En esta página se encuentra una transcripción íntegra de algunas reseñas textuales que se han escrito sobre esta obra, por fines de respaldo y archivo frente a la evanescencia de los medios de crítica virtuales. Se incluye siempre el enlace original de publicación, pero es posible que alguno o varios estén caducos.
- En webs y blogs
- Texto de presentación de Cristian Cristino (Web Carcaj, de LOM Ediciones)
- Reseña de Emilio Araya (Web Revista Origami)
- Reseña de Gonzalo Cortavientos (Web Revista Montaje)
- Texto de presentación de Emilio Araya (Boletín Faebrand)
- Reseña de Jorge Silva (Web del autor)
- Reseña de Javier Villavicencio (Instagram del autor)
- Texto de lanzamiento de Emilio Araya (Web Revista Phantasma)
- En Goodreads
En webs y blogs
«Lectura de La añoranza feérica de Paula Rivera Donoso», por Cristian Cristino (Texto de presentación)
26 de abril de 2025
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Leer La añoranza feérica. Ensayos sobre literatura de fantasía de Paula Rivera Donoso ha sido una experiencia poderosa, particular y por sobre todo: mágica. Y para abrir esta puerta que lleva a la magia quisiera comenzar citando la obra:
“Mi esperanza (¿mi consuelo?) es que este ensayo pueda ayudar a despertar la curiosidad o el redescubrimiento de eventuales lectores afines hacia estas obras de fantasía, para que también puedan difundirlas con otros […] siempre habrá temibles Reinas Hadas en los bosques, a la espera del duelo con nuestras palabras, y siempre habrá un puente por construir con nuestras manos, para unir nuestro mundo a aquellos otros. La fantasía espera nuestra llegada; el mundo real, nuestro regreso”.
Quisiera comenzar este compartir de mi experiencia lectora poniendo en valor la importancia de esta publicación. Los ensayos literarios no suelen estar en los primeros puestos de la industria editorial. ¿Cuántas veces hemos tenido que recurrir a fotocopias ilegibles o archivos pdf de dudosa procedencia para acceder a estos insumos específicos que ensanchan la lectura más hambrienta y el análisis laborioso? Es por esto por lo que la publicación de La añoranza feérica es un hito hispanoamericano, una rara avis que debería ocupar un lugar destacado en todas las bibliotecas y en un futuro -esperemos que próximoacceder a plataformas en las que esté en condiciones de igualdad para establecer diálogos, con el canon bibliográfico más universal.
A continuación quisiera detenerme un momento en el género mismo del ensayo literario:
En La añoranza feérica. Ensayos sobre literatura de fantasía, Paula Rivera Donoso no sólo nos ofrece un texto excelente, sino que también es un dispositivo escritural que expande y problematiza al propio género del Ensayo. Casual, CAUSALmente, estos días he estado leyendo un libro de ensayos muy particular que me aporta una articulación aproximativa para intentar describir la gozosa libertad que nos ofrece Rivera Donoso. El libro se llama Enciclopedia de las artes cotidianas de Laura Sofía Rivero. La cito: “Narración, prosa poética, sermones, discursos, autobiografía, crónica, anécdotas, diálogo, listas del supermercado: todo cabe en un ensayo sabiéndolo acomodar. El ensayo no se presenta en estado sólido, líquido ni gaseoso; se parece, más bien, a los coloides […]. La belleza del ensayo no radica en la disparidad, sino en cómo conecta lo que parecía excluyente. Es el género vinculador por excelencia: de la experiencia personal con la reflexión antropológica, de la alta cultura y la baja, de los saberes humanos, de las formas más inusitadas. El genio del ensayista podrá distinguirse algunas veces por descubrir nuevos territorios, pero usualmente suele pasar por lugares ya conocidos tomando una ruta diferente. Es inventor de caminos que unen pueblos lejanos […]. El ensayo es un ejercicio de imaginación, la escritura que se rehúsa a ser secuestrada por las formas y temas validados”. La cita es larga, pero prefiero editarla y no parafrasearla. Hagámosla conversar con esta de Paula. Páginas 14-15: “En mi selección de ensayos, he procurado destacar aquellos que expresen parte de los tópicos que más he abordado durante estos años […], así como de los escritores de los que más he aprendido como Fantasista […], En estos ensayos, desde luego, hay muchas ideas sobre las concepciones estéticas e ideológicas sobre la fantasía, tanto originales como sostenidas a partir del trabajo de mis maestros. Pero también hay muchísimo de mí como ser humano, hasta el punto en que esta obra podría leerse como una biografía o plegaria. No en vano estos primeros intentos de expresión fueron concebidos y publicados en un blog, una bitácora virtual: una suerte de diario de vida público centrado en mis experiencias cotidianas con la fantasía […]. Es mi deseo, como siempre, que estos textos lleguen al corazón adecuado y que el lector emprenda su lectura por ellos como una odisea. Me alegra la esperanza de que estas palabras mías pudieran ayudarlo a orientar el regreso a su propio hogar de imaginación”. Fin de la cita. Bien. Ambas citas coinciden en resaltar la capacidad del ensayo para ser un vehículo de expresión personal y exploración creativa, aunque desde perspectivas distintas. Laura Sofía Rivero enfatiza la naturaleza expansiva y flexible del ensayo como género literario, capaz de conectar lo aparentemente dispar y de resistir las formas tradicionales, posicionándolo como un ejercicio de imaginación y experimentación. Por otro lado, Paula Rivera Donoso, más introspectiva quizás, aborda el ensayo como un medio autobiográfico y reflexivo, destacando su potencial para comunicar experiencias personales y conectar con la imaginación del lector. En conjunto, ambas destacan al ensayo como un género vinculador, pero mientras una se enfoca en su versatilidad formal y conceptual, la otra prioriza su dimensión emocional y subjetiva. Habiendo pincelado un poco en la plasticidad y exuberancia que nuestra autora le concede al género, quisiera desarrollar un poco un segundo tema que creo he insinuado. Les pregunto: ¿Cómo podemos también leer y vincularnos con La añoranza feérica? ¿No hay en este libro algo de Bildungsroman y algo de literatura de Auto ficción? Estoy convencido de que este puede interpretarse también como un Bildungsroman ensayístico, donde se narra el desarrollo personal e intelectual de Rivera Donoso a través de su relación con la fantasía. Desde sus primeros encuentros con autores como Tolkien hasta la consolidación de su mirada crítica, el texto traza un arco de crecimiento que refleja no solo su evolución como lectora, sino también como persona. Este enfoque permite al lector acompañar a la autora en su proceso de autodescubrimiento, destacando cómo la literatura fantástica puede ser una herramienta para navegar y comprender el mundo. Página 40. Abro cita: “Acaso por eso, también, decidí que sería escritora de fantasía: una lámpara más desafiando la Gran Noche, alimentada por el mismo fuego en el que ardían las de mis Maestros y sus obras. Deseaba contar historias como aquellas, tan caras a mi corazón, en mis propias palabras. Sin entenderlo bien aún, quería provocar ese tipo de experiencias en otros como yo. Experiencias que les humedecieran los ojos con las buenas lágrimas, que les hicieran sentir menos solos y tristes, que les trazaran un esbozo de mundo al que al fin podían pertenecer. Que les revelaran un sendero inesperado en el bosque oscuro justo cuando estuviesen a punto de hundirse en un pantano, o coger la engañosa mano del hada de la muerte”. Fin de la cita.
Y siguiendo esta hebra, podemos atrevernos a leer con los filtros de la literatura llamada de Auto ficción, ya que uno de los aspectos más fascinantes de La añoranza feérica es su dimensión autoficcional, que desdibuja las fronteras entre lo autobiográfico y la narrativa entendida como ficción. Paula entrelaza sus memorias, experiencias y emociones con la reflexión literaria, utilizando su vida como un prisma a través del cual examina el género fantástico. En este sentido, la obra no solo analiza el impacto de la fantasía en la cultura, sino también cómo esta ha influido en la propia identidad de la autora como persona. Siguiendo la tradición de la autoficción, podríamos quizás imaginar que Paula utiliza este enfoque como una estrategia de resistencia, desafiando las nociones de objetividad en el ensayo y reivindicando la subjetividad como una forma legítima de conocimiento. Pero desde la perspectiva única de la literatura fantástica: transformando su autobiografía en una narrativa que dialoga con lo feérico, donde la vida real se presenta a través de los lentes de lo mágico y lo imaginario. Abro cita, páginas 166 y 1667: “Eso explicaría también, fenomenológicamente, por qué personas como nosotros, más allá de nuestras neurodivergencias, escribimos fantasía, por qué la amamos tanto, hasta el punto de la incomprensión o el rechazo de otros que solo tienen un interés racional o circunstancial por ella: porque alguna vez estuvimos en sus tierras, cosa que quizá hemos olvidado con la mente, pero no con el corazón. Porque extrañamos sus dominios con desesperación. Porque estamos dispuestos a consagrar nuestra vida entera con tal de que un trazo o eco de su música, sus colores y sus aires florezca en la pequeña flor de una historia. Porque nada más vale la pena en un mundo como este”. Fin de la cita.
