Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Esta colosal novela (en todos los sentidos posibles) fue una de las grandes sorpresas del año pasado y de este. Por lo mismo, tratar de sintetizar su argumento puede parecer un sinsentido: por cierto que la historia desborda aquello que se enuncia en su contraportada a modo de sinopsis. Sin embargo, de la misma forma en la que alguna vez comenté que Vida y destino de Vasili Grossman era una suerte de fresco de época de la Rusia estalinista hecho novela, podría atreverme a hacer un comentario similar en este caso. Así, El libro de los niños podría leerse como una novela que retrata diversos vaivenes de la Inglaterra victoriana y eduardiana hasta la Primera Guerra Mundial, centrándose en la familia Wellwood y sus amigos y parientes, casi todos personas vinculadas al arte y a la cultura de la época.
A.S. Byatt es una victorianista, así que se comprende que su tratamiento histórico de la novela sea sobresaliente en detalles y espíritu de los tiempos, incluyendo largos pasajes contextuales sobre el estado sociopolítico de entonces. Sin embargo, el atractivo de la obra trascendió para mí esta ambientación, que de por sí me resulta atractiva. Byatt ahonda en lo que implica la creación artística, principalmente a través de los personajes de la exitosa escritora infantil Olive Wellwood (¿inspirada, quizá, en Edith Nesbit?) y de Phillip Warren, aprendiz de alfarero. Pero también explora, y de maneras sorprendentemente irónicas, los vicios y patetismos del campo cultural y artístico en que se mueven los personajes, entre la grandilocuencia discursiva y el libertinaje oculto. Es gracioso constatar cómo el perfil cultureta de la persona victoriana no parece distar tanto de nuestros propios perfiles culturales locales y contemporáneos.
Sin embargo, lo que más me gustó de la novela es su diálogo constante, en su calidad de historia realista, con la tradición del cuento de hadas. A veces incluso se insertan fragmentos de los relatos que escribe Olive (excelentes, claro), pero pienso sobre todo en la estructura general y en los sutiles intertextos que atraviesan la narración. Por ejemplo, Olive escribe una historia para cada uno de sus hijos, historias que crecen y se transforman junto a ellos y que, supongo, dan título a la obra. Justamente, uno de los arcos más interesantes de la novela se desarrolla a partir de la vida e historia de Tom, hijo favorito de Olive y trasunto de Peter Pan, y no es este un desarrollo luminoso. La verdad es que hubiera preferido que la novela se concentrara más en este tipo de episodios, o en la formación de los artistas, en lugar del drama sentimental-sexual o los teatros sociales, pero la obra es lo que es y no lo que yo desearía que hubiera sido. En cierto sentido, estos episodios resaltaban más aún por este humano contraste.
Por ello, incluso en sus irregularidades, esta novela se yergue como una historia notable, aunque su densidad y desmesura sugieren que es mejor leerla dándose el tiempo para perderse en sus devaneos sociales, históricos y espirituales. Un viaje muy recomendado pese a sus ripios, y que me confirma el talento y oficio de Byatt como autora imaginativa y realista, uno de los modelos de autoría que me parecen más fascinantes.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 3 de enero de 2022, en el siguiente enlace.