Crónicas reunidas sobre diferentes aspectos relacionados con la publicación de la primera edición de mi primer novela, de carácter seudo infantil, pero 100% de fantasía, La niña que salió en busca del mar (2013)
I. Las historias de La niña que salió en busca del mar
Al fin estoy de vuelta del lanzamiento de La niña que salió en busca del mar, tras una amena charla de discusión en donde nos encargamos de elevar la voz de la Fantasía y de la LIJ, a través de las propias voces de Adriana y del mar, los protagonista de mi primera obra LIJ publicada. En esta entrada quiero ahondar en algunos de estos aspectos, a modo de reflexión transcrita de lo que se conversó en esa instancia y de comentarios personales sobre esta historia.
Para comenzar, ¿qué mejor que hacerlo con las primeras preguntas que solemos tener como lectores al momento de encontrarnos con una obra de ficción? Éstas son al menos dos: «¿De qué se trata tu historia?» y «¿Cómo vino esa historia a ti?». Como he mencionado en otras entradas, estas dos preguntas corresponden a las dos historias presentes en toda novela: la historia que ésta cuenta entre sus páginas y la historia que explica su origen, o cómo esta historia logró escribirse de esa forma en particular en aquella novela.
La primera interrogante, por lo general, se responde en la contraportada del libro. En el caso de esta historia, la contraportada señala lo siguiente:
Tras mudarse con sus padres de la costa a la capital y separarse del mar, su único amigo, la pequeña Adriana comprenderá que no hay distancia que pueda romper una amistad, cuando las decisiones se toman con la sinceridad del corazón.
En un pueblo pesquero de tradiciones arcanas cada vez más olvidadas, Adriana se ve obligada a dejar atrás el mar cuando sus padres deciden iniciar una nueva vida en la ciudad. Arrastrada al principio por la tristeza y la nostalgia, la niña irá descubriendo el verdadero valor de la amistad y un secreto familiar que podría cambiar para siempre su propio destino…
Estas líneas identifican a los protagonistas (una niña llamada Adriana y el mar, un personaje más), los espacios (el pueblo costero donde Adriana ha vivido toda su vida y la ciudad a la que se ve forzada a vivir), el conflicto (Adriana se ve separada del mar cuando se muda con su familia a la ciudad) y, finalmente, el tipo de historia que se ha de contar a partir de estos elementos: cómo Adriana se sumerge en su tristeza y nostalgia ante esta pérdida y cómo lo hace para emerger poco a poco de ellas, a medida que emprende un viaje interno para reencontrarse con el mar. Será este viaje lo que la llevará a conocer importantes revelaciones sobre su naturaleza y a tomar una importante decisión.
Quizá a alguien le pueda llamar la atención la presencia de expresiones como «sinceridad del corazón» o «valor de la amistad» en la contraportada. ¿No se supone que he llenado ya líneas y líneas en contra del didactismo y la moralina en la literatura infantil y juvenil? ¿Por qué uso expresiones tan cursis en la sinopsis de mi propia obra?
Pues porque no son cursis en realidad. Son lo que son.
De un tiempo a esta parte he estado reflexionado sobre la sinceridad y el valor que les asignamos a las palabras en la ficción, un tema que me parece crucial en la Fantasía, donde cada palabra es lo que enuncia y la responsable de crear mundos imposibles. Cuando escribimos «corazón» o «amistad» en una obra, ¿qué estamos diciendo en realidad? En muchas obras contemporáneas de corte realista, sean para niños o adultos, estos términos suelen aparecer banalizados, limitados o edulcorados. En otras palabras, se usan conceptos potentísimos como fachada para ocultar un puñado de mentiras, lo que origina la no menos falsa creencia que sólo los adjetivos y expresiones más duros son verdaderos o, cuando menos, aceptables.
Al momento de volverme sobre mi propia historia, sin embargo, sentí que no había mejores conceptos que explicaran la sinceridad del corazón con que Adriana finalmente toma su decisión, o el verdadero valor de su amistad con el mar… pues, justamente, que escribiendo «sinceridad del corazón» o «valor de la amistad». Recordé también que, a mis 10 ó 12 años, no tenía problemas con encontrarme con este tipo de conceptos cuando se les hacía justicia a su Nombre en el transcurso de la historia. Creo que tanto la suavización exagerada como la dureza impostada son igualmente repulsivas, porque ninguna es sincera.
Otra de las cosas que podría llamar la atención a partir de la contraportada y de mi breve sinopsis es que la Fantasía no tenga una presencia explícita en ellas. Justamente, uno de los temas que se abordó en el lanzamiento de la obra fue el hecho de que nada en el principio de la obra, fuera de la Voz del mar, remitiera a la Fantasía. ¿No se supone que he llenado ya líneas y líneas en defensa de la Fantasía como la expresión superior del arte?