Finalmente, y ya para concluir, La añoranza feérica revitaliza el ensayo como género literario, mostrando cómo este puede ser un espacio de búsquedas y transformaciones, tanto para el autor como para el lector. Al adoptar una forma híbrida que combina la reflexión crítica, la narrativa personal y la imaginación, nuestra autora logra no solo un libro profundamente erudito, sino también una experiencia de lectura que invita a repensar el ensayo como un género vivo y en constante expansión. Como un portal que nos abre el sendero a la magia. El camino de un regreso.
* Este texto se leyó originalmente en la presentación del libro en la feria del libro Caudal de Valdivia, y se publicó en la web Carcaj de la editorial chilena LOM, en el siguiente enlace:
https://carcaj.cl/lectura-de-la-anoranza-feerica-de-paula-rivera-donoso/
«Una brecha de luz entre las hojas», por Emilio Araya Burgos
13 de marzo de 2025
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La añoranza feérica de Paula Rivera Donoso
La literatura imaginativa chilena del siglo XXI ha tenido un desarrollo dispar en los últimos años. La ciencia ficción y el terror han encontrado importantes nichos de desarrollo en el mundo editorial y la academia. La fantasía, en cambio, ha quedado relegada a algunos éxitos editoriales y a ser cultivada como insumo de la industria del entretenimiento, siempre al alero de producciones extranjeras. Si bien algo se ha escrito sobre literatura fantástica «en sentido amplio» (como nos gusta decir a los chilenos, para evitar los compromisos), el pensamiento específico sobre la fantasía como expresión literaria no mimética ha permanecido ajena al interés del mundo del género. Con la disolución del colectivo Fantasía Austral, que desde 2010 a 2015 se planteó la tarea de fomentar y visibilizar la escritura y discusión en torno a la fantasía literaria (no así alrededor de la ciencia ficción, el terror o el fantástico en un sentido amplio), se formó un vacío teórico y discursivo que prevaleció hasta el presente.
La añoranza feérica, de Paula Rivera Donoso (Imaginistas, 2024), marca el fin de este vacío con siete ensayos que combinan el rigor intelectual del ensayo académico con la vitalidad de la escritura autobiográfica. Este libro logra trazar un camino de regreso a la escritura reflexiva sobre la materia que le es propia a las hadas a los elfos, en y desde Chile, sin por ello tener que caer en localismos forzados e impuestos por modas y tendencias extranjeras. La obra sienta, además, las bases de una política de la fantasía que la aleja discursivamente del conservadurismo que, históricamente, ha intentado apoderarse de ella para la consecución de sus propios intereses, como la apropiación nazi de los imaginarios mitológicos del norte de Europa hasta la utilización populista de la obra de J.R.R. Tolkien por parte de Giorgia Meloni, primera ministra italiana de filiaciones ultraderechistas.
Los siete ensayos que componen La añoranza feérica abordan la lectura y escritura de la literatura de fantasía que ha marcado la vida y la carrera literaria de su autora, quien cuenta con títulos publicados como La niña que salió en busca del mar (2013), El musgo en las ruinas (2018) y El idioma de los dragones (2023). En el primero de ellos, «Una lámpara arde aún en el bosque», Rivera Donoso esboza sus orígenes como escritora y traza los lineamientos estético-ideológicos que sostienen el entramado de los textos subsecuentes. Siguiendo la estela de Ursula K. Le Guin en colecciones de ensayos como The Language of the Night: Essays on Fantasy and Science Fiction (1979) reivindica la fantasía literaria como un hecho del lenguaje degradado por el modelo neoliberal preponderante, carente de valores estéticos y escapista por antonomasia. El tejido del texto también clarifica, de manera inequívoca, la filiación de Rivera Donoso al emplear la conocida metáfora del espejo y la lámpara como símbolos de la mimesis realista y la imaginación romántica: la fantasía, como literatura imaginativa, al condensarse en la figura de una lámpara, ilumina la realidad. El viaje de ida es también un viaje de regreso.
Estas ideas recorren el libro en su totalidad. En «J.R.R. Tolkien como portal de entrada a la fantasía», Rivera Donoso no solo ilumina la figura del reconocido autor de El señor de los anillos, sino que también echa luces sobre los problemas de su recepción en el ámbito del fandom y los estudios académicos. Para la autora, tanto la visión «fandomita» como la academicista sobre Tolkien son problemáticas, debido a que ambas perciben al escritor como una figura relevante, pero monolítica, sui generis y, por tanto, susceptible de devorar y ensombrecer todo reino alrededor. Ante esto, Rivera Donoso encumbra el valor estético del corpus tolkieniano con matices importantes: es, ciertamente, una influencia impostergable, pero no es ni el principio ni el fin de la propia fantasía.
«Tolkien […] es un ilustrísimo exponente y un portal de entrada para recorrer por primera vez [las tierras del País de las Hadas]. Pero precisamente en mis viajes he aprendido a conocer todo tipo de montañas, valles, riachuelos y constelaciones. Quizás [el autor] esté en el centro de mi corazón, como el árbol del Paraíso, pero sé que hay un mundo entero a su alrededor, con su propia belleza, con su propia bella letanía de nombres.» (p. 54)
La «bella letanía de nombres» a la que refiere Rivera Donoso es otra forma de nombrar a la vasta tradición literaria que precede a Tolkien y que, como ocurre con todo autor o autora capaz de definir un paradigma literario, le acabará superando en el tiempo y el espacio. Con esta alusión, la autora llama a los lectores de fantasía, asiduos o no a sus parajes y rincones, a considerar otros portales y, también, a enfrentar de manera productiva las limitaciones de cada uno de ellos, incluidos por cierto, las del propio autor inglés:
«Si se quiere, se puede concebir a Tolkien como un maestro de la espada. Por supuesto, podríamos ofenderlo a gritos, o incluso intentar asesinarlo a traición o con un arma de fuego, o tratar de borrar por omisión su escuela de esgrima, pero la gracia sería que pudiéramos encararlo, frente a frente, con nuestra propia arma. Tampoco se trata realmente de querer vencerlo, sino de sacar lustre a nuestras propias palabras y crecer nosotros mismos en el proceso.» (p. 60-61)
Este comentario sobre la recepción y la influencia de Tolkien destaca por ir más allá de la tradicional dinámica agonista que Harold Bloom describe en La ansiedad de la influencia (1973), según la cual los autores nuevos se sienten presionados por alcanzar y superar el pegado de sus influencias. que ha convertido a Tolkien en el enemigo del fantasista advenedizo. No por nada, uno de los subtítulos del ensayo de Rivera Donoso es «Una alargada sombra» (p. 51). Visto como un muro a superar, Tolkien ha estimulado una generación tanto de seguidores, como de aprendices y detractores entusiastas.
Rivera Donoso advierte que una relación acrítica con el autor, tanto para bien como para mal, tiene consecuencias. Los tolkiendili o «amigos de Tolkien» (p. 47) arriesgan una permanente miopía estilística y literaria, al igual que sus más devotos estudiosos. Los hijos rabiosos, por otro lado, restringen su propia capacidad de reflexión y creación al estar «enfrentándose por siempre a un enemigo difuso al que nunca han conocido» (p. 62) y que solo existe como tal en sus cabezas. En este contexto, la alternativa viable para Rivera Donoso no recae ni en la idolatría absolutista, ni en la apología permanente, ni en el rechazo irreflexivo. La lámpara de la imaginación debe iluminar la sombra del maestro, revelar misericordiosamente sus insuficiencias, pero también mostrar la senda hacia otros portales: Narnia, Terramar, El País de Nunca Jamás y muchos, muchos otros.
De aquella ráfaga de luz emerge un curso tan inesperado como necesario y que se alza como otro de los nodos fuertes de este libro. En «La idea de una fantasía latinoamericana» la discusión toma ribetes geopolíticos. Rivera Donoso sostiene, de hecho, la existencia de un prejuicio local hacia la fantasía cuyo fundamento es la aparente distancia de esta última con la realidad consensuada. Latinoamérica, pareciera ser, precisa de un realismo urgente que dé cuenta de sus heridas: un realismo, por cierto, concreto e inequívoco, libre de paralelos difusos o supuestos universalismos espurios. Ello explicaría, al menos para propósitos de esta discusión, la asimilación positiva de otros géneros o estéticas europeos.
