Una reflexión muy personal sobre un nuevo sentido, para mí, del concepto de «comunidad» a partir de mi experiencia como escritora en eventos culturales públicos.
Mis dos eventos literarios del mes fueron muy diferentes en contexto y enfoque: una lectura pública en una librería y una presentación de mi experiencia como escritora de fantasía en un colegio de niñas en Valparaíso, en el contexto de la efeméride del Día del Libro. Sin embargo, ambos compartían algo muy valioso, además del marco celebratorio por este mes y de la propia fe en la figura del escritor y de su literatura, en tiempos tan adversos a la belleza y al arte en general: los dos fueron eventos comunitarios, en los que los autores participantes abrimos nuestro espacio privado para compartir algo de nosotros con la audiencia, así fuese nuestra ficción o nuestro recorrido personal.
En mi juventud, nunca me consideré una persona comunitaria por una razón muy simple, algo espeluznante: estaba (esencialmente) sola, nadie me quería (de verdad, como individua, menos aún como escritora). Lo que yo concebía como “comunidad” entonces era un grupo de gente toda parecida entre sí, y que por ello tendía a arrejuntarse orgánicamente para hablar de las mismas cosas, con el mismo enfoque, y para crear fuerza colectiva que compensara, desde la hipertrofia social, su falta de talento e identidad individuales.
Grupo de gente en el que, obviamente, yo no estaba incluida. En parte por mi propio desinterés en personas que consideraba genéricas y en parte por el desprecio que ellas me destinaron por no sentir afinidad a sus temas y formas de vida. En el mejor de los casos, me ignoraban y dejaban de considerarme para sus iniciativas colectivas asumiendo que no me importaba nada y que no valía la pena pensar en otras miradas para integrarme. En el peor… Imagínense (o recuerden, si entienden desde la experiencia lo que estoy tratando de escribir).
Pero el tiempo lentamente me fue demostrando que eso no era una verdadera comunidad. La comunidad no son, necesariamente, tus amigos, o la gente con la que sales de fiesta y pasas el resto y que te dice siempre eri seca, amiga sin jamás llegar a leer nada de lo que haces. La comunidad es propositiva y constructiva, en torno a algo más trascendente en común: un proyecto de vida (un arte, una cultura), un territorio, una lucha o una desgracia compartida transversalmente.
A veces, además de amigos o gente que respetas o valoras mucho, puede estar compuesta por gente indeseable o con la que has tenido o tienes roces, pero que pertenecen a tu mismo campo de acción. Que, te guste o no, están construyendo junto a ti. Construyendo algo que tal vez no te interese, o te disguste profundamente, o que tal vez hasta atente en parte con lo que tú estás tratando de armar. Pero esa gente está también ahí, dentro de una misma esfera.
Por otro lado, la comunidad también pueden ser esas personas que no conoces y que sin embargo asisten sistemáticamente a eventos diversos en los que sueles participar. Quizá es gente que en principio no tiene ningún interés en ti o en tu obra, o que quizá nunca lo tendrá, pero que acaso recoja algo de lo que dijiste ahí, en el calor de la charla compartida, para darle vueltas. En el mejor de los casos, se quedará pensando y reformulará su forma de ver algo, lo que quizá eventualmente le despeje el camino para acercarse con menos prejuicios o barreras a la fantasía, o incluso a tu fantasía. En un mal caso (ya me ha pasado), te malinterpretará y te criticará injustamente, pero al menos eso habrá significado que lo que le dijiste le remeció de alguna forma, y quizá eso sea suficiente de esperar de cierto tipo de gente.
Yo, que siempre he sido una persona solitaria, y que he vivido siempre mi literatura de ídem forma, me encontré con los años participando en un sentido de comunidad literaria al comenzar a ser invitada a todo tipo de eventos colectivos públicos: charlas, conversatorios, paneles de discusiones, lecturas abiertas.