Pues fue eso una de las cosas más entretenidas de escribir: el pleno estallido de la Fantasía en el clímax, a través de la revelación de aquel secreto que mueve a la protagonista a tomar una decisión irrevocable, con pérdidas inevitables sea cual sea el camino que elija para sí.
¿Puede un niño tomar decisiones así de relevantes? Yo creo que sí; recuerdo tanto haberlas leído en obras infantiles como haberlas tomado en mi propia infancia. Por supuesto, en Fantasía siempre me ha parecido que este tipo de bifurcaciones han de ser mucho más desgarradoras, así que me dejé arrastrar por eso… como si se tratara del oleaje del mar.
De la misma forma, atreviéndome a estar a la deriva de la ficción fue como se dio el origen de esta historia.
Se suele creer que muchas historias nacen de eventos personales concretos que experimenta el autor y que luego ficcionaliza en su obra: la típica creencia de que sólo puedes —debes— escribir de lo que conoces. Pero en Fantasía, cuando estás creando mundos imposibles con tus palabras, lo único en lo que puedes inspirarte para seguir escribiendo es en tu imaginario personal y en tu experiencia humana desnuda, fuera de la contingencia de nuestro propio mundo. Cualquier intento de encontrar en la vida privada del autor de Fantasía claves bien delimitadas para interpretar sus obras, es un despropósito alegórico.
Explico esto para confesar que el viaje de Adriana de su pueblo costero a la capital no tiene nada que ver con mi propia mudanza de Viña del Mar a Santiago, a inicios de 2013. La ciudad a la que ella llega no es Santiago, sino una condensación de una capital tan grande y modernizada que no tiene ya historias propias, ni memoria: una urbe como cualquier otra de nuestra sociedad contemporánea.
El pueblo costero sin nombre donde vive la niña, por otro lado, no es una representación o correlato de Viña del Mar, ni Valparaíso, ni ningún otro puerto de nuestro mundo. En realidad, se trata de un puerto que es todos los puertos, al contener su esencia, pero que a la vez no es ninguno, porque reposa en él un legado de Fantasía único, que disfruté mucho crear.
Aún más: esta novela la escribí a inicios de 2012, alrededor de un año antes de que efectivamente comenzara a vivir en Santiago.
Originalmente la historia llevaba el título Lejos de dónde, inspirado en el título de un libro de Claudio Magris, que no tenía absolutamente nada que ver con la temática ni con la Fantasía ni con nada que me interesara demasiado, pero que había provocado curiosas resonancias en mi mente. En ese sentido, su inspiración se debe exclusivamente a mi imaginario personal y a mis experiencias de vida, desde mi infancia, ante el mar como una voz eternamente presente.
Mi Lejos de dónde había sido escrita pensada para conformar un libro ilustrado con escaso texto, cuyo destino era ser complementado a través de ilustraciones. Sin embargo, como no sé dibujar y como no pude encontrar a nadie que quisiera participar como ilustrador del proyecto, decidí cambiar el enfoque y reescribirlo como mejor sabía hacerlo: como una novela tradicional. En el proceso de reescritura, entendí que la obra ya desbordaba el críptico título original; reemplazarlo por La niña que salió en busca del mar me pareció entonces mucho más enfático y bonito.
Para terminar, debo confesar que aun cuando ésta no sea la primera obra LIJ que haya escrito, ni aquella a la que le tengo más cariño, guarda una curiosa anécdota que vale la pena contar.
Ésta empezó el día en que me vi en una situación similar a la que le había escrito a Adriana. Fue increíble poder volver a su historia como lectora y encontrar en ella la experiencia que necesitaba para enfrentarme a un cambio tan drástico como el que tuve que vivir. No podría pensar en esto como un refuerzo ético o moral en realidad, pues la historia de Adriana y su amigo no me enseñaron nada en particular. Yo no me vine a Santiago por veredicto de mis padres, ni me vi enfrentada ante una decisión tan tremenda como la que tuvo que tomar esta niña: no hubo correspondencia directa. Sin embargo, nuestras experiencias desnudas fueron las mismas: sincero mi dolor de separarme del mar de la V Región fue como el de Adriana al separarse de su propio mar; sincera mi repulsión ante Santiago y su gente hostil fue como el de ella al llegar a la capital, con todos esos niños estúpidos. Y sincera también, por último, mi voluntad de preservar la experiencia del oleaje en mi memoria a pesar de todo.
