Volver a Midgar o la materia de la nostalgia

14–20 minutos

Parece muy difícil comenzar a hablar de Final Fantasy VII y su remake sin caer en el pozo de la nostalgia, cuyo lenguaje dulzón no tarda en volverse incómodo primero e insoportable poco después. Es fácil desear rehuir de este enfoque y buscar uno más original o sólido que demuestre cuánto tiempo ha pasado desde ese primer día de nuestra infancia o adolescencia en que probamos la versión original del juego. Paradójicamente, si hay algo que pone en evidencia nuestra adultez es ese temor irracional a descubrirnos añorando un pasado que ya no volverá. Y, desde luego, esa creciente intolerancia hacia lo dulce que alguna vez disfrutamos a bocas llenas, sin preocuparnos de otra cosa que no fuese vivir ese sabor estallando en nuestra lengua como si fuese la primera vez.

Intentemos algo distinto: entregarnos a la corriente de recuerdos para que ella nos lleve donde desee, con el lenguaje que se le antoje. Así lo tuvimos que hacer con el tiempo, que ha hecho con nosotros lo que ha querido. Antes de que lo siga haciendo, probemos a dejarnos arrastrar voluntariamente por el cauce opuesto. Hablemos de Final Fantasy VII y la nostalgia y empecemos por ésta última.

Es verdad que los años, fuera de llevarse tu vida y tus energías, se esfuerzanen sabotear tu memoria como un desesperado recurso de sobrevivencia, transformando tu juventud y niñez en algo parecido a un hogar: una zona incierta, llena de gracia, de la que fuiste arrojado un día y a la que ya no sabes cómo regresar. Pero la razón adulta nos advierte de que se trata de una ilusión: como todo hogar, en aquel rincón de tu pasado también yacen telarañas y las huellas de algún grito o golpe. En El túnel de Ernesto Sabato, el protagonista cuestiona el tradicional refrán «todo tiempo pasado fue mejor», señalando que en realidad lo que hace la memoria es movernos a olvidar las malas experiencias. Juan Pablo Castel, ahora que soy adulta, me parece un hombre de psiquis enfermiza. Pero tenía mucha razón en muchas cosas, y ésta era una de ellas. El pasado, ese baúl en donde cada año vamos guardando más cosas, no es un paraíso, al menos en el sentido tradicional de lugar idílico.

Acaso lo que más tiene de paradisíaco es la expulsión misma y la narrativa que hemos tejido a su alrededor para intentar explicárnosla a modo de consuelo. Creo que es la posibilidad de que en realidad no exista explicación alguna a aquello a lo que tanto tememos. Por eso deseamos apartarnos de cosas que fueron relevantes para nosotros en el ayer: para no hacer de nuestro reencuentro con ellas la decepción definitiva. Por eso también hemos alzado duros juicios hacia el concepto de nostalgia anteponiéndole la palabra «factor», como si fuese un elemento más de una ecuación engañosa.
Pero, ya que hablamos de sentidos del pasado, habría que volver sobre las palabras y sus raíces originales. En su obra La ignorancia, Milan Kundera señala lo siguiente sobre la palabra “nostalgia”:

En griego, «regreso» se dice nostos. Algos significa “sufrimiento”. La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. […] La mayoría de los europeos puede emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (nostalgia) y, además, otras palabras con raíces en la lengua nacional: en español decimos “añoranza”; en portugués, saudade. En cada lengua estas palabras poseen un matiz semántico distinto. Con frecuencia tan sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad de regresar a la propia tierra. […] En español, “añoranza” proviene del verbo “añorar”, que proviene a su vez del catalán enyorar, derivado del verbo latino ignorāre (ignorar, no saber de algo). A la luz de esta etimología, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país queda lejos, y no sé qué ocurre en él.

¿Qué ha ocurrido con nuestra infancia y adolescencia desde que las dejamos atrás? ¿Existe una versión más joven de nosotros mismos en esas etapas, inaccesible, intacta, preservada para la eternidad? ¿Es el pasado nuestra única y verdadera patria? Estas consideraciones trascienden el odio o temor dirigidos a la nostalgia y a ese dulce dolor de detener por un instante la marcha y volver la vista atrás. Creo que mucha de esa renuencia de contemplar el propio pasado se debe a una vergüenza doble: la de aceptar que éramos unos pelotudos irremediables, como todos los que entonces despreciábamos, pero también la de descubrir que todas aquellas cosas buenas por las que alguna vez nos esforzamos en soñar se nos han escapado de las manos.