Con todo, hoy celebramos (con razón) el gótico latinoamericano de Mariana Enríquez y contamos con décadas de una rica tradición de novela negra, o incluso el fantástico latinoamericano de un Cortázar enamorado de Poe hasta el corazón o un Borges saturado de oscuras pero maravillosas influencias angloparlantes. El mismo Boom latinoamericano descansa sobre las ficciones de William Faulkner, Henry James, el modernismo británico y muchas otras influencias eurocéntricas. ¿Por qué, pareciera preguntarse Rivera Donoso, nadie le cuestiona a García Márquez la sombra del país imaginario de Yoknapatawpha? ¿Por qué nadie le reprocha a Borges que «Sobre la exactitud en la ciencia» esté en perpetua deuda con Sylvie and Bruno Concluded (1893) de Lewis Carroll? ¿Por qué, en cambio, Verónica Murguía levanta sospechas cuando evoca el nombre de Beowulf y del mítico bosque de Broceliande en El Fuego Verde (1999) y Loba (2013)? ¿Será que la fantasía, al autodeterminarse semánticamente de maneras similares a la poesía, según la teoría de Michel Riffaterre que sugiere que el poema construye su propio mundo, reglas y entramados de significado (1978), eleva injustificadamente los estándares? ¿Por qué la fantasía debe ser explícitamente latinoamericanista para no ser percibida como un mecanismo de importación imperialista? La respuesta no está clara. Sin embargo, para Rivera Donoso, una preferencia local por la interpretación alegórica de las literaturas de la imaginación podría jugar un papel importante a la hora de valorar trabajos semejantes. Este tipo de lecturas puramente simbólicas, sugiere la autora, son reduccionistas. En ese sentido, leer La saga de los confines «en clave fantástica», sin asumir que la imaginación se sirve de la realidad pero, como diría Tolkien, no está, en último término, atado a ella, impediría valorar la propuesta integral de su creadora.
«Para empezar, es importante notar que la premisa de [La saga de los confines] no es en realidad un nosotros (pueblos originarios) contra ellos (españoles), pues el enemigo no está construido como un referente alegórico cerrado. Entre los sideresios, la cultura adversaria [los siderisios] hay también seres que sufren el yugo de su estirpe conquistadora […] De hecho, es en su seno donde surgen los salvadores elegidos, los hermanos Vara y Aro, quienes sin embargo aparecen tardíamente en la historia (p. 104).
En efecto, el énfasis de la Saga es propiamente latinoamericano al presentarse como un ejercicio de una memoria colectiva, descentrado, en el que la otredad sideresia es extrañada a través del lenguaje y el foco mismo de la narración: así como los pueblos originarios latinoamericanos tuvieron que encontrar palabras para el caballo y el jinete acorazado, los habitantes de Los Confines tuvieron que hablar del «polvo gris» para poder hablarse a sí mismos de la pólvora. Pero esto, afirma Rivera Donoso, no es suficiente: la obra de Bodoc tiene no solo elementos, sino también propiedades estéticas afines a la fantasía literaria. Por ello, sus elementos imaginativos no pueden entenderse solamente como trasuntos alegóricos prefijados. Para la autora, serían entidades literarias vinculadas a imaginarios y estéticas heterogéneas.
Esta aseveración se entiende bajo los lineamientos que el propio Tolkien discutiera en su ensayo On Fairy-Stories (1939), según el cual los cuentos de hadas, en sus variantes folklóricas (los llamados Hausmärchen) y literarias (el género victoriano conocido como Kunstmärchen), poseen cuatro propiedades fundamentales: la propia fantasía, entendida como imaginación; la evasión, realizada en el viaje literario a otro mundo; la renovación, como un reajuste de los sentidos que permite revalorar la realidad a la luz del mundo imaginado y, finalmente, el consuelo: la posibilidad de redención, expresada en un final feliz contra toda esperanza. Para Rivera Donoso, la Saga, ante todo, es una obra inscrita en los cánones de la fantasía que puede leerse de forma latinoamericanista. Con todo, es, en esencia, un fenómeno del lenguaje puesto al servicio de la imaginación «en tanto inventa o produce» subsidiariamente un mundo secundario que se autodetermina a sí mismo, aunque sin cerrarse a lecturas externas.
Esta porosidad a la hora de entender e interpretar las «literaturas de la imaginación» (como llamó Le Guin a la fantasía, la ciencia ficción y el terror, entre otras) podría parecer extraña en el contexto local. Rivera Donoso no lo cree así. Su lectura de la Saga se fundamenta en el supuesto de que la obra es un ejemplo de la tensión de las dos tradiciones literarias y culturales a las cuales tributa Bodoc y que posibilitan la gestación de una obra que es tanto el Popol Vuh como El señor de los anillos. Desde la lectura de Rivera Donoso, la síntesis de ambas vertientes produciría una literatura heterogénea, efectivamente mestiza, según la definiera el importante intelectual peruano Antonio Cornejo Polar, citado en el ensayo. La idea de una fantasía latinoamericana, retomando el título de este ensayo, necesita, pues, ser negociada: aquello que la cultura mainstream reconoce como «latino» o «local» no es suficiente. No basta con crear nuevos Macondos ni otros hitos imaginarios continentales, ni se trata de convertir al Trauco en un troll o a la Pincoya en una nereida.
Hoy, ciertamente, hay obras que toman elementos de mitologías propias del continente y los utilizan de forma cosmética para promover imaginarios foráneos pintarrajeados con algunos pigmentos, por ejemplo, de la cultura mapuche-huilliche. Para ilustrar esto, propongo el caso de La tierra hundida (2017) de Patricia Truffello, una interesante novela juvenil cuyo tratamiento de la fantasía tambalea, precisamente, por tratar lo propio como accesorio. A pesar de que Truffello lleva a sus personajes a Isla Mocha, Frutillar y la cima de volcanes custodiados por brujos y pillanes, su propuesta de un sur imaginario no funciona como debería. Al remover los elementos mágicos superficiales, el sur de Truffello permanece anodino y genérico, justamente como percibido desde la metrópolis. Caso contrario, por ejemplo, es la novela Loba, de Verónica Murguía, que habla más del territorio de su autora (México) a pesar de plantearse un mundo medievalista.
La propuesta de Rivera Donoso (y que no debería leerse como el único camino posible) recorre una senda integradora: «[e]s decir, más reconciliación que ansiedad de influencias» (p. 103). Más que una oposición binaria entre lo latinoamericanista y lo eurocéntrico, debería ser la propia lengua latinoamericana, con sus muchas variantes sociopolíticas y geográficas, la que tome protagonismo. A modo de ejemplos exitosos de esta forma de escribir fantasía latinoamericana, Rivera Donoso propone a la misma Murguía pero también a otra escritora argentina, Márgara Averbach:
«La fantasía [de Averbach] presenta mundos secundarios que no sugieren tener mucho asidero local inmediato, pero que sí abordan […] desarrollos literarios que podríamos considerar más cercanos a una vertiente de la [fantasía latinoamericana]: narradores colectivos, reemplazo de héroes individuales en grandes gestas por acciones comunitarias que recuerdan a las de nuestras propias tierras, o concepciones de la magia (antes que «sistemas») asentadas en visiones indígenas sobre la naturaleza y su relación con los seres humanos, por ejemplo.» (p. 109).
Algo similar, como ya adelantábamos, ocurre en la obra de Verónica Murguía debido a que, si bien su obra «no tendría ninguna conexión explícita con nuestro continente, sí ahonda en aspectos que no suelen verse con el mismo matiz en sus pares metropolitanas» (p. 110), tales como la esclavitud, los abusos de poder, la explotación del pueblo ilota y la restauración de un territorio herido gracias a las propiedades curativas de las artes. Rivera Donoso declara que en estos y otros elementos profundos se advierte «una preocupación social que sí tiene mucho que ver con las penurias de nuestros países» (p. 110) más allá del abordaje concreto o textual de la (supuesta) realidad contingente.
Dicho de otro modo, es posible hablar de Latinoamérica, sus luces y sus sombras, desde los múltiples y heterogéneos lenguajes de imaginación. La llave a este modo de representación por la que Rivera Donoso pareciera decantarse es aquella, ya decíamos, aquella que proveen las palabras: «[h]e insistido en el lenguaje, los componentes lingüísticos, estilísticos y estructurales de la obra literaria, porque creo que es en ellos donde mejor podría aflorar [el mestizaje] de una obra» (p. 103). Lo demás, podemos leer entre líneas, es una estrategia de mercado.
