Leer fuera de la fantasía, o de narrativas queer

11–17 minutos

Hace varios años, mientras cursaba el Diplomado en Fomento Lector y Literatura Infantil y Juvenil, conocí en el trabajo de clases un concepto que me llamó mucho la atención: lector monogénerico. Este se refería a un lector que solo leía un único género literario. En su momento, me pareció detectar una intención más valorativa desde lo despectivo antes que descriptiva, apuntando a esta idea del lector paraliterario que solo “consume” un único tipo de obras formulaicas.

Me quedé tan estancada en el pensamiento de este perfil lector que busqué el concepto para rastrear su origen, pero no lo encontré: o correspondía a una formulación diferente de una teoría que no supe encontrar, o se trató de una acuñación de los docentes del diplomado, sin que se presentara como tal.

La razón de por qué me interesaba el concepto es obvia: podría parecerse que yo era una lectora monogenérica, por mi hiperespecialización literaria (y de vida, en realidad) en torno a la literatura de fantasía. Sin embargo, ya en esos remotos años me resistía a reclamar tal rótulo para mí, y recuerdo que incluso lo discutí en una tarea de clase, que recuerdo que iba por el lado de identificarse con alguno de los perfiles presentados. Si bien yo en principio calificaría como lectora monogenérica, porque obviamente lo que más me interesa leer es la ficción de fantasía, eso no implica que mi interés por ella sea homogéneo, como el de otros “lectores monogenéricos” que tenían por horizonte, por ejemplo, la fantasía comercial que yo tanto detesto.

Mi hiperespecialización, al contrario de lo que algunas personas creen, no remite a un encasillamiento o focalización en un modelo único de fantasía. Por el contrario, conlleva más bien una apertura de formas y temáticas, dentro de cierto campo gramatical y semántico determinado, que amplían el entendimiento y la valoración de la fantasía más allá de lo que el mercado impone como válido para llenar sus arcas de dinero y las mentes de los incautos de aserrín simbólico.

Además de esto, surge una traza menos obvia de mi identidad lectora: aunque no lo crean, la fantasía no es el único género que leo. Por leer, leo mucho. Desde realismo (sí) hasta ciencia ficción (ajá: así como lo leen). Prueba de ello es mi registro de lecturas anuales que subo ciclo en mi blog personal, Tierra de Fay1. En ellas, muchas veces hay numerosas obras de “no fantasía”, y a veces estas hasta superan en cantidad a las otras. Cualquier persona que siga mi trayectoria debería saber esto, pero al parecer no se trata de un rasgo identitario lector tan evidente en mi perfil, en tiempos en los que la gente ya no explora los sitios virtuales de otros. Por supuesto, en redes sociales insisto en mi dedicación exclusiva a la fantasía, pero esta es autorial, no lectora. Leo muchas otras cosas, pero no suelo hablar de ellas en otros espacios, salvo en mi sección de lecturas anuales.

Quizá por ello, me he encontrado con muchas experiencias en los que algunas personas me han recomendado libros anticipándose con expresiones tales como “sé que no es fantasía, pero…”. No sé cómo explicarles que a mí ante todo me interesa la literatura como arte. Aun cuando mi forma preferida de llegar a ella es a través de una notable obra de fantasía, obviamente, prefiero mil veces una obra realista, o incluso una de ciencia ficción, de meritoria calidad literaria antes que una de fantasía comercial.

Es un poco cansino tener que explicar constantemente esto.

Incluso, en una oportunidad ya lejana, una escritora normie me preguntó si yo leía algo más que fantasía. En su momento, tras responder que por supuesto que sí, lo pensé como una pregunta literal, sin mala intención (era una pregunta pública además). Y si bien lo más probable es que la mayor intención que haya tenido puede haber sido la mera curiosidad, es cierto que tiene un revés potencialmente despectivo. Jamás he visto que se le pregunte a un escritor normie si solo lee realismo, en parte, supongo, porque esta es una corriente hegemónica. Normalmente, salvo que tengas un estilo muy codificado, la gente no va por la vida preguntándote si eres heterosexual; este es el estado default que se asume en una persona, al menos cuando tú también eres normativo.

Al menos nadie me ha pedido credenciales o explicaciones cada vez que menciono que me encantan Yukio Mishima o Jack London, pero eso también tiene otra faz: nadie me pregunta por qué me gustan, o incluso, aludiendo a aquella curiosidad ya mencionada, por qué alguien a quien le interesa la fantasía le interesarían también autores como estos. Una pregunta muy valiosa y desafiante para mí, que despertaría una conversación muy intrigante, quizá.

Entendiendo que la gente está cada vez más apática en todo, y que en el mejor de los casos ciertas intervenciones solo recibirán como respuesta un trío de emojis en redes sociales o una cara de expresión neutra y silenciosa mientras hablas con fervor, no deja de sorprender esta falta de curiosidad.

Abordemos este vínculo entre literatura de fantasía y literatura de “no fantasía” (o sea, todo lo demás) desde una óptica más utilitaria, por si eso sirve de algo.

