Una discusión contra la nociva idea de «pureza genérica» asociada a la fantasía, en su faceta más conocida: la épica neomedievalista. Cuestiono que la fantasía solo pueda ser validada desde la hibridez, y la falaz creencia que una de sus obras paradigmáticas, El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien, sea un ejemplo de «fantasía pura».
Hace muchos años, una escritora acuñó una expresión que a muchos pareció sofisticada y la pauta a seguir en ficción imaginativa: “géneros desdibujados”. Como el nombre sugiere, esto apuntaba a la idea de que, en su estado contemporáneo, los subgéneros no miméticos debían entrecruzarse entre sí para resultar interesantes y complejos.
Por supuesto, yo siempre detesté esta idea. O, mejor dicho, la imposición local de esta idea y lo que acarreaba consigo: el descarte e invalidación de toda expresión que se desmarcara de ella.
La razón de este rechazo mío es muy obvia: como siempre he dicho, en todas partes y en todos los tiempos, a mí solo me interesa la literatura de fantasía. Actualmente, no tengo ningún interés en escribir desde otra estética, pues me parece que la fantasía tiene toda la riqueza que espero, que busco y que ni siquiera rozo aún en su mero concepto en lo que a expresión literaria respecta. Mi intensa dedicación de años en la fantasía no ha hecho sino confirmar empíricamente esto, que intuí como un llamado cuando me consagré a ella. Por ello, a mí la idea del desdibujamiento como necesario enriquecimiento no me ha hecho nunca ningún sentido. Antes bien, fuera de que pudiese constituirse como una propuesta poética personal, y por ello naturalmente válida si otros la enarbolaban con sinceridad para sus propios proyectos nada más, comencé a sentirla cada vez más turbia en sus verdaderas motivaciones y orígenes.
Varios años después, me encontré con otra variante destacada de esta premisa en el manifiesto de una editorial de género. Hoy veo que ya no tienen esa descripción en su web, pero no importa, porque recuerdo su trasfondo. La idea de este sello era que incentivaban la hibridez porque aborrecían la “pureza genérica” y sus connotaciones (ojo aquí) fascistas.
Es decir, para esta gente, amar la tradición aparentemente más nítida de una estética literaria te ponía al mismo nivel que a un amante de discursos y prácticas de odio. Estaremos de acuerdo con que una cosa es que te rechazaran como escritora por no adscribirte a una tendencia puntual de cruces genéricos, algo ya desagradable en sí mismo, y otra, bastante más atroz, que te endilguen falsos estigmas ideológicos por una preferencia personal.
Aunque, como sabe cualquier amante de Tolkien, existe toda una corriente histórica de gente obsesionada con vincular fascismo y fantasía, tanto aquellos seres detestables que efectivamente buscan apropiarse de ella para sus propias agendas políticas vitriólicas como aquellos otros, detestables de maneras diferentes, que necesitan una excusa resonante para justificar su propio odio hacia una expresión literaria llena de maravillas.
Con el tiempo, he visto premisas parecidas a estas en otros contextos. Con el tiempo también, descubrí que paradójicamente la única verdadera “pureza genérica” que se suele rechazar es la de la fantasía, malintencionadamente reducida aquí en su variante más conocida: la fantasía épica neomedievalista. Diversas personas que llevaban la presunta hibridez como bandera de lucha terminaron escribiendo, publicando y promoviendo obras bastante homogéneas en sus propuestas desde las estéticas sospechosas de siempre: la ciencia ficción, el terror, lo fantástico. La escritora a la que he referido al inicio terminó además escribiendo e instalándose comercialmente desde un género mimético1.
O sea, lo que en realidad les molestaba a estas personas no era una concepción que, en sí misma, pudiera pensarse como reduccionista desde la categoría de ficción imaginativa. Lo que les molestaba era la fantasía, o más bien su visión monolítica y simplista de esta. Cuando promovían estos desdibujamientos o las hibrideces varias, no lo hacían tanto por un genuino interés en cruces estéticos, sino para justificar sus propios proyectos narrativos del momento (válido) y tener una razón explícita para descartar cualquier propuesta de fantasía “tradicional” (confrontable).