Quizás el aspecto que más destaca en el pensamiento de Paula Rivera Donoso es la atención que presta a detalles que la discusión hegemónica suele ignorar o desechar, así como un posicionamiento que bien podría caracterizarse como al margen de los márgenes. Esto, por cierto, es producto de sus años de formación y pensamiento, pero también de una manera particular de entender no solo la literatura y sus contextos de producción y difusión, sino el mundo en general. En «Fantasista / Autista», la escritora ofrece un hermoso y estimulante retrato que consolida su ética, estética y política autoral y desde el cual es posible entender mejor los entresijos de su pensamiento.
El ensayo comienza, literalmente, con un cuento de hadas original, concebido como proemio al texto, para introducir el término de changeling o cambiazo. De acuerdo con la tradición folklórica de los países angloparlantes, los changelings son la contracara de los niños robados: cuando un hada o un ser feérico se lleva una niña humana al país de las hadas dejaría un vástago raro, deforme y contrahecho en su lugar. En este caso, una niña cambiada, otra, que parece no pertenecer. La provocativa tesis de Rivera Donoso es que el sujeto neurodivergente es una suerte de cambiazo: nace, vive, se desarrolla y muere en un mundo que le es constantemente ajeno, hostil y peligroso.
La idea del fantasista/autista no es, por cierto, descabellada. De acuerdo con la autora «investigaciones recientes han constatado que el autismo en mujeres suele tener una forma de expresión diferente al que tradicionalmente se ha tipificado en hombres y que uno de los aspectos más llamativos es su afinidad por universos y personajes imaginarios» (p. 156-157). Esto no quiere decir que toda mujer autista devendrá, necesariamente, en escritora de alguna literatura imaginaria o que las escritores y escritores neurotípicos no tengan acceso a los dominios de la imaginación. La afinidad de algunas personas neurodivergentes con la fantasía no debe entenderse como prenda de membresía exclusiva a un modo literario. Para Rivera Donoso, es más interpretativa que, por ejemplo, prescriptiva.
Bajo este prisma, la literatura provee al fantasista-autista una lente diáfana y estructurada para aprehender e interpretar experiencias humanas que, en la vida cotidiana, le resultan más difíciles de comprender. La realidad se vuelve legible a través de la ficción, en la medida que esta tiene coherencia interna y se construye en torno a patrones narrativos claros. Incluso en etapas tempranas, cuando el ejercicio creativo obedece más a pulsiones lúdicas que estéticas, la creación de un mundo imaginario puede convertirse en un mecanismo de regulación para las infancias neurodivergentes. Rivera Donoso ve en esto un primer paso, aunque no definitorio, en la senda del escritor o lector de fantasía.
El ensayo también establece un interesante paralelo entre los criterios de autismo definidos por el DSM-5 y algunas de los rasgos que, a juicio de Rivera Donoso, definen a quienes cultivan la fantasía literaria. Hay, en primer lugar, una definición diferente de lo que es o podría ser la realidad. Al mismo tiempo, el autismo se caracteriza por faltas o excesos de actividad cerebral ante ciertos estímulos sensoriales que podría leerse como la tendencia del fantasista hacia lo oculto, invisible o invisibilizado. Asimismo, la autora conecta su propia devoción por la fantasía con lo que la literatura médica llama despectivamente intereses restrictivos. La especificidad temática de La añoranza feérica –que, en efecto, no se observa en uno de sus referentes, precisamente The Language of the Night: Essays on Fantasy and Science Fiction(1979) de Ursula K. Le Guin– da cuenta de un interés profundo y dedicado que las personas autistas entenderían mejor que sus pares neurotípicos.
De todos modos, Rivera Donoso insiste en que el entendimiento y valoración de la fantasía no debe limitarse al hecho de ser o no ser neurodivergente. Su postura, en este sentido, es clara y categórica:
«creo en el poder imaginativo y redentor de la imaginación para todos, pues el autismo no es la única causa de marginación en nuestro mundo […] del mismo modo en que la imaginación nos complementa desde todo tipo de carencias o anhelos» (p. 165).
Por otra parte, la evasión estética que proporciona el cuento de hadas –como bien lo hacía notar Tolkien en su On Fairy-Stories– no puede convertirse en una excusa para separarse del mundo para siempre o, en el caso del planteamiento de la autora, construir puentes entre autistas, alistas (personas no autistas) y la realidad común. Aunque marcados por su viaje o su condición de niños/adultos cambiados, los fantasistas-autistas deben regresar al mundo e integrarse en sus muchas parcelas. La fantasía, finalmente, «espera nuestra llegada; el mundo real, nuestro regreso» (143).
Este regreso puede leerse a partir de ejemplos de renuncia, negación, descubrimiento, incorporación y memoria del viaje que Rivera Donoso ejemplifica con obras literarias tales como Peter Pan y Wendy (1911) de J.M. Barrie, Entrebrumas (1926), de Hope Mirrlees, El herrero de Wootton Major de J.R.R. Tolkien (1967), Piranesi (2020), de Susana Clarke y algunos cuentos de la española Ana María Matute, particularmente «Solo un pie descalzo» (1983) y «La razón» (1961). La autora hace una lectura autista-fantasista de los personajes principales de todas estas obras y concluye que la vuelta al mundo real-neurotípico es inevitable. Esto coincide con el planteamiento de Tolkien de que la evasión solo es pasajera y que, para que el efecto de la fantasía logre consolidarse, volver y reencantar la realidad no solo es deseable sino necesario.
Debido a este y otros planteamientos, La añoranza feérica de Paula Rivera Donoso es una propuesta inusual, provocativa e insinuante que, como se dijo al comienzo de este texto, acaba con el vacío en torno a la reflexión teórica en torno a la fantasía que asolaba los suelos imaginativos del Reyno de Chile. Su dedicación exclusiva al género se hace cargo de un espacio teórico-conceptual abandonado u omitido y de una fórmula poco cultivada por las y los escritores de género de nuestro país. Una lectura atenta del texto que preste atención tanto a sus luces y sombras, aciertos o desaciertos, acuerdos y desacuerdos debería sugerirnos la imperiosa necesidad de pensar aquello que escribimos.
Acaso, una de las insuficiencias del compilado es, precisamente, el carácter exploratorio de la mayoría de sus textos. El texto no aclara ni profundiza, no al menos de manera explícita, las filiaciones entre la fantasía como ética y estética con sus dimensiones políticas; la relación entre la imaginación y las políticas de la esperanza, tan necesarias y urgentes estos días, emergen como destellos de luz solar entre los intersticios del follaje de los árboles de un bosque muy tupido. Sin embargo, desde esa perspectiva, las incursiones de la autora en el embrollado bosque del pensamiento han triunfado en su cometido original: las puertas del País de las Hadas se han abierto no solo al corazón, sino también al pensamiento.
Análogamente, el libro se sitúa en una posición política inusual para el lector no interiorizado, al presentar la fantasía como un vehículo de alteridad y diversidad . Desde la idea de una fantasía latinoamericana heterogénea o desde la neurodivergencia en su amplio espectro, La añoranza feérica aboga por la integración de opuestos y la inclusión tanto de la norma o canon como de aquello que es percibido por esta misma como extraño, amorfo o divergente. Esta apertura a la complejidad del mundo y sus entresijos logra alejarla de los usos ultraderechistas a los que ha sido sometida.
Por último, el libro, como artefacto o propuesta conceptual, es un híbrido integrado: no es ni un compendio de ensayos académicos ni una biografía literaria; no es ni prescriptivo ni plenamente descriptivo, ni enteramente literario ni comprometidamente transmedial. Estas hibridaciones, naturalmente, quedarán más claras a quien se lance a la lectura íntegra del texto. Estamos frente a una obra que invita a lectores y a escritores a hacerse cargo de la imaginación como materia y material artísticos. Es fácil imaginar a Paula Rivera Donoso, al menos para quienes la conocemos, insistiéndonos que no solo es necesario escribir fantasía, sino también pensarla.
* Este texto se publicó originalmente en la revista virtual chilena Origami, en el siguiente enlace:
https://revistaorigami.cl/2025/03/13/una-brecha-de-luz-entre-las-hojas/
«Ensayo. Palabras trascendentes», por Gonzalo Cortaviento»
17 de febrero de 2025
LEER RESEÑA [+]
“Yo mismo soy el contenido de mi libro”
Montaigne, Ensayos
En su obra maestra La palabra quebrada, Martín Cerda comenta que el “ensayo trasciende y lo releemos por su forma”[1], incluso si sus ideas han sido superadas; de no ser así, ya no leeríamos las ideas de Platón propuestas en La República o sus ideas sobre el amor en el Simposio, así como los postulados sobre la sabiduría de Aristóteles en su Metafísica debido a lo “inadecuadas” o “poco prácticas” que podrían resultar dos mil años después en la era digital.