¿Qué me ha enseñado o mostrado el (buen) realismo en particular, que quizá la fantasía no me ha revelado de la misma forma?

Una forma de mirar el mundo, diría, que se concentra en los pliegues de este mundo, pero también en una naturaleza humana anclada en una mímesis que sin embargo siempre resulta extrañable.

Me gusta el realismo que ahonda en la sicología y existencialismo humanos. Todo aquello que remarca o cuestiona nuestra naturaleza como tales, todas aquellas experiencias que llevan al límite nuestra existencia misma, entre la pulsión salvaje y la metafísica social y espiritual, así sea desde crisis conyugales, deseos prohibidos o circunstancias extremas en la naturaleza. Me gustan en particular varias narrativas que exploran la masculinidad, porque soy una mujer y aquello me resulta muy enigmático, muy otro. Los hombres reales contemporáneos me resultan bastante burdos y pusilánimes en general, pero el realismo decimonónico al menos me muestra un modelo de hombre que, si bien posiblemente igual me hubiera despreciado, al menos me resulta mucho más interesante y hasta atractivo.

Es decir, busco muchas vivencias que yo misma no hubiera podido vivir, pero también otras tantas que yo sí he experimentado, pero vistas desde una nueva luz.

En el marco de las narrativas queer, por ejemplo, llegué a ellas primero desde el realismo. Tardé mucho tiempo en descubrir y explorar la fantasía queer, y algunas aproximaciones me resultaron (y me resultan aún) bastante superficiales. Fue en el realismo en el que descubrí una identidad queer que se tallaba y detallaba con grados de intensidad que me eran tan dolorosos como valiosos, y que leí con avidez, incluso en el caso de ciertas narrativas homosexuales masculinas.

Creo que parte de ese interés temprano, antes de reconocer y asumir mi propia identidad queer, estribaba en todo cuanto era propiamente raro en aquellos personajes. Nada en ellos era fluido ni se daba por sentado, como sucede con las personas normativas. Cosas tan aparentemente instintivas como el deseo se volvían un esculpido muchas veces accidentado. La mera existencia, con ciertas expresiones vetadas (ser amanerado o ahombrada o expresarse fuera de los márgenes impuestos, cuyos límites muchas veces podían percibirse como invisibles), ya podía volverse un calvario.

Esa dimensión de tabú de la existencia queer permeaba toda la narrativa, esa sensación de estar roto o de encontrarse perpetuamente en un mundo equivocado, experiencias homologables, a su modo, a la vida neurodivergente sin diagnóstico. Y creo que eso también conectó profundamente conmigo.

De la clásica novela española Nada, de Carmen Laforet, recuerdo mucho dos cosas: la violencia a la que la protagonista Andrea se veía sometida con su disfuncional familia, y esas extrañas escenas en las que un personaje femenino, pariente lejano, se tendía en la cama junto a ella, ante la admiración de Andrea. Nunca olvidaré el pasmo que sentí cuando un compañero (leímos esta obra en el pregrado) preguntó en clases si acaso Andrea era lesbiana. Fue una pregunta extraña para mí. Ella no sostenía una relación amorosa con otra mujer en la obra. Sí tenía una amiga acaudalada y normativamente hermosa que actuaba como su ángel guardián y la salvaba de la miseria, aspecto que a mí me parecía anhelante, de esas cosas que solo pasan en la ficción. También intentaba tener algo romántico con un chico, pero la situación era muy desabrida.

Hoy pienso que mi compañero identificó ciertos códigos implícitos que le permitieron hacer una lectura de Andrea como lesbiana, y que hoy también considero más o menos verosímiles. Pero claro, yo, que me identificaba muchísimo con ella, me sentí aterrada ante su pregunta, como si me hubiera desnudado en medio de la clase. Hoy también puedo matizar mejor el efecto de tal pregunta: acaso la atracción por una mujer se encontraba de alguna forma, pero ante todo yo me vi reflejada en toda su rareza, en sentirse desplazada del mundo, en tratar de continuar una vida entre desechos de naufragio, en encontrar esperanza en otras personas.

Mi segunda lectura queer formativa de esos años fue Beatriz y los cuerpos celestes, de la polémica Lucía Extebarría. La primera vez también que conocí a un personaje bisexual, hallazgo que me resultó deslumbrante. Antes que eso en sí, de nuevo conecté con otros retratos, que al fin se correspondían con cosas que yo estaba viviendo como mujer joven. El dolor de la experiencia general de Beatriz, la protagonista, explorando su vínculo con otros y su propio camino de vida, me conmovió profundamente porque me ayudó a reconocer el propio, como en un espejo de palabras. Recuerdo haber leído partes de la novela en la biblioteca y haber tenido que hacer ocasionales pausas por el impacto que sus escenas y emociones causaban en mí.

Este era, también, el realismo que me movía. En este realismo yo me veía al fin reflejada en todo mi patetismo queer anhelante, no en esas narrativas cuasi pedofílicas de biejoscerdos que me habían tocado en el colegio.