¿Qué queríamos ser de grandes? ¿Qué ilusiones teníamos de adolescente? El curso normal es que, al llegar a la adultez, tengamos una estela de sueños muertos a nuestras espaldas. ¿Por qué pasa eso? Porque el dinero, porque el talento, porque las oportunidades, porque los contactos, porque el carácter, porque la suerte… porque la vida. ¿Excusas? Quién sabe. ¿Qué es lo que nos ha pasado en todo este tiempo? ¿Existe una forma de recuperar al menos parte de lo que hemos perdido, reelaborándolo en el proceso? ¿Y podría ser que, acaso, algo de eso aún persista en nosotros, esperando el momento en que tengamos el coraje suficiente como para reclamarlo una vez más?

Parte de la respuesta a esas preguntas, creo, yace en lo que sucedió con el anuncio y presentación del remake de Final Fantasy VII en el marco de la conferencia de Sony en el E3 2015. Gritos, llantos, onomatopeyas y lenguaje desbordado por redes sociales. Y en cada uno de esos gestos, sorpresa, entusiasmo y amor. ¿Dónde estuvo Final Fantasy VII todo este tiempo? No lo sabíamos, pero no importó: acababa de regresar a nosotros por unos instantes y reconocimos en esas secuencias —el tobogán del Sector 8, unas flores marchitas, la espalda de Cloud— algo parecido a las facciones renovadas de un rostro querido.

Final Fantasy VII salió en 1997. A la fecha, tiene 18 años, la edad en que se empieza a abandonar la adolescencia y adentrarse en esa larvaria etapa de primera adultez, muchas veces inundada de estudios más o menos inútiles y cadáveres de amores fracasados. En términos de lapsos humanos, el juego tiene una vida en sí mismo. Es, en cierto sentido, el adolescente que fuimos y al que ya no nos atrevíamos a mirar a la cara. Intentémoslo ahora: yo voy a hacerlo. Ahora, antes que sea demasiado tarde, si es que tal cosa es posible.

Hace muchos años que no juego Final Fantasy VII. Me quedan aún secretos y desafíos pendientes, pero nunca sentí la urgencia de hacer de ellos una excusa para retomarlo. Aun cuando recuerdo haber disfrutado mucho todas las horas que me pasé pensando en las mejores disposiciones de Materia o en los minijuegos del Gold Saucer, mis memorias son ante todo narrativas. Y no puedo renegar de ellas: obsesionada por la historia, me dediqué a jugar el título de principio a fin, transcribiendo una traducción personal e instantánea del guión principal a una serie de cuadernos escolares. Ese material aún existe en algún rincón de la casa en donde crecí y en la que ya no vivo, que tenía demasiadas telarañas y huellas de gritos y golpes como para llamarla hogar. En realidad, algo de mi noción de hogar reposa en esa caligrafía horrenda por la premura de los diálogos de transición automática, en su intento de apresar un puñado de palabras que significaban algo para mí.

Y ya que escribo «escolar», recuerdo el inicio de un año en el colegio en que el profesor de lenguaje nos saludó diciéndonos «apuesto a que no han escrito nada en las vacaciones». Pero para entonces yo ya tenía más de un cuaderno saturado de tinta con el guión de mi juego favorito, eso y el caótico borrador de mi primera novela, que crecía día a día. Los procesos para cada experiencia de escritura eran distintos, naturalmente, pero en rigor lo que me movía era lo mismo: el amor por una historia —propia o ajena, qué más daba— que deseaba preservar y entregarme a mí misma desde el lenguaje.

Mi primer borrador era espantoso, claro. Tenía catorce o quince años y estaba lejos de ser un prodigio como narradora; sólo pude entenderlo con los años. Pero estaba bien: así tenía que ser.

Final Fantasy VII tampoco tenía una historia tan magnífica como creía entonces, como descubrí tan pronto comencé a ampliar mis lecturas literarias y mis experiencias narrativas con videojuegos. Llena de cabos sueltos, incoherencias y un uso dudoso del lenguaje —y, por cierto, de localización—, entre otros problemas que sulfurarían a los gurús de la escritura. Pero esto también estaba bien. Es verdad que, en aspectos más técnicos, el argumento de Final Fantasy VII no ha envejecido del todo bien. Pero quizá entonces deberíamos preguntarnos cuándo fue que la técnica narrativa llegó a importarnos más que la capacidad de emocionarnos con una historia.