Cerda considera fundamental que el ensayo ocupe su objeto de estudio como un puente para hablar de algo más profundo: las inquietudes, temores y esperanzas del propio autor. El ensayo es un organismo protegido por una piel que cubre a quien lo escribió, esta piel son las palabras. La estética es primero en el ensayo, luego vendrán las geniales ideas, las preguntas, las relecturas, el anecdotario, lo biográfico y el extenso etcétera que el lector puede o no apreciar y/o discutir.
Pienso en una pregunta que me parece hondante a partir de lo postulado por Cerda: ¿Sobre qué se funda la estética del ensayo? En el orden de una palabra junto a otra.
Sobre el uso de la palabra, René Guénon reflexiona: “En el fondo, toda expresión, toda formulación, cualquiera fuere, es un símbolo del pensamiento, al cual traduce exteriormente; en este sentido, el propio lenguaje no es otra cosa que un simbolismo”[2]. Las palabras, cuando son símbolos, son la síntesis de un conocimiento intuitivo, no exacto. En el ámbito del lenguaje en su uso literario, no todas las palabras son símbolos, pero los símbolos sí son siempre palabras[3].
No todo lector se halla en disposición de recibir el símbolo, sin embargo, esto no es una condición sine qua non para disfrutar y apreciar una obra artística. De igual modo, no todo autor busca poner foco al aspecto simbólico en el uso de la palabra.
La obra La añoranza feeérica de la fantasista chilena Paula Rivera Donoso desarrolla, a partir de siete ensayos, valiosas reflexiones sobre la literatura de fantasía.
El primer gran tema que desarrolla la autora es la palabra, el eje sobre el que se desarrolla la tekhné literaria: la palabra como herramienta elemental mediante la cual se registra el pensamiento. A través de las palabras canalizamos la fantasía. Según el postulado que considero fundamental en la obra de Paula Rivera Donoso, la fantasía es en realidad la estética de la fantasía. La palabra permite la existencia del mundo secundario.
El otro gran tema de la obra es el bildung de Paula a través de la fantasía: una relación que es amistad, amor, siempre sólida y firme[4]. La escritura misma de este libro es una muestra del pensar la fantasía que ella propone como necesidad para la escritura. Al leer su obra literaria (El idioma de los dragones, El musgo en las ruinas), vemos una perfecta correlación y praxis con las ideas que trata en La añoranza feérica. Este segundo tema (o nivel) se encuentra subordinado a la necesidad de Paula de hablar, primeramente, sobre la fantasía.
Rivera Donoso propone sus tesis y arriesga opiniones valorativas elegantemente. Demora, ejercita y divierte, como Martín Cerda definía la labor del ensayista, llevándonos de un lugar a otro dentro del mundo que ella ha denominado Fabularia: su propia forma de entender la fantasía estética y narrativamente (lo que Tolkien llamó Arda y Le Guin llamó Terramar, entre otras).
La añoranza feérica me parece una obra esencial de leer en el contexto nacional, porque es un aporte a la praxis literaria y al pensamiento sobre la literatura que muchas veces hace falta entre quienes nos dedicamos a escribir y leer, pero sobre todo dentro de lo que denomino la primera corriente de la tradición chilena de fantasía. Paula traslada ideas de antaño hasta nuestros días, transforma esas ideas en lo que Ezra Pound afirmaba sobre la poesía: “news that remain news”, palabras trascendentes.
En el ensayo “Para urdir un encantamiento: el estilo en la literatura de fantasía”, Paula Rivera Donoso escribe sobre el sentido y el fundamento del uso de las palabras como algo que va más allá, partiendo de que el estilo es “la manera distintiva en la que un autor emplea las diversas posibilidades del lenguaje”[5].Tomándose del vocabulario de la literatura de fantasía, la autora comenta que esas posibilidades del lenguaje deben permitir urdir un encantamiento, más allá del resultado que este tenga. Lo que la autora manifiesta es la forma en que este lenguaje no debe necesariamente estar vinculado a sus referentes analíticos y racionales.
Las palabras que en la infancia son las piedras sobre las cuales andamos, se nos vuelven poco a poco un camino reconocible, con la ayuda de quienes nos crían y guían. El Fantasista, dice Rivera Donoso, debe “detenerse, observar, desfamiliarizar, reimaginar el sentido de la palabra-piedra”[6]. Para lo anterior, debe dirigirse la mirada hacia el pasado (la tradición) desde el cual proviene dicha palabra-piedra:
“Hacer que esas palabras sostengan y recreen mundos, que sean a la vez palabra y verbo, no es algo sencillo: es un delicado encantamiento que requiere formarse en el oficio de escritor Fantasista. Y un escritor trabaja con palabras, con eso y nada más.”[7]
Hay una polémica que me interesa destacar —mas no ahondar en este texto—, en la obra de Rivera Donoso, referida al concepto mismo de fantasía, en contraste con el de fantástica. La autora abre la discusión con las dilaciones necesarias, pero con firmeza. Ambas tradiciones se han vuelto fundamentales durante su desarrollo en el siglo XX y hoy, lamentablemente, los escritores y lectores distraídos, las confunden y utilizan como símiles.
La añoranza feérica da luces para salir de ese errático uso conceptual. Sobre todo, porque su argumento esencial recae en el uso de las palabras, en la forma en que estas se usan, más allá del relato que están contando. La autora se da el gusto de criticar, por ejemplo, el famoso (y muy valorado en ciertos círculos) concepto de worldbuilding utilizado por autores de fantasía y fantástica a partes iguales.
¿Será que somos ortodoxos, tradicionalistas, reaccionarios incluso? No. Pienso que simplemente somos amantes de las palabras y, como tales, deseamos usarlas de forma precisa y responsable. Y desde esa precisión y responsabilidad, transmitirlas.
La palabra tiene una esencia creadora. En literatura esa creación es, en primer momento, la forma de lo escrito, luego, dentro de esa forma, el símbolo que puede trasladar.
Si las palabras usadas son además una llave de acceso al ser humano, estaremos entonces frente a obras que nos hagan pensar, cuestionarnos la realidad del mundo y nuestra propia condición. Todo, a través de la literatura.
El ensayar ideas nos permite ingresar a las preguntas fundamentales que surgen desde los objetos en torno de los cuales pensamos. Nuestras ideas pueden estar erradas, sin embargo, la forma en que manifestamos nuestro mundo interior a través de las palabras es lo que abrirá espacio a nuevas y enriquecedoras lecturas por parte del lector atento.
Hablamos sobre cosas, objetos, fenómenos, para finalmente hablar de nosotros mismos a través de las palabras que usamos.
[1] Cerda, M. La palabra quebrada. Santiago, Cormorán Ediciones. 2022.
[2] Guénon, R. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Barcelona. Paidós. 1995.
[3] Verbi gratia: en la novela Carta de una desconocida de Stefan Zweig, tomemos por objeto diegético-simbólico las escaleras que se encuentran afuera de la habitación donde vive R. En una primera lectura, estas corresponden, en el nivel del índice, a los escalones que la protagonista sube para ver a su amado y que luego baja cuando sale y vuelve a su casa. Para el lector que desea ver el símbolo (la segunda lectura, intuitiva), las escaleras simbolizan la subida a una dimensión sagrada y luego el retorno a lo mundano, el cambio de una dimensión humana a otra para la Desconocida.
[4] Recomiendo sobre todo el exquisito ensayo “Escribir fantasía en oro”.
[5] Rivera Donoso, P. “Para urdir un encantamiento” en La añoranza feérica. Chile. Imaginistas. 2024.
[6] Ibídem. Pág. 80.
[7] Ibídem. Pág. 84.
* Este texto se publicó originalmente en la web Revista Montaje, en el siguiente enlace:
https://revistamontaje.cl/index.php/2025/02/17/ensayo-palabras-trascendentes-por-gonzalo-cortaviento/
«La añoranza feérica o un breve ensayo sobre las palabras que no existen o no tienen traducción», por Emilio Araya Brugos (Texto de presentación)
14 de enero de 2025
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Palabras intraducibles
Creo que la mejor forma de darle la bienvenida1 a Paula Rivera Donoso a esta tierra de ríos, lagos, bosques y lluvias a la que llegó a vivir, hace más o menos cuatro años, es deteniéndome en un puñado de palabras que tomaré prestadas de un pueblo que, al igual que ella, llegó de otros lares.