La novela tiene un final curioso, más vengativo quizá que redentor, pero que a mí me supuso una esperanza muy torcida por muchos años. Hoy pienso que el tiempo siempre pone todo en su lugar: con eso al menos me pude quedar, y se volvió casi una profecía liberadora en función de mis propios esfuerzos y mis duros trabajos de introspección.

¿Cómo integré todas estas experiencias lectoras en la fantasía, además de mi en propia vida? Pues observando y delineando los personajes desde ellas. Aunque tal vez no se nota tanto aún en mi obra publicada, parte de mi recreación de la experiencia marginada también bebe de este tipo de narrativas. Después de todo, el deseo de la fantasía, en tanto anhelo por Faërie, tiene bastante que ver con el deseo erótico más voraz y a la vez delicado, el deseo por lo Otro, por el encuentro íntimo con un Otro que es o puede ser también el Mismo.

La sensación de estar en un mundo equivocado, o que hay algo raro contigo al compararte con los demás, también fue algo que pude extrapolar a la fantasía. Curiosamente, siempre me atrajeron mucho más los momentos previos de autoexploración de las narrativas queer, entre el dolor y unos tímidos primeros contactos, antes que las explosiones de encuentros sexuales “prohibidos”, o incluso que el hallazgo de una comunidad afín. Creo que hay mucha ternura en esas prehistorias personales, en la que de pronto descubrimos un revés inesperado en nosotros mismos, por más sufrientes que puedan resultar en algunos casos. Considerando además mi distancia hacia narraciones más explícitas en lo depravado, una dimensión que en ocasiones se adentra lo queer, me parece coherente sentir más atracción por una pulsión más erótica, en el más amplio de los sentidos, antes que sexual en sí.

En cierto modo, la fantasía opera como una narrativa que posterga todo lo posible, a veces para siempre, la consumación de aquel deseo por lo Otro/Mismo. Es ella misma puro anhelo. Por eso, quizá, mis cuentos de temáticas más inclinadas hacia lo queer finalizan tan pronto se termina de armar un primer hito identitario desde este anhelo: la historia que comienza a partir de ese punto es algo que ahora al lector le toca completar en su mente, a partir de la fuente narrativa.

Aunque he encontrado estas experiencias en algunas fantasías queer de lecturas recientes, es curioso cómo muchas veces las formas de la fantasía como un mundo secundario ya “otrizado” permiten sustraer conflictos tales como la discriminación o la sensación de inadecuación. Si puedes crear un mundo con tus propias leyes, por supuesto que parece lógico pensar en sociedades donde ser queer no sea una minoría o una anomalía. Muchos lectores queer celebran la posibilidad de que estas narrativas faciliten contar historias de amor homosexual (por ejemplo) sin las constricciones propias de la realidad.

Sin embargo, esto también me hace preguntarme por la indirecta consecuencia de normalización. Si lo queer ya no es minoría o anomalía, ¿no sería ahora entonces parte de la norma? Aunque entiendo que la fantasía brinda un marco para explorar otras posibilidades, hay algo que se pierde cuando este conflicto identitario-social es sustraído por completo de la ecuación, en lugar de transformado.

Razón por la que, quizá, creo ahora valoro más el dilema que plantea la novela Lady Hotspur y que en principio no le encontré mucha lógica: estamos en un universo en el que las mujeres pueden ser caballeros de igual fuerza que los hombres, pero aún pesa imposiciones biologicistas en las coronaciones, para asegurar herederos de sangre. Esta premisa, que me pareció artificiosa en mi lectura, permitió que el amor lésbico de la casquivana y muy adorable Hal por la taciturna Hotspur tuviera otro peso dramático: es la mera política la que impide su formalización, pero a la vez es la fantasía la que enmienda todo. Es decir, se preserva un elemento directamente extraído de la realidad, pero se le añade una resolución que solo puede venir de la fantasía. Aunque el desenlace mismo es un poco extraño y quizá hasta insuficiente, al menos corrige esa gran condena que pesa, tanto en la ficción realista como en la vida real: el destino infausto de las amantes, a veces incluso enmarcado en la destrucción de las mujeres mismas, más allá de su relación.

Por supuesto, estos no son más que tanteos en torno a un campo muy fértil de exploración. Pero creo que no habrían sido posibles en mí si no hubiera recorrido los caminos del realismo queer, o si no pretendiera seguir caminándolos, a la par que la senda vecina de la fantasía. Aunque a alguien que no me conozca mucho le parezca anómalo de mi parte, creo que ambas estéticas tienen mucho que entregarse la una a la otra. Por cierto que espero que mis presentes y futuras lecturas realistas, sobre todo en estas líneas, me permitan enriquecer mi propia fantasía.

Después de todo, uno nunca crea ex nihilo. El mundo secundario es secundario, también, porque parte de la fuente prima que es la realidad extratextual. La más fecunda imaginación nace siempre de una mente humana, y necesita de humanidad para enraizarse en palabras y actuar su magia en una mente otra.

Pero hay algo idiosincrático que solo la fantasía, desde su magia más profunda, puede alcanzar.

Espero que mi propia ruta por los senderos lectores del realismo me brinda experiencias para recorrer mejor mi viaje personal por la fantasía.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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