No es algo que me sorprenda a estas alturas, la verdad, aunque no por ello no deja de ser menos doloroso y lastrante. En cualquier caso, me interesó abordar este asunto en esta oportunidad porque quería destacar un reverso que arroja una luz interesante sobre este conflicto: la problematización de lo que en realidad podría implicar una “pureza genérica”.
La conceptualización de una “fantasía pura” me resulta muy extraña, y un tanto extemporánea de ver como formulación en un adulto.
He contado muchas veces que, en mi distancia literaria de la fantasía hacia mi pubertad e inicios de la adolescencia, por culpa de los planes lectores realistas y masculinistas, me sostuve desde los videojuegos imaginativos. Casi todas las historias de las que abrevé en ese medio eran JRPGs, y si bien hoy entiendo que la estética y los valores cardinales de muchos de ellos pertenecen a la fantasía, me era y me es ahora indiscutible que estos títulos dialogaban con muchos géneros no miméticos en sus tejidos ludonarrativos. Nunca me molestó esta hibridez en estos videojuegos: me pareció siempre orgánica, siempre profundamente fantasista en su espíritu último, por más aeronaves y retro-tecnologías que insertara.
Cuando al fin pude retomar la senda perdida de la fantasía desde la literatura, sin embargo, me pasó algo curioso: quise buscar más de estas expresiones, desde eso que yo había identificado intuitivamente como “pureza”. No estoy segura de por qué. Quizá porque, mientras más escarbaba en el campo literario de género, desde las limitaciones de mi asocialidad, mi pobreza y mi ausencia de Internet, rara vez encontraba obras de fantasía, o incluso obras híbridas que supieran integrarla o realzarla como hacían algunos de mis JRPGs favoritos.
Estoy hablando más o menos del tiempo comprendido entre mis 15 y 20 años, más o menos, cuando contaba con escasas lecturas diversas y profundas en el cuerpo, y nulos estudios especializados2. En mi caso, esta conceptualización imprecisa me servía para separar lo que yo amaba (la fantasía) de lo que no (todo lo demás, básicamente). Recuerdo incluso haber usado el gracioso pleonasmo de “fantasía fantasía”, lo que igual podría entenderse (aunque no excusarse) dada la mezcolanza conceptual atroz de términos3.
¿Y qué era para mí la fantasía en esos años, más o menos? Bueno, un atajo importante era el mundo secundario neomedievalizado y/o más cercano al imaginario del cuento de hadas. Harry Potter era, para mí, una suerte de excepción (a eso voy con lo de escasas lecturas). Una distinción pobrísima, pero en principio bastante más útil de lo que parecía. Claro que esto me trajo muchos problemas también, como mi fiasco cuando me regalaron Un mundo sin fin de Ken Follet (“medieval → fantasía”) y me encontré con una suerte de telenovela seudo histórica, sin nada de maravilla ni, pues, fantasía. Pero, en retrospectiva, creo que mi expresión de añoranza estuvo tan bien puesta como pudo en esos tiempos de precariedad de estímulos literarios e intelectuales.
Ahora, insisto en la palabra AMOR: yo quería especificar lo que amaba, lo que me interesaba, para expresar tangencialmente a otros por qué significaba tanto para mí y, por qué no, ver si alguna persona conectaba con esto. En esos años tempranos, no tenía ningún resentimiento contra la ciencia ficción & lo fantástico porque sus adherentes aún no me hacían sentir tan excluida en mi devoción como el resto de la sociedad lo hacía con mi propia persona general. Tampoco estaba al tanto de cuán marginada estaba la fantasía como literatura válida, incluso desde aquellas corrientes que debían ser sus hermanas imaginativas, ni cuánto debía luchar siquiera para su derecho a existir estéticamente, fuera de los habituales circuitos de tendencias editoriales.
Pero tampoco sabía entonces que no existía nada parecido a una “fantasía pura”. La “fantasía paradigmática”, noción que al menos se ha propuesto y discutido académicamente, es El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien, sí. Pero esta obra en sí misma es cualquier cosa, menos homogénea.