En alemán existen varios términos que, en español y otras lenguas, debemos traducir forzosamente mediante frases o términos insatisfactorios. Vocablos como Sehnsucht Fernweh o Heimweh suelen traducirse como «anhelo» y vincularse vagamente a la nostalgia. Sehnsucht describe un estado de pena inexplicable cuyo objeto nos es desconocido e, incluso, puede que no exista. Fernweh, por otro lado, es el dolor que nos produce aquello que está lejos; Heimweh, en cambio, es la dolencia o nostalgia del hogar.
Los galeses tienen la palabra Hiraeth. Los portugueses, Saudade. Este último término describe los rescoldos de un amor perdido que, sin embargo, permanece. En inglés suena bonito: the love that remains.
No existe una palabra alemana para hablar del libro de Paula Rivera Donoso, pero podemos inventarla gracias a la plasticidad asombrosa de aquella lengua de tipo aglutinante. Podríamos hablar de una Feenweh (donde «feen-» remite a «hadas» y «-weh» remite a «dolor»). Es decir, un anhelo o añoranza de las hadas.
El acto de pensarse a uno mismo
La añoranza feérica pertenece al género del ensayo, un género literario inventado (dicen), por el célebre humanista Michel de Montaigne en la Francia del siglo dieciséis. El ensayo montaigneano se caracteriza por alternar una mezcla de anécdota, autobiografía, devaneo intelectual e introspección. Es, ante todo, un ejercicio mental. De ahí su nombre. Podríamos decir que un ensayo es un ensayo porque es, ante todo, un intento de pensar o de pensarse a uno mismo.
A partir de la obra de Montaigne, el ensayo se disemina a lo largo y ancho de Europa y el Nuevo Mundo. Durante la Ilustración asume formas distintas que van desde el panfleto político hasta el comentario cultural. Hacia fines del siglo XVIII, en pleno apogeo del idealismo alemán, emerge como medio de expresión por excelencia del romanticismo.
La filogenética de las hadas
La añoranza feérica, como obra, es un ejercicio de continuidad, en el sentido de que forma parte de esta tradición, como igual que la obra ensayística de poetas chilenos como Vicente Huidobro, Jorge Teillier o Raúl Zurita.
Sin embargo, el libro de Paula Rivera Donoso tiene más en común con la tradición ensayística romántica que William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge inauguraron con el prólogo a las Lyrical Ballads de 1802, del que parecieran emerger muchas de las discusiones contemporáneas sobre lo que es la poesía: qué es, quién la escribe, cómo la escribe y para quién la escribe.
El ensayo como forma literaria ayuda a aproximarse a varias de estas preguntas y no solo para hablar del género lírico. La literatura decimonónica está plagada de ensayos sobre la escritura del cuento (The Philosophy of Composition, de Edgar Allan Poe, 1846), la novela realista (The Art of Fiction, de Henry James, 1884) o, maravilla de maravillas, el cuento de hadas. En 1895, George MacDonald, el eslabón común entre J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis, publicó The Fantastic Imagination, un ensayo para explicar su visión de este tipo de relatos, su naturaleza y su relación con la verdad.
Las figuras de Tolkien y Lewis siempre estarán a la enseña de las y los escritores de fantasía. En 1947, el primero de ellos publicó el que acabaría siendo uno de los ensayos más importantes de la literatura de fantasía del siglo veinte. Me refiero a On Fairy-Stories, traducido al español como Sobre los cuentos de hadas. Si bien el trabajo ensayístico de Lewis se relaciona más con la defensa de la fe cristiana, sus ensayos sobre literatura infantil son clásicos imprescindibles para cualquiera que se adentre en los dominios de los cuentos y libros infantiles.
El eslabón más reciente en esta cadena es, por supuesto, Ursula K. Le Guin. Con la publicación de The Language of the Night: Essays on Fantasy and Science Fiction en 1979, la autora toma la posta de Tolkien y sus predecesores con una colección de ensayos en los que aborda las que ella llama «literaturas de la imaginación», es decir, aquellas literaturas que no buscan una imitación referencial de aquello que llamamos realidad. Nadie podría culparles por no conocer este libro. Su primera traducción y edición al castellano llegó con la Pandemia.
In my end is (also) my beginning
La añoranza feérica sale al mundo cuatro años más tarde, pero contiene dentro de sí la síntesis de toda una vida literaria en la que los nombres de MacDonald, Tolkien, Le Guin, Katherine Paterson, pero también Liliana Bodoc, Verónica Murguía y Ana María Matute emergen de manera constante a lo largo de siete ensayos en los que Paula logra trazar su propia autobiografía literaria.
No quiero hablarles mucho de los contenidos del libro por motivos evidentes; la obra les está esperando. Con todo, esa no es la única razón. Este libro es un misterio. Está lleno, ya no de palabras, sino de sentimientos intraducibles que, no obstante, todas y todos deberíamos poder reconocer.
Volvamos a las palabras del comienzo.
Sehnsucht. El anhelo que no tiene nombre atraviesa el corazón de cada uno de los textos que componen el volumen. A menudo temerosa, fervorosa e iracunda en partes iguales, Paula Rivera Donoso busca su origen, propósito y destino en la fantasía como forma de vida y creación.
La tensión entre Fernweh y Heimweh, ese tira y afloja entre el querer irse y el querer volver, recorre las alcobas mentales de la autora como un fantasma inmarcesible. ¿Es la fantasía un viaje de ida o de vuelta? ¿A dónde vamos cuando vamos al país de las hadas y cuando volvemos? ¿Cómo volvemos cuando regresamos? ¿Regresamos? ¿Deberíamos hacerlo?
A estas alturas, no debería parecernos extraño que la autora haya elegido el ensayo como la forma indicada para explorar su relación con la literatura de fantasía. Así como C.S. Lewis dijo que «A veces los cuentos de hadas pueden decir mejor lo que hay que decir» (este, de hecho, es el título de un artículo suyo publicado en 1956), hay ocasiones en las que el acto de pensarse a una misma a través de la palabra es la única forma de poder decir en sí.
El año pasado, cuando presenté este libro en Santiago, terminé mi intervención con un poema propio. En esta ocasión, me gustaría hacer algo parecido citando a T.S. Eliot, ese poeta anglo-norteamericano que nunca escribió fantasía pero que a veces parece entenderla mejor que muchos autores imaginativos de estos tiempos:
*Solo queda luchar por recobrar lo que hemos perdido y encontrado perdido y encontrado tantas veces: justo hoy, ahora, en las peores condiciones. Aunque quizás no haya ni pérdida ni hallazgo: A nosotros no nos queda otra cosa que intentarlo.*
El resto (esto no lo dijo Eliot, al menos hasta donde sé), acaso sea cosa de las hadas. Feenweh, en un sentido redentor. El anhelo que nos lleva de regreso al fuego del Hogar.
1 El título original de este ensayo es La añoranza feérica o un breve ensayo sobre las palabras que no existen o no tienen traducción. Algunas partes fueron editadas o removidas para facilitar la lectura y adaptar sus contenidos al contexto de esta última. Se omitieron, por ejemplo, notas fonéticas o insertos dialógicos destinados a interactuar con el público presente.
* Este texto se leyó para la presentación del libro en la feria del libro Caudal de Valdivia, y se publicó originalmente en el boletín del autor, Faebrand, en el siguiente enlace: https://faebrand.substack.com/p/5-de-libros-y-bienvenidas
Reseña de Jorge Silva
6 de septiembre de 2024
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Paula Rivera Donoso (Viña del Mar, 1987) es una autora chilena dedicada a la fantasía. Siguiendo su llamado a tratar a las palabras con el respeto que se merecen, me permito destacar todas las acepciones de ‘dedicada’ que calzan con esta escritora: destinada, consagrada, ocupada y ofrecida a la fantasía. Durante años ha dado testimonio de ello, aportando con sus reflexiones sobre la materia ya sea en un blog, en su boletín, en papers y libros, como también en forma de cuentos publicados en Chile y otros países de habla hispana.
Los ensayos que componen ‘La añoranza feérica’, recién publicado en Chile este año 2024, nos regalan profundas reflexiones sobre la fantasía que ha permeado la vida de la autora y de tantos lectores que amamos el Mundo Peligroso.
La pluma de Paula R.D. vuela sobre sus páginas describiendo desde sus aspectos más universales, como Tolkien y otros portales que nos llevan a diferentes mundos secundarios, hasta los más personales y autobiográficos. En estos últimos destaco “Fantasista/Autista”, donde ambos modos de ser en el mundo de la autora se entrelazan, tanto en la fantasía misma como en lo cotidiano, iluminando con la esperanza de “Una lámpara [que] arde aún en el bosque” el camino recorrido para que otros encuentren también el suyo. A pesar de que sus palabras ofrecen compañía y consuelo, no niegan con falsa dulzura las dificultades que una mujer autista enfrenta en este mundo primario que nos vio nacer, lo que las vuelve sin duda más verdaderas.
