Una reflexión personal a partir de dos textos sobre el mismo tema: aquellas figuras marginadas y maltratadas del pasado, probablemente neurodivergentes. Yo, como una de ellas, ¿habré sido vista por alguien, pese a ser igualmente invisible?
Estos días no he parado de darle vueltas a un texto que leí en la cuenta de Instagram del artista visual y educador sureño Javier Soto, titulado sencillamente “¿Dónde está Wally?”. Mejor que explicar de qué va el texto, prefiero invitarlos a leerlo antes de continuar con esta reflexión.
La anécdota y la forma en la que Javier eligió para contarla me recordaron un pasaje, también anecdótico, que mi propio editor Eduardo (también autista, como yo) comentó en su entrada “Reflexiones en los 40+1: el eco de un grito”, a propósito del recuerdo de un ex compañero de liceo cuyas “anomalías” recuerdan al Wally al que alude Javier. (Curioso: ambas historias provienen de espacios escolares no mixtos, y en este caso ambas en “espacios de hombres”).
Yo también fui una Wally escolar, a mi manera: más suave, más discreta, menos dramática. Una adolescente rara y fea que ya había escrito su primera novela de fantasía a los catorce años (historia que hoy sigo escribiendo) y que, con ello, había decidido el destino de su vida entera. Una adolescente que, en el mejor caso, era ignorada por ser poca cosa; y que, en el peor, recibía el escarnio de hombres y mujeres de su curso por no ser cuica (de clase alta; estudiaba becada en un colegio particular), ni convencionalmente femenina, ni simpática, ni interesada en las cosas que se supone que deben interesarle a las jóvenes a esa edad, de esos perfiles socioeconómicos.
No logré ser un Sebastián: nunca tuve el valor de estar verdaderamente sola y no ser amiga de nadie. Tuve amigos que hoy podría llamar funcionales al contexto: con algunos, el vínculo era demasiado superficial para trascender más allá de la sala de clases y el parloteo banal del momento, pese a cierto afecto general, y con otro en particular, con el que sí profundicé más, tal vínculo resultó emocional, atrozmente violento, y casi me cobré la vida por él.
A veces sueño que estoy otra vez en ese colegio, como le pasa a tanta gente. Pero a veces no es solo un espacio arquetípico de ansiedad, como le pasa a la mayoría de la gente. A veces sueño que huyo de todo y todos y corro al tercer piso, o a un baño personal muy misterioso que estaba prácticamente escondido en el segundo piso y al que no iba casi nadie. Entonces me encierro ahí en un recreo eterno a leer un libro que nunca puedo recordar. Pero, al despertar, recuerdo que en el sueño fui feliz en esa soledad elegida y al fin reclamada.
Feliz en ser verdaderamente invisible, no ya el fantasma a medio camino entre una existencia marginal y poco importante y una inexistencia que era como estar muriendo constantemente ante ojos ajenos, que en realidad yo misma odiaba y que mi parte más bestial hubiera deseado cegar por su cuenta, simbólicamente.
Sin embargo, tanto en el caso de Javier como en el Eduardo, ellos miraban. Ambos miraban porque eran sujetos sensibles y neurodivergentes también, y porque ahora entienden mejor. Y ambos recuerdan.
Yo me pregunto: ¿habré sido recordada alguna vez? ¿Habrá habido entonces alguien que me miró tras bambalinas, pasiva pero atentamente, sin que yo nunca pudiera advertirlo?
Siento que Javier y Eduardo hablan desde una distancia insalvable con sus sendos sujetos observados. ¿Dónde están ahora? ¿Quién son ahora? Al parecer, no se sabe.
Yo tengo mucha información mía en Internet por mis actividades de escritura, pero dudo mucho que alguien de mis pasados (el escolar, aun el universitario) recuerde mi mera existencia o, en el mejor de los casos, mi nombre completo, que además es bastante genérico.
Quien me buscara, me encontraría siendo lo que siempre, siempre fui, desde los catorce años: una escritora de fantasía.
Pero no creo que la percepción de mi persona mejorara o cambiara demasiado si alguien de todos esos años supiera que me he convertido en lo que mi destino adolescente eligió para mí misma, y que, aunque podría no parecerlo (a veces hasta a mí misma me cuesta creérmelo), sí me he vuelto una persona más bondadosa con el tiempo.
Y está bien, tampoco importa: quizá incluso me sentiría muy incómoda si algo así pasara. Tan, tan incómoda que tal vez debería escribir una historia sobre ello, para purgar la mera idea en la ficción.
Pero a veces una se entera igualmente de que, contra toda esperanza, y contra todo sentido común, hubo gente mirando desde otros frentes.
En particular, hace un tiempo me enteré de que había un lector llamado Gonzalo que llegó a conocer un proyecto literario colectivo al que le dediqué mucho de mi energía y esperanzas juveniles y cuya pérdida me dañó mucho. Un proyecto que, normalmente, casi nadie recuerda, o que es recordado en sus horas más mediocres (pos 2014), cuando además yo ya no formaba parte de él.
Gonzalo me comentó algo que también me quedó marcado. Al compartirle mi frustración de sentir que nuestro trabajo en este proyecto no hubiera dejado huellas relevantes y que todo ese esfuerzo y ese dolor bien pudieron haber sido en vano, me respondió como correspondía a tal muestra mía de patética flaqueza personal: desde la fantasía. Y desde la fantasía de Tolkien.
Parafraseo:
La mayoría de los hobbits nunca supieron lo que hicieron los cuatro que se sumaron a la Comunidad.
De una forma u otra, creo que todos somos hobbits destinados a ver muchas cosas a lo largo de su vida, y sobre todo en su infancia y juventud. Pero ahora, de adultos, todo se decide en lo que haremos a partir de esas visiones y de esos recuerdos, tanto de las visiones ajenas como de las experiencias propias.
Yo he elegido mis historias, mis palabras, como redención, propia y ajena. Yo salí a mi modo de la Comarca y pretendo aportar con mi pequeña vida a la gran causa de salvar el mundo, ojalá como uno de esos hobbits.
Solo espero que todos esos Wallys o Sebastianes que ahora viven entre nosotros, sea quien sea que los esté mirando, encuentren también su redención en algún recodo del camino.
* Este texto se publicó originalmente en mi Boletín de Fay #26,
el 27 de noviembre de 2024, en el siguiente enlace.