Esto lo puede intuir cualquier persona que haya leído con un mínimo de cariño la novela en la adultez y luego haya explorado su tradición epigonal, sobre todo la comercial. Cuando la gente critica la “fantasía épica genérica”, no parece estar hablando en realidad de la textualidad de Tolkien, sino más bien la de, por ejemplo, Robert Jordan, Terry Brooks o la juvenilia de Christopher Paolini.
Si se me permite el exabrupto, incluso diría que ESDLA es como una especie de “deconstrucción” de la “fantasía épica genérica” misma, en una movida interesantísima y lógicamente contradictoria porque se deconstruye una expresión que ni siquiera se ha instalado aún como tal4. Si se me permite otro exabrupto, ni el Quijote se atrevió a tanto. ¿Por qué propongo esta aparente ridiculez? Pues por por algunos de sus aspectos temáticos generales: el objeto mágico debe ser destruido en lugar de encontrado, el héroe fracasa en su misión y no puede volver nunca restaurado por completo a su hogar, tras derrotar al Señor Oscuro se demuestra que aún hay males pequeños que pueden ser tanto o más deletéreos a su modo, etcétera.
Más interesante aún me parece la propuesta de Martin Simonson en su libro El Oeste recuperado: la literatura del pasado y la construcción de personajes en El Señor de Los Anillos, que profundiza en una arista que creo que otros académicos tolkienistas como Verlyn Flieger ya habían trabajado: el cruce genérico en ESDLA.
Portada del libro. Agradezco la gentileza del autor en compartirme su monografía, carísima en el mercado, que además forma parte de mi bibliografía doctoral. Porque sí: en su estudio, Simonson identifica diferentes géneros que se incrustan y expresan, de maneras en ocasiones dialógicas y en otras más tensas, entre sí. Estos géneros son el mito, la épica, el romance y la novela, dentro de las expresiones del realismo (SÍ), el gótico y las aventuras.
Al margen de su interés académico, en sí mismo también marginal, leer el estudio me hizo muy feliz porque me permitió completar algo que solo entendía desde la intuición: que la obra de Tolkien no tiene nada de homogénea ni sencilla, y que en su textualidad misma demuestra, para quien sepa ver los hilos de conexión, este cruce genérico que tantas personas le han negado al instalarla como falsa “fantasía pura”.
Desde luego, supongo que no son todos estos géneros lo que algunos esperarían, pero qué es lo que quieren: ¿ciencia ficción? Pues tiene gótico, ¿no es suficiente? Tiene también terror, y un indicio de lo fantástico en el Bosque Viejo. ¡Tiene hasta realismo! ¡Por Dios!
No me extraña que mis inclinaciones a otras estéticas que considero más próximas a la fantasía que, por ejemplo, la ciencia ficción, coincidan en parte con las identificadas por Simonson. Por los años en los que leí ESDLA, en mi adolescencia, comprendo que quizá fue la primera vez que entré en contacto con varias de ellas, aunque hayan estado integradas al tejido narrativo de la fantasía. Y eso me alegra.
A diferencia de otras personas, ahora no me molesta en nada deberle tanto a Tolkien, y cada cierto tiempo descubrir que le debo aún más de lo que imaginaba. Quizá, si te formaste como un escritor sin la noción de lo importante que es la tradición del género que escribes y amas, en este caso la fantasía, no sientas la inclinación por valorar lo mucho que nos dio Tolkien, aunque detestes su obra.
Pero es importantísimo hacerlo, por supuesto. Sin quienes nos dieron amor y estabilidad para crear propósito, no hubiéramos podido ser nadie, nunca. Casi todo lo bueno y reparador de mi vida se lo debo a la fantasía; casi todos los horrores con los que aún lucho, al mundo real, des-imaginado.
Yo me voy ahora (es un decir; ojalá pudiera irme en realidad) contenta con este pequeño hallazgo, que a su manera es extensible a otras obras de fantasía también injustamente rotuladas como “puras”, cuando no lo son. También me voy esperanzada ante la perspectiva de poder incursionar en mis propios cruces genéricos desde la fantasía, a mi manera y desde los subgéneros que de verdad me motiven, cuando me surja la vocación y el interés.