Para cada una de estas instancias, tomé siempre la responsabilidad de prepararme de antemano. Primero pensé que lo hacía solo para reducir la ansiedad que me suponía, como persona introvertida, desenvolverme abiertamente ante otros. Pero luego comprendí que también lo hacía porque, ante todo, pensaba justo en esos otros: no quería que mi introversión supusiera un problema para lo que quería enseñar, y deseaba que tuvieran la experiencia de ver una intervención sólida de mi parte (o al menos todo lo sólida que pudiera conseguir comunicarles en el momento).
Más importante aún, el tiempo me hizo descubrir que, contrario a lo que hubiera temido alguna vez, disfrutaba mucho de estas instancias.
También tuve dos fases de introspección ante este hallazgo. Primero pensé que se debía meramente a mi egocentrismo: me encanta hablar de mí (como escritora), de mi obra y de la fantasía que me importa, y por supuesto que gozo de contar con espacios abiertos para hacer públicamente estas cosas, sobre todo considerando cuánto se me negó esa posibilidad cuando era joven y cuánto sufrí por ello.
Pero luego pensé también que había un reverso a mi ego: me gustaba la idea de entregarle algo al público asistente, principalmente la posibilidad de ver, como yo, la fantasía como un arte que vale la pena todas las entregas, todas las gracias y las penurias. Recibir comentarios de otras personas en esa línea acogedora o de reconsideración de alguna cosa relacionada con la fantasía tras mis palabras, en diferentes contextos públicos, me ha hecho muy feliz. Desde luego, se trata de una felicidad diferente a la del acto en sí de escribir fantasía con los ojos brillantes por las lágrimas, pero una que igualmente me ha resultado dulce y valiosa.
Con todo, no habría logrado entender el peso de esta otra dicha hasta que [mi editor] Doni [Donald McLeod] me compartió una anécdota personal. En esta, él me presentó con gran lucidez una visión en torno a lo que encierra una intervención pública de un escritor, una en la que nunca había pensado antes. Fuera del contexto privado en el que me comentó este pensamiento, quisiera destacar lo que me parece más trascendente: la idea de que el espectador que asiste a un evento cultural abierto, en el que se presentará un escritor, está buscando algo valioso que llevarse consigo.
Parece obvio, ¿verdad? Para mí no lo fue tanto. Yo misma, antes de ser publicada formalmente (e incluso tiempo después), nunca me permití entregarme de manera pura a esas experiencias. Iba a pocos de estos eventos, y si bien cuando lo hacía también buscaba algo, no se trataba esta de una búsqueda honesta. Más que escuchar al autor o autora que estaba a la palestra, hablando de su trabajo o compartiendo su obra, estaba escrutándole: no me interesaba tanto experimentar este gesto de apertura como juzgarle.
Escribe y habla peor que yo y está ahí. No sabe qué decir de la literatura, ni cómo responder a esta pregunta tan básica, o incluso se burla de los participantes, y está ahí y es celebradx. No parece tan diferente de mí en la superficie. ¿Por qué entonces está ahí y yo no?
Mi miseria absoluta en estas recriminaciones privadas —y muy vergonzosas— me impedía contextualizar y neutralizar estos episodios: por supuesto que hay muchos escritores que no tienen mucho que aportar, desde los términos que siempre me han interesado, pero eso no tiene nada que ver con su presencia en sí. Ellos están ahí por otro tipo de público, que sí encontrará el valor que yo no he podido ver nunca, y que tampoco importa que vea. Muchos de esos escritores están en palestras importantes y muy concurridas porque cuentan con vínculos poderosos; el valor literario en sí mismo rara vez es un condicionante relevante, o la única estimada. Siempre ha sido así y siempre lo será.
Por otro lado, a veces estas situaciones eran del todo contextuales: justo un grupo de gente afín coincidió en algo en lo que tú no pudiste estar. Qué lamentable coincidencia, ¿no? Pucha.
Recuerdo una fila eterna que tuve que hacer hace varios años para obtener mi pase de estudiante, en un contexto universitario: justo el grupo de chicas desconocidas que estaba como dos personas adelante de mí hicieron buenas migas y rieron mucho durante todo el rato de espera, que fue mucho, y que para ellas probablemente se sintió menos abrumador entre sus risas. Probablemente yo no hubiera podido hablar con tanta largueza como ellas, y quizá ninguna de ellas volvió a verse nunca más tras ese encuentro fortuito —a lo mejor ya ni siquiera se acuerdan de este episodio, como lo hago yo—, pero me hubiera gustado haber estado más cerca y haber sido, al menos, una oyente directa durante ese lapso acotado de tiempo.
Mi vida en la literatura, durante esa época juvenil, se parecía un poco a eso: estar siempre más atrás del espacio donde otra gente se junta y arma cosas, y en donde todos parecen calzar y colaborar de maneras complementarias.
Por supuesto que esas circunstancias de aislamiento forzado y, en principio, inefable, crean resentimientos y actitudes miserables, de no contar con un trabajo introspectivo adecuado. Pero, en retrospectiva, creo que en mi caso muchas de esas expresiones horribles y patéticas tenían un correlato de frustración por algo bueno que no podía (no se me permitía) compartir:
¿Por qué yo nunca puedo estar ahí, si tengo tanto, tanto que entregar?
En la medida en que pude ir sanando (muy) lentamente algunas de estas miserias interiores y concentrando mis energías en lo único verdaderamente importante, mi propia obra, con los años empecé a escribir historias diferentes, a encontrarme con personas más dispuestas a acogerme a mí y a mi trabajo y a descubrir o crear espacios nuevos en los que ¡por fin! lo que tanto quería entregar podía ser compartido.
Dos consecuencias puntuales de este esforzado recorrido se vieron reflejadas en estos eventos que he descrito antes, pero en realidad, a estas alturas, ha sido ya todo un desglose de eventos a lo largo de los años. Ristra de eventos que al fin logré resignificar desde las palabras de Doni.
Quizá yo nunca sea una escritora particularmente sociable, simpática o interesante (desde ciertas perspectivas ajenas: yo misma me considero muy interesante), pero sé ahora que una de mis formas de estar en comunidad pasa por poder habitar estos espacios colectivos y dar lo mejor de mí como Fantasista para que los asistentes se lleven al menos un jirón de sentido de maravilla.
En oportunidades anteriores, he usado la metáfora de las semillas arrojadas al destino. No había caído en la cuenta, hasta que mi esposo me lo señaló un día, que podría tratarse de una alusión a la parábola del sembrador.
Para no espantar a los anti religión con estos símiles, y a la vez entroncar con el imaginario fantasista, rescataré para estas experiencias una imagen bonita que le presenté a las niñas del María Auxiliadora al final de mi charla ante ellas: semillas de dragón.
Parafraseando el parlamento de The Legend of Zelda, les dije (parafraseo otra vez):
La vida a veces puede ser muy peligrosa si vas sola. ¡Llévate un dragón!
Creo que esa imagen es la que más me representa en estas participaciones: cada una de mis palabras pronunciadas es como una semilla de dragón arrojada a los oídos de los asistentes, con el anhelo de que puedan florecer con sus llamas en sus corazones.
Sé bien que vivimos en un mundo que normalmente desprecia la fantasía, los dragones y todo lo que es hermoso e importante. Sé que parte del destino de ser un escritor menor que publica y que habla abiertamente de lo que escribe y piensa y ama desde su literatura e imaginación implica que muchas de sus semillas estén condenadas a perderse en corazones yermos, o meramente incompatibles con las condiciones necesarias para que germinen dragones en ellos.
Pero la fantasía en la que creo me compele a continuar. Yo soy un ser humano débil y finito, pero el fuego dragonil es imperecedero. Algo más grande que yo me mueve; yo soy apenas su herramienta. Las semillas que estén destinadas a germinar lo harán igualmente, desde mis palabras o desde las de otros. Pero claro que desearía que fueran mis palabras las que consiguieran a veces algo de este propósito, y por eso también continúo desde lo que es muy mío.
Espero poder seguir haciéndolo por mucho tiempo más, en la medida de mis posibilidades y de las de quienes quieran ayudarme a ello.
* Este texto se publicó originalmente en mi Boletín de Fay #38,
el 4 de mayo de 2026, en el siguiente enlace.