Porque, a pesar de sus defectos, esta fue una historia que supo reclamar su lugar en el corazón de muchos jugadores, y no tan sólo porque entendiéramos menos de storytelling. Y no: no sirve de mucho intentar desentrañar en qué consiste aquello que logró conectar con nosotros en esa época. Podríamos intentar hablar de la búsqueda de identidad de Cloud, de cómo descubrir que nunca fuiste más que un SOLDIER raso en lugar de uno de primera clase fue un alivio semejante al de Bastian al regresar de Fantasía: no éramos héroes, no estábamos hechos para serlo, pero aun así teníamos una historia importante que contar. Podríamos también presentar a Aeris como un personaje que roza la tragedia, en una tensión constante entre su deseo de ser una joven normal y su funesto destino. Podríamos incluso hurgar en los dramas del resto de los personajes, que de tan cotidianos se hicieron cercanos a los nuestros: la pobreza y su potencial para destruir amistades y vidas, el sacrificio de un sueño por el bienestar de un ser querido o el repentino descubrimiento del legado de nuestro padre, que no era el monstruo que pensábamos. Pero, ¿para qué realizar esta vivisección?

La única forma en la que podemos acceder al pasado es a través de las sendas que nos abre nuestra memoria, valiéndose de pequeñas marcas dispersas: una foto, un olor, un gesto repetido. Pero aun cuando podamos identificar estas señales, el viaje por el que nos precipitan no es algo que pueda ser fácilmente cartografiado.

Nadie piensa en los ingredientes de la margarita en la monumental obra de Marcel Proust, sino sólo en los recuerdos que desencadena en el narrador. El episodio fue recreado en la película Ratatouille, cuando el crítico gastronómico Anton Ego se siente volver a su infancia al degustar el plato preparado por la rata protagonista. Se trata de un viaje inesperado, casi doloroso, que crea un resquicio por el cual muchas cosas hermosas ya perdidas parecen regresar. Dura sólo un instante, el suficiente para cambiar una vida. No importa cómo se haya preparado la ratatouille ni que su chef haya sido una rata. Ni siquiera parecen importar las sombras de esa infancia que apenas alcanzamos a entrever. Importa la experiencia —el regalo— de volver sin haberlo pretendido.

Un regalo similar fue, para mí, poder ver esas escenas del remake de Final Fantasy VII. Volví por unos segundos a ser esa adolescente de la que suelo avergonzarme, sobre todo cuando la siento más presente en mi reciente adultez de lo que quisiera. Vi otra vez la pieza compartida en donde crecí y la pequeña televisión negra, panzuda y monoaural donde viví algunas de mis mejores vivencias en esa etapa. Y recordé, en un ejercicio de síntesis imposible, muchas anécdotas dulces y amargas: mi estupor bajo la ducha la noche en que presencié la muerte de Aeris —“pero la vamos a revivir, ¿verdad? Esto es un videojuego y eso es posible en ellos, ¿verdad?”—, la tarde entera que pasé hablando del juego con una persona que jamás pensé que se dignaría a conversar conmigo, o mis lágrimas cuando la Orquesta Clásica de la Universidad de Santiago interpretó el tema de la florista en Distant Worlds en Chile.

Se diría que no se puede recordar tanto en tan poco tiempo, el que dura un tráiler promocional, pero la memoria es algo fascinante que no entiende de imposibles. Tan sólo te abre el camino para que contemples quien fuiste, o más bien, quien nunca pudiste aceptar que eras: sí, ese niño o adolescente medio desarraigado de todo lo que entonces parecía tener raíces. Pero también un niño o adolescente lleno de pasión por aquello que amaba y que no se cuestionaba si valía la pena continuar escribiendo, dibujando o jugando, porque simplemente lo hacía. Porque eso era su vida y nada más importaba cuando se estaba en ello, ni los deberes ni el futuro ni la soledad ni la violencia sufrida.

Hoy podemos invocar nuestro lado adulto para que nos proteja de nuevas decepciones bajando las expectativas. Sí, el remake podría ser un desastre. Sí, es una iniciativa que parece surgir ante todo por fines comerciales. Sí, parte de nuestras reacciones podrían revelar que esperamos un Final Fantasy VII ideal, en el sentido platónico, algo que no existe ni existirá jamás. Pero el proyecto es igualmente un riesgo y, más importante aún, una oportunidad para dejar de resistirnos ante la invitación de nuestra memoria. La periodista Leigh Alexander ejemplifica muy bien esta experiencia en un párrafo estupendamente honesto:

Our obsession with recapturing our childhood, resurrecting memes and masturbating our nostalgia is strangling games, says I. The games of today should greet a new generation outside of the traditional walled gardens with their specific vocabulary, says I. Then you wave a Final Fantasy VII «trailer» in front of me and I cry. Twice. It felt good, of course.

De nada sirve intentar escapar de la nostalgia enfrentándola ante nuestra adultez más yerma. Si algo nos enseñó la adolescencia es que los mundos de ficción que amamos jamás pretendieron apartarnos de la realidad y sus dolores. Bastian regresó de Fantasía tras perder su condición de héroe, pero volvió con el Agua de la Vida para salvar a su padre. Hace siglos, Samuel Taylor Coleridge escribió: «Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que ha estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?».

