Un lar propio

4–7 minutos

Sugerí en el boletín anterior que mi mente estaba en un estado de intensidad que podría dejarme un tanto vulnerable si compartía abiertamente en qué estaba con ello. He tratado muchas veces, en borradores sucesivos de Substack, de tratar de contarles una experiencia específica de escritura que he tenido los últimos meses, relacionada con mi historia más importante. Pero, como la historia misma, no pude evitar desbordarme.

Primero, conté con bastante detalle lo que estaba haciendo, y me arrepentí. Luego, traté de ser más general, y me fui por ramas innecesarias. Descartado también. Por último, cuando creía haber cogido un balance relativamente razonable entre intimidad y revelación… TERMINÉ REZANDO EN EL TEXTO.

No es la primera vez que me pasa. Me ha sucedido antes cuando he estado abordando algo muy importante para mí en relación con el arte, la literatura y, por supuesto, la propia Fantasía. Entonces, de pronto se me escapan las palabras y algo más en mí, más allá de mi mente más o menos racional, escribe lo que tengo que escribir.

Algunos ensayos de mi blog Tierra de Fay han sido, a su manera, plegarias involuntarias también, pero me parece que nadie se ha dado cuenta de manera explícita (de hecho, yo misma acabo de darme cuenta de esto). Ahora bien, sí sé que algunos de ellos calaron hondo en algunas personas en su momento, más allá de sus fes o creencias, y eso es una buena pista de que se está apuntando a un lugar significativo.

Quizá parezca medio orate leer esto de ¡plegarias! en un texto que iba a hablar de una experiencia personal de escritura. Pero, en realidad, este tipo de desbordes personales me parecen bastante coherentes con mi propia concepción en desarrollo de lo que puede llegar a ser una oración, y mi propia relación con la espiritualidad y la fe que he escogido desde mi perfil como escritora Fantasista.

Mis oraciones son ensayos en el sentido más literal del concepto, reflexiones de experiencias, algunas peticiones calmas y otras desesperadas, búsquedas apasionantes y delirantes, conversaciones con Dios y conmigo misma, la parte que es más humana y a la vez sagrada en mí. Por supuesto que esto tenderá a salir a raudales cuando sin querer se me cruza con la Fantasía, que es todo eso para mí, su visión más tangible.

Por eso no les podré contar aquella experiencia que tanto me afané, fallidamente, en articular. Al menos no ahora, no por este medio. Pero he podido compartirles el marco en el que se inscribe: uno tan intenso que rebasó todo intento de contención racional. Y ahora les compartiré también una propuesta, siquiera para que la piensen.

En tiempos en los que la sociedad, la soledad y el mercado insisten en orillar al escritor(™) a exhibirse en lo más frágil o falso de sí mismo para hacer de su vida una marca consumible hasta la ceniza, y en tiempos en los que algunos se pliegan dichosos a eso, reprimiendo cualquier cuestionamiento o matiz, creo importante resguardar y reflexionar en torno a estos breves momentos que actúan como parteaguas. Para mí, esto no tienen que ver con fe ni creencias específicas, sino con una necesidad transversal de claridad, silencio y entrega. Al arte y a todo lo que podría estar detrás del arte, o del otro lado de su puente.

Momentos en los que solo importan la Palabra, la Historia, la Imaginación. Momentos que deberían ser eternos y que no lo son, pero que, cuando nos rozan, esa fugacidad suya se hace otra forma de eternidad en nosotros.

A mis lectores quiero darles palabras e historias hermosas e importantes (desde mi mirada como Fantasista y mis limitadas capacidades). Pero hay algunas específicas que quiero preservar, al menos por ahorapara mí.

Mi historia más importante es eso: de mí, para mí, por mí, y hacia todo lo que está detrás de mí. Eso es lo que traté de decir, con muchos rodeos significativos, en todos mis esbozos de textos.

Y eso es lo que también quisiera entregarles, como experiencia más pública (y “laica”, if you must…): la posibilidad de pensar y decidir tener ese algo muy de ustedes desde su propio arte. Un refugio en el que no entre nadie más que ustedes y aquella creación que aman y a la que todo le deben.

Entonces, pa’ fuera los escritores emprendedores y sus ansiedades importadas, los book-fluencers, las editoriales, las librerías, los cánones, las listas, las críticas y reseñas, los premios, los ~10% de regalías, las reediciones y reimpresiones, los pendones, los papers, los blurbs, las 1-5 estrellas de Goodreads, las estadísticas de las redes sociales y de las webs, la idea misma de ser escritor profesional…

Pa’ fuera, también, los buenos lectores, los lectores queridos.

(Por lo menos por ahora, por un tiempo. Si alguien ha de entrar a su refugio algún día, que sean ellos. Pero no todavía.)

¡Pa’ fuera incluso la propia literatura como arte y los martirios forzosos de sus cincelados lingüísticos!

Quisiera invitarlos, al menos con esa creación única que les es más cara dentro de todos sus proyectos personales, a probar a quedarse completamente solos. Solos con la Palabra.

Atrévanse, si hasta ahora casi todo lo demás ha sido sufrimiento, como ha sido mi caso muchas veces, a intentar crear un verdadero hogar para su obra, fuera de todo lo que no tenga que ver con su creación y pulido: un lar entibiado nada más que por los rescoldos de su espíritu.

Nada ha sido más bello para mí que ese encierro y renuncia simbólicos, cuyo reverso es en realidad una entrega muy concreta, una expresión de devoción, concentrados en mi historia más importante.

Quizá para alguno de ustedes también llegue a serlo.

Acaso la única verdadera compañía entre escritores territorial y cronológicamente lejanos y estéticamente cercanos, sea esa imagen especular, esa esperanza devenida en promesa, de que en realidad solo existe un único Lar y que algún día, cuando al fin acabemos nuestra obra, nos reuniremos todos ante la misma puerta.

¿Amén?

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

Descubre más desde ARBOLORIA

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo