Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Una lectura que tenía pendiente de hace tiempo y en la que me interesaba mucho aventurarme, considerando la importante influencia del autor en J.R.R Tolkien y C.S Lewis y las complejas formas que tuvieron ambos para reconocerla (o matizarla): desde la lectura de On Fairy Stories como una reescritura ampliada de The Fantastic Imagination del escocés, en el caso de Tolkien, hasta la profunda filiación con una imaginación creyente de fuerte inspiración alegórica, en el caso de Lewis.
Coetáneo de Lewis Carroll, MacDonald resulta un escritor victoriano muchísimo menos conocido que el creador de la famosísima Alicia. Incluso, aunque ha salido también a la palestra como uno de los antecesores de la Fantasía moderna, su nombre suele cobrar mucho menos protagonismo que otros como Lord Dunsany, por ejemplo. ¿Por qué? En esta primera lectura, guiada por la lumbre de la maravilla y la fascinación, me atrevería a decir que puede deberse en parte porque las obras de MacDonald son bastante más complejas de lo que parecen y bastante menos conformistas de lo que cabría esperarse, incluso para quienes venimos con enfoques muy bien recortados al momento de acercarnos a algunos de nuestros antepasados en la genealogía imaginativa.
Entroncado naturalmente en la tradición de los cuentos de hadas literarios, aunque huyendo de la impostura de la moraleja de otros autores, los textos de MacDonald logran ser tan bellos como extraños, tan dolorosos como deslumbrantes. Hay aquí espacio para el viaje fantástico hacia Faërie, pero también para las pausas de eternidades e incluso para el humor. Destacan en algunos de estos cuentos, mis favoritos, la dupla protagónica de niño y niña, que solo en su unión de fuerzas y caracteres logran encontrar y reclamar su destino. Un brillante y tierno acercamiento a la integración de anima y animus, y un buen contraargumento hacia aquellos que asocian fatalmente el cuento de hadas a la princesa indefensa y al caballero que la rescata. El delicado paralelo entre lo masculino y lo femenino parece estar siempre al borde del desbalance, pero es precisamente el viaje, la búsqueda y el hallazgo lo que le permite alcanzar la armonía.
El título completo de esta compilación versa «cuentos de hadas para todas las edades», siguiendo los propios principios ético-estéticos del autor, aunque creo que no se debe caer en el error de pensar que es un libro apto para todo público. Insisto: MacDonald es raro, y esa rareza, al menos por lo que he visto en mi experiencia personal, no es algo que agrade a todo el mundo, más allá incluso de la honestidad e intensidad de su interés por la Fantasía. Queda entonces este comentario como una invitación implícita solo para valientes, aquellos que quizá sí hayan conservado parte de esa zona crepuscular de la infancia, que hemos tendido a liquidar tanto con luces como con sombras.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 20 de diciembre de 2017, en el siguiente enlace.