¿Entonces qué? La fantasía hace de esta hipótesis algo verdadero y nos recuerda que la respuesta a esa pregunta yace en nosotros. La fantasía es la flor de Coleridge, el consuelo definitivo. Y la redención que podemos haber sentido en la relectura de algunas de sus obras emblemáticas o de experiencias como el reencuentro con Final Fantasy VII es una prueba de que atravesamos nuestro propio paraíso y que, quizá, podemos volver a él después de todo.

Es lo que muchos deseamos, sin duda. ¿Para qué ocultarlo? Deseamos volver a una infancia o adolescencia vistas bajo una nueva luz. Deseamos volver a esas horas en que jugábamos y el mundo cabía en nuestras manos, y no porque entonces todo fuese más fácil o bonito, sino porque significaba algo para nosotros, un sentido que cada vez cuesta más mantener en la vorágine de la adultez.

Esos días se han acabado y sólo nuestra memoria nos indica que alguna vez existieron. No podemos regresar a ellos porque hemos crecido y ya no somos exactamente las mismas personas. Nadie estaría dispuesto a sacrificar todo lo que ha vivido desde entonces sólo para recuperar ese pasado, nadie debiera estarlo. Pero podemos recordar. Y podemos ir en busca de nuestra flor y decidir un destino para ella que enriquezca nuestro presente y nuestro futuro.

La primera vez que terminé Final Fantasy VII comprendí de golpe que Aeris no había revivido. Que, a pesar de ser un videojuego, en ellos también había espacio para las pérdidas irrecuperables y que ante la verdadera muerte no hay Phoenix Down que sirva. Creo que esa fue la primera vez que entendí esto con un videojuego. Y quizá la primera vez también en que pude comprender que mi abuelo tampoco volvería, pero que tal vez podía pensar en él como todos los personajes que habían perdido un ser querido en estas historias pensaban en ellos: como parte del arroyo de la vida, como aquella fuerza que permitía despertar el máximo poder en nuestro interior o como una estrella en el cielo. Ya había decidido dejar de ser creyente, pero entonces comencé a creer otra vez: en la memoria como esperanza de eternidad.

Mucho se ha escrito a propósito de la muerte de Aeris y su sentido para tantos jugadores, pues ahora entendemos que mucho de nosotros murió junto con ella. Tener la posibilidad de revivirla, ya sea a través de hacks o peticiones, no es lo que necesitamos y ojalá el remake no lo contemple. Su muerte logró cambiar la vida de sus amigos y la nuestra porque nos mostró que incluso lo que se pierde de manera más brutal e inesperada aún persiste de alguna forma en nosotros, algo que sólo podríamos empezar a en – tender mejor con los años, la vida.

Creo esto sobre nuestra infancia y adolescencia. Esas tardes de juego libre y rabioso se acabaron: esto es tan cierto como el hecho de que jamás podremos jugar Final Fantasy VII como la primera vez, remakes aparte. Pero aún podemos rescatar la esencia de quienes fuimos, permitiéndonos recordarla o mejor dicho, como sugiere la etimología del verbo, volver a pasarla por el corazón, reviviéndola y reviviéndolo a él a la vez.

Aeris está muerta, pero… ¿lo está realmente? Cuando el grupo protagónico regresa a la iglesia Sector 8 ya avanzada la aventura y ya perdida su amiga, podremos ver una aparición de unos segundos de la joven junto a las flores. Un gesto emotivo de parte de los programadores, quizá, que podríamos fácilmente interpretar como una sugestión de los personajes. Me parecía fantástico que lo fuese, que terminaran viendo a Aeris en las flores que tanto amó y que tanto la representan: fugaces y frágiles, pero a la vez lo bastante fuertes para osar sobreponerse a su destino luchando por crecer en los suburbios de Midgar y traer un poco de belleza y esperanza a su alrededor. Una flor no dura nada, pero el efecto de su contemplación o su olor podría ser eterno.

Aeris, así como nuestra infancia y adolescencia, está muerta. Pero de alguna forma esas flores que las representan siguen creciendo en algún rincón del mundo. Ver u oler una, como sea y donde sea, es una prueba de que conocimos el paraíso, pero también de que podemos traer una parte de ellas con nosotros, para todo lo que dure nuestra vida, que es todo el «para siempre» que necesitamos. Final Fantasy VII está ahí: acabamos de despertar y lo vemos en nuestra mano.

¿Entonces qué?

Paula Rivera Donoso
Escritora de fantasía. Doctora (c) en Literatura.

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