Para aquellos que, como ella en otros de sus libros, se atrevan a escribir fantasía, hay párrafos de exhortación sobre el cuidado que merece el estilo particular de este género, que no reside necesariamente en un worldbuilding —por minucioso que sea— sino que en un wordbuilding que examine cada significante para ver si es capaz de “urdir un encantamiento.” Paula R.D. nos recuerda así el valor de cada palabra en la construcción de un estilo que les propio a la fantasía, reforzando su mensaje con las palabras de Le Guin, a quien cuenta entre sus maestras.
En síntesis, todo fantasista debe leer este libro, sea para apreciar otras obras de este género de manera más profunda, o bien para sumarse a las manos que levantan una antorcha y se adentran en Faerie para relatarnos sobre sus rincones una vez que regresen a lo cotidiano. ‘La añoranza feérica’ es, en mi opinión, una obra imprescindible para los escritores de fantasía, un tratado serio sin caer en academicismos, un compilado de ensayos cercanos sin perder trascendencia, que se vuelven un llamado a la aventura para todos los héroes que decidan blandir sus lápices y teclados.
* Este texto se publicó originalmente en la web del autor, en el siguiente enlace:
https://www.escritorjorgesilva.com/paulard
Reseña de Javier Villavicencio
8 de septiembre de 2024
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Hace un tiempo atrás leí un libro de relatos de la autora y quedé fascinado con el manejo narrativo que posee para crear historias que nos hagan despegar los pies de la tierra. También era visible la pasión y el nivel de conocimiento con el que maneja la fantasía. Este libro de ensayo no hace más que reafirmar lo anterior y la posiciona como a una escritora necesaria para adentrarse en el mundo de lo fantástico. No creo que La añoranza feérica busque ser un libro catalogado como académico, situación que puede causar confusión por el manejo intelectual presente en sus ensayos, sino habla de una persona entusiastas por todo lo que rodea la fantasía y su espíritu reflexivo sobre tópicos que se mezclan en lo universal con lo personal. Los ensayos expuestos en esta publicación logran abarcar un espacio importante en lo que se refiere la fantasía en la literatura. Hay un compromiso palpable que busca generar debates y aclarar dudas sobre los lineamientos y sobre las aristas que vayan empleando autores que han hecho camino en este género. Habla de la fantasía como una puerta que atravesó en la adolescencia y de un cambio que generó en ella, como una fuente de inspiración y de restauración para hacer más ameno su relación con el mundo que la rodea. Los ensayos tienen un sentido biográfico que, con o sin intención, acerca y envuelve más a los lectores a su obra. Su exploración logra profundizar y resolver diversas interrogantes, como la puerta de inicio y los cambios que genera la fantasía en las personas, la importancia de la obra de J.R.R. Tolkien, el retrato del fantasista adolescente, el recorrido en latinoamericana, la estética que emplean algunos autores, la fantasía desde la condición del espectro autista y mucho más.
La añoranza feérica es un libro de ensayos contundente que reafirmar el compromiso que tiene la autora con la fantasía y donde intenta abordar diversas aristas que envuelven este fascinante mundo.
* Este texto se publicó originalmente en la cuenta de Instagram del autor, en el siguiente enlace:
https://www.instagram.com/p/C_qcm7NOL3l/
«La añoranza feérica de Paula Rivera Donoso o siete llaves al País de las Hadas», por Emilio Araya Burgos (Texto de presentación)
13 de julio de 2024
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La tarea de presentar un libro es delicada y no debiera tomársela a la ligera tan solo por el hecho de que sea una costumbre en el medio literario. Los peligros que evitar son múltiples, ciertamente, pero me gustaría centrarme en dos. Está, por una parte, la tendencia a oficiar de tonto solemne y escribir una elegía para un trabajo que acaba de nacer. Al mismo tiempo, aunque esto es algo que he observador más en autores y autoras, existe el riesgo de prologar la obra propia o ajena con un mal espectáculo circense. Decir “bueno y este el mi trauma, po. O sea, perdón: mi libro, jajaja, sorry por lo poco” y seguir hablando al infinito. El desafío estriba en encontrar, como siempre, el virtuoso justo medio: ni una apología ni un torrente de excusas en forma de stand-up.
Me pidieron presentar La añoranza feérica de Paula Rivera Donoso y dije que sí por varios motivos: el primero, el más obvio y también más vanidoso, es que, si ustedes lo abren, verán a un tal Emilio, que no es otro que yours truly*****. Por otra parte, el libro versa sobre Fantasía, una tierra que Paula y yo algo conocemos después de varios lustros creando, conversando y teorizando sobre ella. Nuestra vida, durante los últimos quince años, ha girado, de algún modo, en torno al Reino Peligroso. En cierto modo, podría decirse que este es un libro que conozco bien. Vengo leyéndolo hace, más o menos, quince años.
En esta presentación quisiera contarles por qué creo que La añoranza feérica es un libro valiosísimo para su pequeño pero intenso campo cultural. Que Paula y yo estemos casados importa bien poco. De haber sido otro el caso me habría alegrado mucho por su existencia y le habría dedicado una buena reseña en alguna desaparecida o hipotética revista literaria. También, dicho sea de paso, estoy aquí para devolver un favor que nunca fue un favor: una vez, hace muchos años, Paula escribió una reseña tipo ensayo de la que, hasta el día de hoy, es mi primera y única novela terminada. Pero sigamos con lo nuestro.
La añoranza feérica es un libro valioso en el contexto de la literatura imaginativa chilena, ciertamente. En este país (y permítanme tan grosera pero sincera impertinencia), nadie escribe hoy acerca del Reino de las Hadas. Epígonos de Tolkien publicados por imprentas con contactos hay, sí, en ingentes cantidades. También, hay pensamiento sobre “la literatura fantástica”, en gran medida mediocre, esporádico y derivativo. En el libro de Paula no encontrarán nada que pueda describirse de ese modo. Nada, tampoco, sobre ciencia-ficción. Nada sobre horror o fantastique. Cuando decimos fantasía decimos fantasía: lo feérico, es decir, aquello pertinente a Faërie, el País de Fantasía.
Pero eso, si la autora me lo permite, no es lo más importante. Lo más importante es que este libro nos introduce a un pensamiento novedoso y comprometido con la imaginación, su relación con el mundo y la condición humana desde una estética particular que es más que la suma de sus elementos constitutivos. La fantasía, ciertamente, es más que elfos y dragones, que sistemas de magia, franquicias de moda, juegos de rol o grandes producciones de cine, televisión y videojuegos. Para Paula y para muchos de los que estamos aquí, es una experiencia estética y existencial que marca vida, destino e intelecto. Si tuviera que terminar mi intervención ahora, ya, en este momento, esa sería mi última palabra.
Pero no aplaudan ni dejen de leer. Queda tinta todavía.
El libro que los está esperando por ahí, en algún escaparate, contiene siete ensayos en los que Paula Rivera Donoso narra, describe, discute, tensiona, reconcilia, formula, reformula, sintetiza, crea y recrea, piensa y repiensa su relación con la fantasía como lugar metafórico, estética literaria y camino de vida. Eso le da ciertos aires, hay que decirlos, romanticistas. Pues fueron las y los románticos quienes le heredaron a nuestra literatura contemporánea la autoconciencia, ora a través de prólogo-manifiestos, el uso y abuso de la intertextualidad o, simplemente, la idea de que (parafraseando a Wordsworth) los poetas son personas públicas: the poet is a man speaking to other men. Hoy, ciertamente, la idea de “hombre” nos queda pequeña. Hay que alargar el brazo y dilatar la ronda. Quien escribe, le habla al conjunto de la humanidad.
Y la fantasía, como la poesía – escribe Ursula K. Le Guin – habla la lengua de la noche; y la noche, en sí misma, es misteriosa, nebulosa y onírica, acaso impenetrable, pero no absoluta. El primer ensayo del libro nos presenta una metáfora que tanto Paula como yo hemos tomado prestada desde el afortunado momento que la descubrimos: si el realismo es un espejo, la imaginación es una lámpara con la que no solo iluminamos el mundo cotidiano sino los profundos senderos que miran hacia el interior, donde habita aquello que Shakespeare llamara such stuff as dreams are made on: aquello de lo que están hechos nuestros sueños. Este libro se aventura en los entresijos que esconden aquellos que soñamos pero su autora no se deja llevar por las promesas engañosas que la Reina de las Hadas ha tejido para confundir a los incautos. El viaje, en último término, es downwards into the Night, but upwards into the Light: de abajo hacia arriba. Desde la oscuridad de la noche a la luz de la vigilia.
