito hispano.
Honestamente, y a pesar que muchos ya saben que me repugna el éxito y el sonsonete fantoche de los vencedores, no entiendo cómo una novela como ésta no es más conocida y celebrada. No solo es una obra literaria magnífica y deliciosamente escrita, sino también una divertidísima. Su sentido de la intriga es estupendo, con una gracia que solo había encontrado antes en Lud-in-the-Mist, pues por lo general las historias demasiado rápidas, según las convenciones prosísticas actual, se me vuelven aburridas. Jonathan Strange y el Señor Norrell, en cambio, exhibe un sentido del oficio narrador tal que todo parece estar en control.
Pero acaso lo más llamativo sea su concepción de la magia. En aquella Inglaterra imaginada, esta siempre ha existido, siendo por muchos siglos una fuerza omnipresente. Pero, hacia el siglo XIX, época en la que transcurre la historia, la magia se ha visto reducida a una farragosa disciplina académica de señores privilegiados que se la pasan hablando sandeces pedantes, justo como en la academia humanista de nuestro mundo real. La irrupción del señor Norrell, un señor tan amargado como verdadero especialista de la magia, llega a remecer este mundo decadente: a pesar de su tedio supino, Norrell se presenta como el único mago práctico, uno que pretende restablecer la magia en Inglaterra.
Aunque en principio no parezca tan claro, Norrell actúa movido ante todo por su sentido patriótico (más folclórico que de partidismo político, por fortuna) y por su honesto (aunque extravagante) amor hacia la magia misma. Sin embargo, nuestro mago es un hombre excesivamente celoso de su arte y de sus conocimientos, además de estar muy lejos de la figura de adalid que podría captar más interesados. Su misión se verá entonces complementada cuando aparezca Jonathan Strange, casi su contraparte: un hombre joven, entusiasta y carismático. Lo más importante, no obstante, es que su amor y talento por la magia es homólogo al de aquel que será su maestro. La relación entre estos dos protagonistas, con sus particulares y muy distintas visiones en torno a la magia, junto todo lo que surge a su alrededor, en esta disparatada búsqueda mágica, es el corazón de la novela. Es también, por supuesto, un planteamiento maravilloso para quienes reconocemos la propia magia como arte, literatura, y nos vemos reflejados al mismo tiempo en uno como en otro… aunque más en uno que en el otro, sin duda.
Se habla mucho hoy de la representatividad en la ficción, pero la verdad es que rara vez me he sentido más identificada con personajes femeninos como con el señor Norrell, pues lo que nos une es algo más importante que nuestro sexo o algunas preferencias superficiales: es el amor por la magia. Naturalmente, también hay otros aspectos menores en común, como nuestra absoluta condición aburrida y carente de carisma, así como la sensación de hastío de tener que estar frecuentemente en entornos llenos de gente banal, o la frustración al ver que medio mundo se acerca a la magia (la Fantasía) por intereses mezquinos o capitalistas, sin entender nada de nada. ¡Pero si se parece hasta en el sincero deseo de hallar un verdadero compañero con quien recorrer este viaje…!
Jonathan Strange y el señor Norrell es la historia de una amistad y de una rivalidad unidas por un amor en común, uno que es al mismo tiempo una maldición como una gracia, una locura que no está al alcance del común de los mortales. La novela está poblada de personajes secundarios interesantísimos (Stephen Black es extraordinario, y él protagoniza uno de los episodios más bellos), en cierto modo mucho más dignos que estos dos y cuya relevancia en el entramado de la ficción está estupendamente bien desarrollada, pero hacia las últimas páginas recordé/entendí por qué esta historia lleva el nombre de ambos magos. Y por qué, en última instancia, continúo escribiendo Fantasía, a pesar de todo.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 20 de diciembre de 2017, en el siguiente enlace.