Pero tuve que esperar un poco más para darle un verdadero sentido a esta anécdota, hasta el día en que volví a Valparaíso, tras meses de ausencia, para arreglar algunos temas con la editorial que publicaría la novela. Al llegar, decidí pasar al Muelle Barón para reencontrarme con el mar. Al tenerlo frente a mí luego de tanto tiempo, supe que en realidad siempre había estado conmigo, en mi imaginario y en mis palabras.
Entonces recordé una vez más por qué amaba tanto leer y escribir Fantasía.
II. El imaginario de La niña que salió en busca del mar
En la sección anterior conté detalladamente el origen de La niña que salió en busca del mar y los temas que desarrolla en su historia, pero aún falta contar cómo fue el proceso en que ésta fue escribiéndose.
La verdad es que no me motiva ahondar en aspectos específicos de mi proceso personal de escritura, en parte porque no creo que sea de interés y en parte porque soy una autora de narrativa más instintiva que técnica. Esto no quiere decir, por supuesto, que conciba la escritura como un acto prácticamente inspiracional. Para nada. Es sólo que el mecanismo narrativo en mí está demasiado interiorizado como para intentar diseccionarlo, o aun desear hacerlo. No completo plantillas de personajes, no uso sistemas de construcción previa de argumentos, no busco consejos en gurús de la escritura a los que sin embargo jamás les he leído ficción sincera alguna. Puedo leerlos y rescatar algunas ideas, pero no llego a pensar que sus palabras puedan entregarme respuestas a preguntas que ni ellos ni nadie más que no sea yo conoce.
Esta aclaración me sirve para introducir esta entrada, pues no hablaré de la parte más técnica de la escritura de La niña que salió en busca del mar. Los datos concretos al respecto son atípicos: me demoré alrededor de dos meses en terminar la historia, teniendo apenas una imagen previa como punto de partida, y la reescritura a su versión definitiva (posteriormente editada por Felipe Real) fue mínima. Como todas mis novelas LIJ, el caso de esta obra no es una de la que se pueda sacar algo en limpio en cuanto a su proceso de creación, entendiendo como tal rutinas de trabajo, planificación o giros premeditados. Me gusta mucho escribir LIJ porque las historias me salen fluidas, lo paso estupendamente bien y siempre termino encontrando giros inesperados que me emocionan mucho hacia sus desenlaces.
Sin embargo, creo que hay algo mucho más importante que puedo revelar aquí: mis fuentes de inspiración. En otras palabras, el imaginario que invoqué constantemente a lo largo de aquellos dos meses para crear el de mi novela y que, como suele ser habitual en mí, se sostiene mayormente en la música.
La música es una parte fundamental de mi vida. Muchas de mis historias han nacido de lo que me he imaginado y visto oyendo sus melodías, sobre todo en temas instrumentales, en su mayoría bandas sonoras de videojuegos. En ese sentido, la música en mí no tiene sólo un valor complementario al acto mismo de escribir, sino fundacional. Después de todo, las palabras también tienen cadencia, y también cantan su propia melodía. Y las melodías, qué duda cabe, también cuentan historias.
En el caso de La niña que salió en busca del mar, necesitaba música que me conectara con un imaginario marino o al menos acuático, y con una emocionalidad nostálgica, desolada, llena de tristeza pero también de belleza. En otras palabras, necesitaba música que destacara la esencia de Fantasía del mar.
Si bien recabé bastantes temas acuáticos que se convirtieron en fieles acompañantes por varios pasajes de la historia (como «Turn Loose the Mermaids» o «The Islander» de Nightwish, que serían perfectos de no ser por la voz no-fantasy de Anette Olzon), existen al menos dos discos íntegros que, para mí y dentro de lo que he oído, recrean con gran fidelidad diversos aspectos de este imaginario del mar. Estos son Old Stories de Giants (post rock) y Aquaria de Alec Holowka (banda sonora de un videojuego indie de la desaparecida Bit Blot).
El primero ahonda en el mar como una entidad viva, serena, pero capaz de embravecerse rápida e injustificadamente, al menos desde la lógica humana. Los riffs, asimismo, recrean en su sonoridad el oleaje marino y sus distintas intensidades. Esto hizo que este álbum se convirtiera en mi referencia para crear al personaje del mar, una criatura llena de memoria y emociones a flor de espuma. Uno de los temas destacados es «O’ Tide» (maravilloso nombre, por lo demás), que reitera una melodía nostálgica para luego explotar en una tormenta de sentido.
El otro es «Sleeping False Idol», que a mi juicio expresa la intensidad creciente a la que puede llegar el mar en su entusiasmo, culminando finalmente en un oleaje sereno y satisfecho.
