«Territorios invisibles», de Felipe Moncada

3–4 minutos

Este es un ensayo que recorre la producción poética contemporánea menos conocida a lo largo de Chile, principalmente regional.  Su lectura fue muy iluminadora para mí, pero no solo por el descubrimiento de poetas alejados de los reflectores centralistas, sino también por las concepciones sobre la poesía y el quehacer poético que florecen en cada página.

En su momento, compartí un hilo en Twitter con algunos dispersos apuntes de lectura personales. A continuación los elaboraré en más detalle.

Uno de los aspectos que más me llamaron la atención de numerosos poetas incluidos en esta selección fue su situación periférica. Varios de los poetas antologados aquí discurren fuera de los círculos de poder de la literatura, y eso incluye a cierta parte de la academia. Pero incluso en los casos en los que se estudian estas obras, siento que el fenómeno es tan complejo que bien podría desbordar estos corsés intelectuales. Ese es el caso, creo, de lo que Moncada identifica como poesía de frontera, centrada en el trabajo poético del pueblo mapuche. Frontera por el peso cultural e histórico de la Araucanía y también por las propiedades de aquel lenguaje: bilingüe en algunos casos (español y mapudungun), mestizo en otros, y muchos desde una mirada centrada en el imaginario mapuche y de lo que implica llevar este legado cultural a la urbe occidentalizada.

Por otro lado, es interesante remarcar también que muchas de las obras poéticas citadas son bastante difíciles de encontrar, pues muchas son autopublicaciones de limitadas tiradas, y por convicción personal. Tal es el caso del poemario Casa deshabitada de Pablo Araya, que el autor construyó como un objeto-libro que replica una pequeña casa que contiene las páginas en su interior. Desde luego, este tipo de materialidad se escapa a la producción en serie habitual del libro impreso, tanto por su precio como por su dedicación artesanal.

En relación con la obra de Araya, otro punto que me resultó fascinante fue el dominio de oficios de muchos poetas incluidos en el ensayo: herreros, carpinteros, alfareros, campesinos. Es decir, hombres vinculados directamente con la tierra, el fuego, el agua, el metal. Con el mundo y la vida. 
De manera notable, además, estos oficios cotidianos se replican en el oficio poético. Araya construye una mini casa para sus poemas; Alejandro Lavín, alfarero, concibe la propia escritura poética, de naturaleza por siempre inacabada e insatisfecha, como la modelación del lenguaje o la artesanía como proyecto.

Lavín también ofrece unas claves de comprensión del quehacer literario muy valiosos en estos días de impuesta productividad. Contrario al modelo del escritor que tiene (o debe tener) una producción literaria sistemática y periódica para mantenerse vigente, Lavín defiende una creación más espontánea entre sus obras. Él mismo publicó una primera obra en 1946 y una segunda en 2010. Siento que legados como este nos recuerdan que los caminos de la creación son lo esencial y que la publicación no es más que un hito concreto que se entierra en alguna parte del sendero, a veces de manera presurosa y otras de manera innecesaria. Y que, aun cuando estas marcas sean lo único con lo que contemos los lectores para reconstruir el viaje del artista, su existencia no nos debe nada.

A través de este ensayo, además de quedarme con un muestrario de poetas que me interesaría leer, descubrí muchas visiones sobre el arte literario que quisiera aprehender para mí. 

Por fortuna, aunque el libro en sí mismo parece medio invisible, está disponible gratuitamente en formato digital aquí.   

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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