Escribir para el siglo XXI, o dejar de entender los cuentos de hadas

7–10 minutos

Hace unos días, una entusiasta lectora de mi antología Antaño, y que coincidentemente me conoció en mi época más combativa como Fantasista veinteañera, antes de perdernos ambas la pista por unos años, me escribió por Instagram para plantearme unas dudas de lectura. Le había llamado la atención un aspecto del primer cuento de la colección, “La Niña de Oro”: la repetición triple de frases. Entonces, me preguntó si había una finalidad, intencionalidad o técnica consciente detrás de ello.

Fue una pregunta que me sorprendió bastante porque, en una nano reseña ambigua del libro en un sitio prescriptivo en literatura infantil y juvenil, se insinuaba el mismo aspecto como un “defecto” o “problema” del texto: la repetición. Esta lectora, sin embargo, habiendo detectado un aspecto que no estaba segura de haber entendido, optó por preguntarme directamente de qué se trataba.

En el momento, me pregunté si no se habría pasado alguna errata que hubiera repetido varias veces un mismo segmento. No suelo releer mis historias ya publicadas en físico. Pero, considerando que en ninguna de las dos ediciones del libro (la chilena y la mexicana) alguien comentó eso en detalle, supuse que el asunto no tenía que ver con eso, sino con la estructura de repetición tripartita que deliberadamente elegí para darle forma narrativa a aquel cuento y que está inspirada en el elemento de triplicación (trebling) que el antropólogo Vladimir Propp identificó como un recurso propio del cuento de hadas en su obra estructuralista Morfología del cuento [Morphology of the Folktale] (1928).

Cito a Propp:

Señalemos solamente que algunos detalles particulares de carácter atributivo pueden ser triples (las tres cabezas del dragón), lo mismo que ciertas funcionesparejas de funciones (persecución-socorro), grupos de funciones o secuencias enteras. La repetición puede ser igual (tres tareas, tres años de servicio) o producir un aumento (la tercera tarea puede ser la más difícil, el tercer combate el más terrible) o tener dos veces un resultado negativo y la tercera positivo.

A veces la acción puede repetirse simplemente de forma mecánica, pero a veces, para evitar que continúe, deben introducirse ciertos elementos que detienen el desarrollo y reclaman la repetición.

(Propp, Vladimir. Morfología del cuento. Editorial Fundamentos, 1928, p. 84)

​Lo interesante de este asunto es que he tenido que ir a buscar la teoría y la cita esta al libro de Propp porque, en realidad, no es que yo haya leído su libro y eso me haya dado la idea para escribir el cuento. Simplemente, como lectora de cuentos de hadas desde niña, y como una entusiasta principiante en su estudio, en virtud de mi amor por su evolución, la literatura de fantasía, era un elemento narrativo que tenía completamente interiorizado y que me encanta emplear en mis propias obras literarias siempre que puedo porque, además, me trae mucha tranquilidad interior.

Que mi lectora de Antaño no tuviera muy claro este elemento no es un problema: ya con preguntar si había intencionalidad en el texto tras reconocerlo da cuenta de su conciencia crítica. Lo curioso, y acaso preocupante, es que un espacio de especialistas en LIJ con intención prescriptiva no se haya hecho esa pregunta y lo haya rotulado como un defecto o un elemento que podría disuadir al lector infantojuvenil (!).

¿Los especialistas en LIJ no leen ni estudian ya cuentos de hadas? ¿No saben reconocer sus elementos en obras contemporáneas inspiradas en sus siluetas narratológicas?

Me consta que no es el caso de todos, obviamente, pero me queda esa duda en el caso de otros.

Supongo que, en los casos en los que estamos frente a textos que nos desconciertan por presentar elementos que nos son desconocidos desde nuestra formación o conocimientos, la actitud más sabia es justamente preguntarnos de dónde viene esa forma, antes de estampar un juicio categórico.

Aliento a este comportamiento más flexible no solopara controlar mis propios impulsos enjuiciadores, sino también porque no es la primera vez que alguien identifica como un error literario algo que en mí es una clara elección compositiva, anclada en tradiciones muy específicas y que no suelen ser, obviamente, las más normativas o de moda en la academia o la crítica.

Después de todo, yo también vengo de Letras HispánicasI know my ilk.

Conecto esta anécdota con un tuit que leí ya hace un tiempo y al que no he dejado de darle vueltas.

​Lo comparto:

Lo primero: a mí nadie me va a venir a decir cómo tengo que escribir. Y creo que todo autor tiene derecho a sostener lo mismo.

Por supuesto, mantener esa postura implica correr ciertos riesgos, como los que comenté anteriormente, o sufrir ciertas pérdidas mundanas (no acceder a ningún canon, no ganar premios relevantes, no estar en primera plana en prensa o librerías, etc.). Pero tenemos que recordar que lo importante de nuestra escritura es, pues, ¡nuestra propia escritura!

Me pregunto si justamente visiones como las de Sara Uribe no contribuirán en algo tan prosaico como que los lectores, ¡los especialistas!, ya no sepan cómo leer un cuento de hadas, o un cuento contemporáneo de fantasía inspirado en cuento de hadas.

Porque, claro, un cuento de hadas no tiene nada que hacer con el siglo XXI, ¿verdad? Pero ni siquiera con el siglo XX.

¿En qué siglo se contó el primer cuento de hadas? ¿Importa?

Un cuento de hadas folclórico cualquiera, con su origen perdido en la noche de los tiempos, sobrevivirá a toda la literatura enmarcada en siglos, y por cierto que nos sobrevivirá a nosotros.

Recordemos a G. K. Chesterton: “La literatura es un lujo; la ficción, una necesidad”.

El mensaje de Uribe me suena sospechosamente parecido a cierta postura ante la IAG (Inteligencia Artificial Generativa) de estos días: “llegó para quedarse”, “no importa que no te guste”, “así son las cosas”Blablabla. Discursos conformistas, que claramente benefician a ciertos segmentos sociales y precarizan otros (a los que yo pertenezco, como autora y trabajadora). Y, en fin, una visión de aparente “progreso lineal” en el arte que me parece hasta peligrosa.

Al margen de eso, me parece extraña la intención de cortar la historia de la literatura en rebanadas, parafraseando al título de un libro del medievalista Jacques Le Goff. Tengo entendido (corríjanme si me equivoco, gente de Historia) que él valora el gesto en la medida en que aporta significado humano a las divisiones, pero que también reconoce la compleja relación entre continuidad y cambio.

¿Alguna vez oyeron de sus profesores escolares de historia la idea de que uno “no se acuesta medieval y se despierta renacentista”?

Por supuesto, la periodización y asignación de características dominantesa un periodo artístico es un recurso que tiene ventajas pedagógicas y que es muy útil para un entendimiento general inicial, además de ideológico, pero no me parece que debiera usarse para emascular el potencial de una producción literaria solo porque parezca artificialmente considerada ya “anacrónica”.

Por favor, ya ni siquiera es necesario que sigamos escribiendo sobre/desde el siglo XX, que tenemos demasiado fresco todavía para aquilatarlo bien: ¡ojalá se escribiera más como el siglo XIX, sobre todo en el realismo!

Mi gran lectura del 2024, de hecho, fue una novela rusa realista ambientada en la naciente URSS de la década de 1920Tren a Samarcanda, de la escritora rusa Guzel Yájina, publicada originalmente en 2021 y traducida al español por la editorial Acantilado el mismo 2024. Claramente, es una novela que recoge influencias del realismo del siglo XX porque su materialidad vital es de esa época, pero también se atreve a incluir algunos elementos discursivos que podríamos considerar más contemporáneos. Y eso me parece perfecto en su portentosa combinación.

Creo que, en realidad, nadie puede escapar por completo del ethos del siglo que le ha tocado en suerte o desgracia para vivir y escribir, y que incluso el impulso de escribir deliberadamente desde una tradición literaria pretérita se puede leer desde el marco de la literatura contemporánea, porque algo de nuestros días habrá de colarse igualmente. Y eso está bien. Los infinitos retellings de cuentos de hadas enmarcados en la literatura de fantasía, desde las genialidades de Angela Carter hasta los romantasy más comerciales e insulsos, dan cuenta de esto.

Yo los invito a ustedes, lectores (y acaso escritores), a cerrar los ojos ante visiones como las de Uribe y pretender que la literatura importa demasiado como para cortarla en las rebanadas precisas que busca el establishment literario y las urgencias editoriales. Se encontrarán con algunos tropiezos en el camino, pero siempre se pueden resignificar.

¿Repeticiones? ¿Soy una escritora repetitiva en temas, estructuras, historias mismas?

Que lo sea: soy una escritora autista y necesito insistir una y otra vez en lo mismo porque estoy en la búsqueda de la forma más perfecta que pueda darle en vida.

Y prefiero fracasar en el intento de esto que mirar atrás y ver que solo traté de escribir sobre la moda de turno de mi siglo, para buscar la validación de gente poderosa o popular a la que, de todas formas, nunca habré de importarles siquiera como ser humano.

Porque acaso esto último sea el verdadero fracaso del escritor.

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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