Aquaria, por su parte, es una experiencia completamente distinta, porque su música ya forma parte de la estética de una historia de Fantasía. Publicado en 2007, Aquaria fue toda una revolución en la industria de los videojuegos indie, siendo uno de los primero hitos de una tendencia, por fortuna, que cada vez logra más potencia: la creación de videojuegos como manifestaciones narrativas de valor estético y emocional. Aquaria narra la historia de Naija, una criatura acuática antropomórfica que un día despierta sin recuerdo alguno de su vida en las profundidades del océano y que se lanza en un incierto viaje por el mundo acuático para recuperar sus memorias… o crear nuevas.
La historia de Naija es la historia de una mujer sola en busca de respuestas en un mundo hostil que parece haber olvidado su existencia, y que en su viaje va despertando las memorias necesarias para conocer y asumir su identidad y propósito de vida… Que es también la historia de mi Adriana (y, para el caso, de prácticamente todos mis personajes femeninos, y hasta de mí misma, si se quiere).
Aunque el disco entero es un viaje íntegro, difícil de fragmentar para su comprensión, puedo destacar al menos dos temas: «Traveller» y «Remains». «The Traveller» representa el espíritu aventurero de quien recorre aguas distintas en busca de respuestas.
«Remains», en tanto, recrea la sensación de soledad y desconcierto de Naija al descubrir las ruinas y recuerdos sumergidos de lo que parece haber sido una civilización muy avanzada, similar a ella.
Creo que estos dos temas reflejan bien dos de las emociones más recurrentes (y, quizá, contrapuestas) en la experiencia de Adriana: la entusiasta sensación de hacer un viaje interno para encontrar consuelo y esperanza y la nostalgia por un pasado que, aparentemente, jamás va a recuperarse.
El factor emocional y estético particular de esta obra caló tan hondo en mí que me salté todo protocolo y decidí incluir como epígrafe algunos versos de su tema de cierre, «Lost to the Waves», que además fue el tema que elegí como acompañante en la escritura de las palabras finales de mi historia. Siento que, de alguna forma, condensa en su sonoridad y letra el conflicto personal de uno de los personajes más importantes de la historia junto a la propia Adriana y al mar y, en suma, el espíritu de Fantasía la obra.
Con ese imaginario en el corazón fue como La niña que salió en busca del mar. Sin embargo, ¿cómo podría intentar extender aquello que yo había narrado en palabras a experiencias artísticas de naturaleza similar a las que tanto me habían inspirado? En otras palabras, ¿cómo dar con una portada o una melodía que representara fielmente la historia de la obra? De eso hablaré en la próxima de estas pequeñas crónicas de La niña que salió en busca del mar, donde comentaré la ilustración de portada y revelaré, ¡al fin!, su booktrailer. ¡Nos estamos leyendo!
III. Creación de portada y Booktrailer
Llegando a la recta final de estas secciones dedicadas a La niña que salió en busca del mar, empezamos a cerrar con los recursos audiovisuales y sus respectivos procesos de creación: en este caso en particular, la portada y booktrailer de la novela.
La portada
Querámoslo o no, muchas veces un libro, a pesar de la historia que contiene entre sus páginas, nos entra por su portada. En el caso de la Fantasía, esto se vuelve especialmente relevante al considerar que a través de la ilustración de portada debiéramos ver una recreación del Mundo Secundario de la obra, de algún episodio en particular o, mejor aún, de su imaginario.
Mi intención inicial era, por consiguiente, tratar de hacerle justicia a la historia de Adriana y el mar a través de su portada. Sin embargo, me topé con un sinfín de contratiempos ajenos a mi voluntad y al trabajo del ilustrador que impidieron que quedara plenamente satisfecha con el resultado.
Para empezar, y por los estrechos márgenes de tiempo de postulación a los Fondos de Cultura, tuve sólo dos semanas para entregar una ilustración definitiva de portada luego de que se aprobara el proyecto de mi obra para que la editorial lo presentara. Como mi idea era originalmente tener una ilustración en formato tradicional, este era un plazo ridículo, quizá incluso para una ilustración digital, pero era eso o recurrir a una foto genérica photoshopeada. El honor de Adriana y el mar estaba en juego y yo no podía fallarles.