Al respecto, en una entrevista, un escritor que cultivaba múltiples expresiones imaginativas me preguntó, desde la curiosidad y no desde la mala intención, si no me había interesado o interesaría escribir ciencia ficción. Mi respuesta fue que no5, claro, pero sí declaré de manera espontánea que me atraía más el horror/terror, por su filiación al cuento de hadas. No he podido sacarme de la cabeza una cita que le leí al especialista Brian Attebery, que proponía, acaso de manera graciosamente limitada, que el terror era fantasía sin eucatástrofe. Pero a mí me encantó esa premisa y me ayudó a reconciliarme con este género, por lo mucho que podemos compartir con él desde nuestra naturaleza de Fantasistas.
Probablemente nunca llegue a escribir terror sin cruzarlo con la fantasía, pero al menos ya estoy intentando avanzar a ello desde mis propias investigaciones.
Supongo que, en principio, pueda ser más abordable para mí leer y asimilar cómo podrían darse los cruces genéricos que me interesan en obras ídem, sobre todo en la medida en que el contexto me fuerza a estudiar los códigos de otras estéticas. Luego decantaría este interés a mi propia obra, mi propia palabra. ¿Qué formas irían a tomar entonces? No puedo saberlo.
Por lo pronto, se me ha instalado ya una duda curiosa, que apenas puedo comenzar a responder(me): ¿qué cruces genéricos ya habré adoptado en mi obra, publicada e inédita, tal vez sin haberme dado cuenta, prisionera yo también del encasillamiento de otros?
Espero descubrirlos con tiempo, sin prisas ni ansiedades, y aceptarlos en el tejido de mis historias, como quien acepta la rugosidad natural de una piel que lleva muchos años rozando el mundo.
NOTAS
- Sospecho que esta escritora ni se acuerda de su conceptualización, ni considera (ni le importaría) todas las complicaciones que en su momento causó en nuestra intención de un planteamiento local de la fantasía como una literatura válida, definible en ciertos rasgos más o menos discretos, que merecía su espacio legítimo como cualquier otra ficción imaginativa.
Complicaciones que, por lo demás, se mantienen hoy. ↩︎ - Siempre recuerdo que recién conocí el trabajo de lo fantástico de Tzvetan Todorov en mi Seminario de Tesis del pregrado. ↩︎
- En mi veintena, en el contexto de Fantasía Austral, y por cierto tiempo más, me acostumbré a escribir en mayúsculas la palabra Fantasía para insistir en ella como género. Un recurso poco elegante, claro, pero a mi juicio más digno que llamarle fantasy.
Dejé de usar las mayúsculas, aunque con ocasionales inconsecuencias, por razones prácticas y, aunque no lo parezca, ideológicas: no tenía ni tengo energías de justificar esta marca estilística en un contexto académico ante investigadores profesionales y pesados, y creo que a estas alturas no tengo que darme tantas vueltas innecesarias, considerando que lo importante es mi propio trabajo literario e investigativo que pueda hacer en su nombre.
La fantasía misma es un nombre propio, sin necesitar mayúsculas.
(Aún escribo indistintamente “fantasista” y “Fantasista” según el contexto. Luego decidiré qué hacer). ↩︎ - Este interesante video, de la escritora y YouTuber Hilary Layne, identifica a un culpable que siempre había querido poder nombrar: Lester del Rey. Según su exposición, él habría sido el responsable de la instalación comercial de la fantasía ídem en Estados Unidos y, como suele pasar con los males gringos, exportado ideológicamente al resto del mundo. ↩︎
- Lo chistoso del asunto es que yo sí escribí (y me PUBLICARON) un cuento de “ciencia ficción” alguna vez: “Un árbol para el nuevo mundo”, en la antología Alucinadas IV de España. ↩︎
* Este texto se publicó originalmente en mi Boletín de Fay #34,
el 29 de octubre de 2025, en el siguiente enlace.