Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
Pongámoslo así, de manera genérica: la mejor novela de Fantasía escrita en español. Ahora, expandamos un poco ese infame enunciado, más propio de un blurb editorial: Ana María Matute ha escrito una obra magnífica, soberbia, ambiciosa, valiosamente imperfecta en su desmesura, bellamente deprimente, con un enorme corazón al momento de forjar cada palabra y de tejer con ellas a algunos de los personajes más entrañables de esta literatura, que vemos crecer y desintegrarse con el correr de las páginas.
Si lo anterior sigue sonando genérico, es efecto del encanto de la magia de Matute: cualquier palabra que pueda decirse sobre ella no es más que una pálida sombra de lo que ella pudo hacer como escritora y como Fantasista. ¿En qué se reflejan cada uno de los elogios que le he dedicado?
En primer lugar, en su prosa colosal, poética y nítida a pesar de sus numerosas metáforas y arabescos, de un ritmo impecable, vivo, personalísimo, genuinamente español con un destello arcaico. No recuerdo si comenté esto a propósito de ella o de otro autor español, como Gustavo Martín Garzo o Jesús Fernández, pero lo repetiré: cuando un escritor español de Fantasía entiende tanto el esplendor inherente de la Fantasía como la de su propia lengua, el resultado es de una belleza insuperable. Matute es de esas autoras por las que sientes un estúpido agradecimiento por el hecho de tener el español como lengua materna, porque solo debido a esta gracia podemos aquilatar el resplandor de cada una de sus palabras, de su dicción y de sus silencios. (No está de más recordar que, hasta la fecha, esta obra no se ha traducido al inglés).
En segundo lugar, en su argumento y su mundo medievalista, que se nos despliegan a través de los diversos años en los que seguimos los requiebros de la dinastía de Olar y que escapan de los acentos convencionales con los que hemos petrificado en este tipo de historias. Al respecto, creo que llamar a esta obra una “Fantasía épica” podría considerarse algo más bien ingrato considerando la concepción genérica que suele despertar este término. Sí, hay mucha épica en esta historia, pero creo que la tragedia es una nota más predominante. Tragedia y aliento feérico. Una épica -caballeresca-féerica-trágica.
Por un lado, aquí todo parece triste, trágico, inevitable. Y eso es magnífico. La decadencia funciona como una suerte de isotopía que va erosionando poco a poco a los personajes desde diversos frentes, y al propio argumento. Y nosotros vamos contemplando lentamente esa desintegración en nuestra lectura, fascinados porque a pesar de todo es bellísima, como lo sería la destrucción progresiva de un castillo de arena. Por otro lado, este mundo medievalista bebe de las fuentes mismas de la tradición propiamente caballeresca y del imaginario del folclor europeo y de los cuentos de hadas. Es un mundo lleno de una magia porosa: cuerpo orgánico y no sistema abstruso. Y es esta una magia dolorosa, exigente, caprichosa e inefable incluso para los seres propiamente feéricos. Como debe ser.
En tercer lugar, en relación con lo anterior, en sus personajes. Una cohorte variadísima de figuras protagonistas y secundarias con las que resulta imposible no establecer todo tipo de conexiones emocionales. Desde el repugnante (aunque digno de lástima) Gudú hasta al conmovedor Trasgo del Sur, pasando por la intensa Princesa Tontina y tantos otros, prácticamente todo personaje que tenga un nombre propio posee una existencia vívida, un conflicto propio que desgrana a lo largo de las páginas. Mención aparte a la maravillosa reina Ardid, a quien conocemos desde sus primeros años y que despedimos ya en su muerte, extraordinaria figura femenina que seguramente le torcería la expresión a algunas lectoras que esperan una expresión más estereotipada de un personaje femenino “feminista”. Pero Ardid acoge ciertos estereotipos y revienta otros por dentro. Más allá de dónde podamos catalogarla como mujer ficcional, lo cierto es que me parece un hito en cuanto a personajes femeninos en Fantasía. Imposible no sorprenderse ni desgarrarse ante su historia.