Afortunadamente, el ilustrador que finalmente logré contactar, John Leyton, era alguien con quien yo había trabajado antes en otros proyectos y a quien conocía, tanto en imaginario como en su capacidad para trabajar bajo presión (y daba facilidades de pago, además). Por desgracia, eso sí, él no alcanzó a leer la obra, así que para llegar al concepto de arte, tuvimos que intercambiar conversaciones e impresiones sobre la historia. John al menos cuenta con un potente imaginario de Fantasía, porque compartimos la experiencia de varios videojuegos del género, así que por ese lado las cosas fluyeron bastante rápidas. De este modo, llegamos a la versión definitiva de la portada en tiempo récord, que a nuestro juicio representaba el vínculo que tenía Adriana con el mar y el desconcierto y tristeza de la niña ante la posibilidad de apartarse de él, así como la estética onírica y nostálgica del propio mar.
Con una ilustración como ésta, muchos me han preguntado por qué aparece cortada en la portada definitiva. Por desgracia, debo decir que si bien uno como autor es en buena parte responsable de cuidar que su obra sea lo mejor editada posible, existen barreras editoriales que lamentablemente no se pueden derribar. En otras palabras, por más que luché para que se respetara la ilustración en el estado más íntegro posible, llegando a enviar propuestas hechas por mí y algunos contactos de confianza como el propio John o mi amigo Diego Barrera, no tuve respuesta positiva de la editorial, que sostuvo que debía forzosamente añadirse su logo y el del gobierno de turno, ambos con colores muy llamativos y muchísimo texto. Esto dificultó mucho el diseño de la portada, ya que la ilustración tenía una paleta de colores que hacía ilegible estos logos. A eso había que sumarle que el nombre de la obra era extenso y que mi nombre de autora tiene dos apellidos. Total, una calamidad.
Según esas dificultades, recibí tres propuestas de portada oficiales, que a pesar de todo eran bastante más elegantes que el diseño con el que se había postulado el proyecto. Como mi relación con el diseño de portadas es más bien intuitivo, consulté con algunas personas de mi confianza y finalmente opté por la que nos pareció mejor. Los últimos cambios que pude hacerle tuvieron que ver con la fuente del título, ya que originalmente tenía una fuente más cercana a la Ciencia Ficción (sin serifas, además) que a la Fantasía, lo que en su momento me causó nuevos horrores.
Y así llegamos al diseño final, cuya imagen en alta resolución logré obtener gracias a las habilidades del propio John, pues la editorial me mandó un archivo pixelado cuando se lo solicité.
Creo que, a pesar de toooodas estas penurias, el resultado final exhibe todo el esfuerzo conjunto para que la portada se viera lo más decente posible considerando estas limitantes de diseño y de dirección editorial.
Booktrailer
El booktrailer es un recurso que se ha vuelto muy popular últimamente para difundir y promover obras literarias, incluso en iniciativas autogestionadas en Chile. Sin embargo, uno de los problemas más recurrentes al respecto (fuera de la escasa producción de la mayoría de ellos), es el infringimiento de los derechos de autor. No se pueden usar un tema ni imágenes que no estén libres de derecho, porque formalmente es un delito e, implícitamente, una falta de respeto para los creadores originales.
Para proceder a la confección de mi booktrailer, entonces, tuve que descartar enseguida los temas y estéticas a los que me referí en mi entrada sobre los imaginarios de La niña que salió en busca del mar, tomándolos sólo como referencia.
Para la música, contacté a Rodrigo Vásquez, autor de la casa de Fantasía Austral y un músico versátil con experiencia en booktrailers, como los de la saga Mortis y las novelas LIJ del autor José Luis Flores. Conociendo la experiencia de Rodrigo de tener que que crear temas antes de leer las obras, y tras lo que me había pasado con John, me aseguré de enviarle al menos el PDF de la novela para que pudiera captar el imaginario. El resultado final fue el tema «Saber a mar», que refleja bien la nostalgia de Adriana, pero con un tono de esperanza y entusiasmo que le queda bastante bien en tanto historia infantil. El tema completo, sin embargo, duraba alrededor de 3 minutos, tiempo excesivo para un booktrailer y para la propuesta de animación que habíamos creado John y yo en base a mi guión, así que él editó brevemente el tema, procurando mantener su esencia y progresión original. El resultado final procura seguir el patrón habitual de los booktrailers, con los diseños de personajes originales de John.
Aunque podría señalar muuuchas cosas sobre el proceso general de edición del libro, fuera de la portada y del booktrailer (que fue una iniciativa gestionada y pagada por mí misma) creo que prefiero aprovechar estas líneas para destacar la labor de la gente externa a la editorial que trabajó conmigo y que en todo momento mostró el máximo de compromiso y de excelencia, algo que rara vez se ve en la industria chilena.
* Estos textos se publicaron originalmente en mi blog Tierra de Fay,
entre noviembre y diciembre de 2013, en el siguiente enlace.