Reseña breve de la obra, en el contexto de la sección «Mis lecturas recomendadas» anuales.
¿Cómo hablar de Fantasía en Hispanoamérica y no mencionar el trabajo de Verónica, la mejor escritora de esta estética en nuestras tierras? Sí: ella, a mi juicio, y no Bodoc, que también me gusta mucho. Me ha parecido fundamental descubrir una Fantasía latinoamericana escrita desde el medioevo europeo, sin complejos de culpa ni justificaciones por no estar hablando de nuestro supuesto aquí y ahora. Porque los reinos que amamos en nuestra infancia y juventud, pertenezcan a la cultura que pertenezcan, son nuestra verdadera patria. Nuestro único mundo. Verónica, con su afinado estilo y su profundo entendimiento del sentido de la Fantasía, sanó mi percepción de los mundos imaginarios de inspiración medieval y las historias que pueden contarse en ellos. Solo por eso ya fue una autora a la que quise seguirle la pista.
Auliya, sin embargo, se desplaza hacia los arenosos territorios del Medio Oriente medieval para contar la historia de la protagonista del título, una joven con dones mágicos que sale en busca del mar (¡Eh!) tras abrir su corazón por primera vez al amor. El viaje de Auliya, sin embargo, parece contar con el desplazamiento geográfico casi como un correlato de la verdadera travesía: la espiritual. Incluso su magia, claramente inspirada en fuentes no occidentales, adquiere unas formas muy particulares al estar vinculada con las fuerzas de la naturaleza y a la necesidad de comunicarse con esta. Auliya se transforma física e internamente, y su odisea cada vez se vuelve más y más onírica, aunque sin perder del todo sus elementos axiales.
En suma, una novela tan hermosa como cualquier historia de Fantasía de Verónica. Si bien aparentemente surge como una obra temprana en su corpus imaginativo (al menos es la primera de la trilogía implícita que integrarían también El fuego verde y Loba), su acabado es tan prolijo estéticamente que da igual. Una pequeña joya difícil de conseguir hoy en día, como todo tesoro que vale la pena.
* Este texto se publicó originalmente en mi blog Tierra de Fay,
el 20 de diciembre de 2017, en el siguiente enlace.