En cuarto lugar, en sus temas. Ya he avistado algunos: decadencia, tragedia, tristeza. Muerte, de todo tipo. Esta obra es más desgarradora y “oscura” que toda la escuela del grimdark contemporáneo, pero es porque fue escrita por una persona que realmente sufrió en su vida y que volcó a su arte su dolor para transformarlo, que es lo que ha de hacer un artista.
De hecho, son aquellos temas que aparecen también en otras obras de Matute, incluyendo las infantiles. Particularmente, me fascinó el tratamiento de uno de sus motivos característicos como autora: la pérdida de la infancia y, a través de ella, de la inocencia y el contacto más íntimo con lo feérico, motivo que se aprecia ante todo en la vida de la Princesa Tontina y su cohorte. Lo que hace Matute con su arco, en especial en torno al Árbol de los Juegos y su hermético simbolismo, me parece una locura, en el mejor de los sentidos.
Otro motivo que me fascinó fue lo que se denomina “contaminación” y que corresponde a la humanización de los seres feéricos y todo lo que ello implica como fatalidad. Aquí destaca la finísima sensibilidad de la autora en lo que corresponde, precisamente, a lo más excelso que entendemos por magia y por humanidad. El hecho de que esta sea una novela larguísima permite apreciar clara y dolorosamente esta contaminación y sus efectos en un personaje muy concreto, el Trasgo del Sur. ¡Pobrecillo! Me muero de pena de solo recordarlo, como si fuese una niña muy pequeña enfrentada de pronto a su primera historia triste y que no entiende por qué llora por algo que, supuestamente, no existe. ¡Ni siquiera puedo escribir algo sobre él aquí!
Respecto de estos temas y motivos, en términos más técnico/académicos (que deberían ser simplemente literarios, pero así están las cosas), esta es una obra que me sorprendió al proponer un evidente desenlace dicatastrófico. Vamos, una vez que nace Gudú y se enuncia su profecía, es el propio paratexto del título el que nos revela el final de la novela. ¿Es que no hay eucatástrofe aquí? ¿Cómo es posible que sea igualmente una historia de verdadera Fantasía? Aunque tengo una hipótesis personal para resolver esta complicación, no la revelaré aquí. Pero, como sea, el solo hecho de plantearse este tipo de preguntas ya es un prodigio que solo puede lograr una verdadera artista como Matute. ¡Esta una historia trágica, desgraciada, y sin embargo es verdadera Fantasía, y es hermosa! ¿Cómo, por qué?
En fin, estas notas han salido muy dispersas por la emoción del recuerdo. Total, que Olvidado rey Gudú es una novela bellísima y dolorosísima. Es también una novela muy extensa y de compleja lectura, no apta ni para principiantes, ni en la Fantasía más elaborada ni en las propias obras literarias en general. Que conste que digo esto porque creo que puede costar habitarse a su estilo y su hondura si no se tiene desarrollada cierta competencia literaria acorde a su magnitud. De lo contrario, temo que se caigan en impresiones, como decir que la obra es “aburrida”, “sin argumento”, “excesivamente poética” o incluso “¡pero si me cuenta el final en el título!, ¿para qué voy a seguir leyendo?”. Etcétera.
De hecho, creo que esta obra es un genial ejemplo de lo que Attebery llamaba, justamente, Fantasía como género, que en este contexto podríamos considerar a la Fantasía genuinamente literaria: podemos reconocer variados códigos de esta estética, pero recreados con un sello artístico personalísimo en lugar de recurrir a fórmulas más o menos fijadas por el mercado.
No es sorpresa para nadie que este sea el trabajo favorito de Matute, su Obra Mayor, y menos aún que aparentemente registre muy pocos estudios académicos. Me imagino que aún no se entiende bien cómo leer semejante portento, y confieso que yo tampoco estoy muy segura de cómo hacerlo. Pero también sé que esta es una obra angular de la Fantasía y que es indispensable releerla, estudiarla y pensarla. Llorarla, también.
Termino mi errático comentario con una visión extra literaria: Matute llevaba el manuscrito de la obra en un carrito, a modo de maleta de mano. Es una imagen que me llena de ternura y esperanza.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 1 de enero de 2020, en el siguiente enlace.