Uno de los argumentos centrales de La añoranza feérica es que la fantasía es, en efecto, un viaje al otro-mundo. Un viaje, dicho sea de paso, que – como también apostillara Ursula Le Guin – va a cambiarnos de algún modo. Paula, de hecho, escribe ya desde ese cambio. Su voz es la de aquella que ha visto las terribles maravillas del País de las Hadas y que ya ha sentido no una sino dos, tres o cuatro veces sus melódicas y tristes resacas de amanecida. Incluso el tono de los ensayos en teorías “más académicos” aparece ante nosotros trastocado por un impulso nocturno, irracional o, más bien, pararacional. Aquí citar a Le Guin también se vuelve imperativo: la fantasía, dice en From Elfland to Poughkeepsie, es un medio para interpretar y aprehender la realidad. Esta idea merece ser replicada hasta el cansancio. Quien huye de la realidad, sostiene Tolkien, huye de la cárcel. Acaso, Jorge Teillier disentiría para estar de acuerdo: la huida del fantasista es hacia la realidad auténtica. La realidad de la mente; la realidad del espíritu; la realidad del corazón.
Las siete llaves al País de las Hadas que encontrarán en este libro apelan, precisamente, a esa realidad: aquella donde las lámparas brillan en medio del bosque, las palabras son piedras y encantamientos incompletos, las grietas y heridas sanan con oro y los changelings o cambiazos encuentran sus destinos en el bosque. En él hay discusiones, presentaciones de argumentos y disquisiciones librescas para aburrir a los neófitos ad nauseam, pero también hay fábulas, cuentos y arrebatos. La añoranza feérica no es un libro sanitizado en el que los “exhabruptos” de su autora deban evitarse con tibiezas. En otras palabras, sí: es un libro descalibrado, para desespero de Alicia y deleite del Sombrerero y sus deschavetados comensales.
Letrados, letradas y letrades del mundo cítenle bajo su propio riesgo. Este libro no es un tratado académico aunque la sangre del erudito corra por sus venas colmadas de tinta. Neurotípicos del mundo, beware: quizás el diario de viaje de Paula os plantee preguntas, preguntas que rompan máscaras; preguntas que, como cierto mago impertinente, les obliguen salir de los campos conocidos. Cuidado, tolkiendilis: este libro os dirá que Tolkien es uno más, incluso si es “el más uno más” de todos los unomaces. Cuidado, escritorado y profesorado chileno: Paula les recordará que un extraño les vigila en el bosque y que vuestras impertinencias tendrán peso en la balanza del destino. Lector, lectora, lectore: aconsejo extrema precaución. La añoranza feérica intoxica como ciertas manzanitas que alguna vez causaron estragos en el poblado de Entrebrumas. De otro modo, no se entiende que desista uno.
De acabar este mi proemio
con vulgares estertores de prosa
retomando esto o aquello,
lo dicho i lo omitido
como quien acaba una tarea inoficiosa
a la usanza del truhan o desdichado
que acumula letras muertas
para cebar a los dragones
que alguna vez sin ron mediante
acabarán por devorarnos. Mira, tú:
estos son los trazos del relámpago,
la luz que ha interrumpido el conticinio
i perturbado los concilios de los sabios.
En estos versos abandono la mesura
porque he de hablaros de un lugar
donde resonará por siempre el infinito.
Abandonad cualquier desesperanza,
vosotros que entráis en este libro,
aunque conservéis por siempre la tristeza
de una nacarina caracola
que jamás habrá de cantar las semblanzas
del océano.
Abandonad cualquier desesperanza,
vosotros que cabalgáis a lomos de los vientos,
aunque os duela siempre el agujero
que ha dejado en vosotros abandonar el hogar
que os espera.
A aprender os llamo la lengua de la noche
que Paula habla con colores propios
aventurándoos en los jardines de este libro:
buscad la lámpara que brilla,
mas no dejéis del todo el espejo deslucido,
ni olvidéis por vuestras vidas los campos conocidos.
Porque aquí hallaréis dragones
alegrías i tristezas afiladas como espadas
i palabras que habrán de aperplejaros.
Resistid solo si sois cobardes i marchaos si queréis
mas a fe mía a propio riesgo de perderos para siempre
en los pantanos de la vida no soñada.
Cuidaos, cuidaos de los idos de Faërie, cuidaos:
de quienes solo ven al árbol i no al abedul o a la secoya;
cuidaos de quien no distingue la flor del acónito
o la hierba de San Juan.
Cuidaos de quien viendo a un pájaro solo ve las plumas
i jamás a la bandurria, treile, zarapito o cormorán.
Cuidaos de quienes odian el lenguaje
i la imaginación imprecan siempre con el más tenaz
de los esmeros.
Mas cuidaos, también, de los hilos que tejen este libro;
o no: más bien, cuidaos de vosotros mismos,
que sin lámpara ni espejo entréis en sus dominios.
Pues nada hay en Faërie que resulte inocuo al corazón
ni corazón que resulte indemne a la agridulce nota que tejen
los cantos de las hadas y los tañidos de las arpas
de los elfos o al devorador fuego que dio sino a los dragones.
Buen viaje os deseo antes de volver al mundo
del otro lado de la cerca. Buen viaje, sí, i buen retorno.
No hagáis tal de desviaros de la senda o decir en vano
vuestros nombres
pues las redes de las hadas son mañosas i están hechas
de vosotros mismos.
Así me voy, de vuelta a mis dominios,
listo i dispuesto este pobre i buen mortal
que no olvidó jamás los favores por la Reina concedidos.
Vuelva ahora don Emilio y felicidades por cierto, Doña Paula.
Mi Señora Titania os manda sus respetos
i a vosotros, mis amigos, dulces sueños.
* Voz inglesa que se usa para hablar, generalmente de uno mismo, de manera indirecta, generalmente en clave paródica, modesta o autoconsciente (N. del A.).
* Este texto se leyó originalmente en el lanzamiento del libro y se publicó en la Revista Phantasma, en el siguiente enlace:
https://phantasma.cl/post/la-anoranza-feerica-de-paula-rivera-donoso-o-siete-llaves-al-pais-de-las-hadas
En Goodreads
Cada nombre del lector incluye un enlace al comentario original de Goodreads. Se replica el puntaje original en estrellas de la plataforma. He incluido reseñas que desarrollen un análisis o impresión personal detallada.
M. M. J. Miguel
31 de diciembre de 2024
★★★★
LEER RESEÑA [+]
La añoranza feérica es un libro de ensayos que se aparta de los aspectos más teóricos de la literatura de Fantasía y se adentra, precisamente, en los ámbitos personales de su autora. Funciona como una bitácora que recoge reflexiones o un registro de los recuerdos, experiencias, intuiciones, de Rivera Donoso sobre su propio quehacer con el registro imaginativo. Podemos observar a rasgos detallados su poética y su posición frente a otras literaturas cuyo fin parece ser ensuciar a la imaginación.
Este libro es una rareza en hispanoamérica, pues, aunque ya existen unos antecedentes que profundizan con tiento a la Fantasía desde nuestra lengua, como el trabajo de Segura o Clúa, el enfoque de Rivera Donoso es netamente experiencial, hermenéutico y autobiográfico, lo que posiciona esta obra entre ese raro margen entre el ensayo y la marginalia. Este hecho hace ganar mucho al libro, ya que abre puertas a más preguntas y a repensar esta literatura como algo más que una estética del espectáculo, del best seller.
En cierta medida, La añoranza feérica es un manifiesto en defensa de la Fantasía como ideal, como artificio literario y como propuesta artística. También, me parece un buen libro de entrada, un umbral al Reino Peligroso, fuera de la ficción.
Ikovian
26 de noviembre de 2024
★★★★★
LEER RESEÑA [+]
Siempre pensé que los libros son lo más cercano a un vistazo a la mente de su autor, a sus sentimientos, a sus pensamientos y a su corazón. Hay pocos libros, pocos textos que se sientan escritos desde el alma y el espíritu. Afortunadamente, este es uno de ellos. Me llevo con mi primera lectura una gran cantidad de reflexiones y nuevas lecturas, un pequeño trozo nuevo de mundo. Le ha dado otro color a mis ojos, una pequeña ventanita a Faërie. Ahora debo encontrar mi camino desde mis propios pasos, mas no sin una lámpara que ilumina brillante desde la oscuridad.